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El empeño y la gloria

El empeño y la gloria


Publicación:22-03-2026
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El vínculo en el amor erótico es el juramento silencioso entre un guerrero y su espada: no se pronuncia, se encarna

El Castillo de la montaña mágica

Olga de León G.

La casa de la colina siempre llamaba la atención de todos los que llegaban hasta la falda de la montaña, donde creían estar más próximos a conocerla. Lo que los había guiado hasta allí, eran algunos dichos que se divulgaban, cierta leyenda que conocían desde la infancia y toda clase de historias no verificadas, pero sí populares entre los visitantes, turistas y gente de los pueblos alrededor. Era la montaña más alta y tenía solo una casa enorme, como fortaleza, y enigmática como un majestuoso castillo. Sea porque pocos habían llegado hasta allí, o porque casi nadie, o realmente nadie, la hubiese visitado nunca, antes de hoy. Los que más se habían acercado, eran quienes buscaban la dirección de algún pariente o un trabajo que siempre habían anhelado, y que ahora se les estaba asignando, cuando la ocupación laboral estaba bastante deprimida. No existían muchos sitios, fábricas o empresas que estuviesen contratando empleados.

Un día, repentinamente, sin que nadie se percatara de ello, la gran casa o castillo, desapareció: primero fue rodeada por cientos de nubes y quedó escondida a la vista de todos, luego, cuando la nubosidad fue disipándose, se pudo observar que igual que las nubes, el castillo había desaparecido. Como por arte de magia negra o brujería, la construcción ya no estaba en la punta de la montaña. En su lugar solo se veía una superficie plana, la punta de esa parte estaba ahora achatada y encima de ella solo había un gran espacio cubierto de césped y con árboles sembrados alrededor de sus orillas, pinos y otras especies, propias de lugares muy fríos. La montaña perdió su atractivo principal y con ello, la popularidad que tenía y la había convertido en un lugar casi mágico.

Abajo, a la orilla de la falda de la montaña existía un gran hotel, al que todos los lugareños y turistas conocían porque estaba en medio de la nada. Todo lo que los visitantes y turistas pudieran necesitar, lo encontrarían allí mismo, dentro del circuito que formaba al hotel: Bancos, salones de juegos diversos, restaurantes, cafeterías, estéticas, peluquerías, tiendas de ropa, de alimentos, espacios para entretenimientos diversos, desde patinaderos, cines, teatros, bares y muchos más... De suerte que la gran casa o castillo en la punta, había sido un interesante atractivo más, pero nadie sufriría por su ausencia, si acaso, sí por la esperanza que se había fincado en la mente de la gente: que pudiera ser un lugar mágico, del que ya no tendrían la ilusión de conocer.

Y muchos no dejaban de preguntarse, ¿qué había sucedido con esa maravillosa construcción? ¿Habrá sido solo una ilusión óptica?, o realmente, ¿nunca existió? Eso pasa cuando la gente es crédula, aunque no tonta ni del todo ignorante.

Hacía muchos años, cientos de años, más de un siglo, se había asentado por esa región de Europa, un tanto hacia las partes más frías, una comunidad con la que ninguno de los habituales locatarios y residentes se mezclaba. Nadie los visitaba, ni ellos buscaban acercarse a los demás. Esa comunidad había llegado justo cuando en lo alto de la montaña se había construido la enorme casa o castillo amurallado; sus constructores trabajaban en silencio durante la noche, cuando todos dormían o descansaban de sus faenas... hasta que un día el castillo apareció totalmente concluido y brillaba como una joya en lo alto de la montaña.

Se creía que estaba habitado solo por duendes y hadas, y uno que otro amigable fantasma. Pronto se convirtió en objeto de conversaciones privadas, hasta el día en que -después de 200 años- en el presente, desapareció, como por arte de magia.

Cierto día soñé que visitaba, con mi familia radicada en Canadá, un hermoso y enorme hotel que estaba a la falda de la montaña, en medio de la nada, entonces, pudimos ver en la cima el gran castillo encantado que se suponía ya no existía. Instalados en el hotel, lo comentamos con la encargada de nuestros cuartos. Ella nos sugirió guardar silencio y no mencionárselo a nadie... Pues nos tildarían de trastornados, o por lo menos de mentirosos e intrigantes.

Inmediatamente, pensé, estos están como mis coterráneos: la verdad no es real para ellos, y la mentira es la solución a todo.

El corolario de este cuento y sueño es: la Verdad es una Sibila. Cuando no nos favorece, la reina de la noche y del día es la Mentira que ilumina el cielo de los tontos e ingenuos, ya que en ella se ven como reyes o príncipes, en un espejo vacío.

La democracia erguida

Carlos A. Ponzio de León

Entré al café que frecuentaba por aquellos días del verano, La Vie, y ordené un brebaje descafeinado y un agua mineral. A mi alrededor: mesas con familias, grupos de muchachas, señoras elegantemente vestidas y grupos de viejos. Observé con cuidado el cabello de las chicas a quienes tenía cerca. Conocía el significado secreto de cualquier adorno que llevaran en ese momento. Diademas vistosas, tocados florales, peinetas con pedrería o perlas, pinzas decorativas, cuentas y anillos para trenzas o rastas, adornos con plumaje o encaje. Pero el color era lo importante. Violeta: "Quiero conocerte, invítame a salir". Verde: "Soy yo, otra vez, salgamos nuevamente". Rojo: "¿Hacemos el amor?". Entre los caballeros, lo importante era el pañuelo en el bolsillo de la camisa. Mismos colores; mismos significados. 

Pero independientemente del adorno en el cabello o el color del pañuelo, había una señal más: el encuentro de nuestras miradas por unos segundos. La mirada es un claro en el bosque: del ser y su luz que se filtra entre ramas cenizas y revela el temblor de lo eterno. Entre los ojos que se cruzan, poderosos ríos que reconocen su cauce, las almas se desnudan: árboles en otoño dejando caer las máscaras como hojas doradas. Se rozan como brisas entre helechos y en un instante suspendido, la pasión se alza: tormenta sobre la montaña: eléctrica, húmeda, inevitable. Si el alma canta ante el abismo de la entrega, como un ave colgada del amanecer, entonces es digna del segundo nacimiento, ese que no se da en carne, sino en el fuego del amor. Porque sólo quien arde físicamente sin censurarse, puede recibir el regalo que sigue al primer aliento de haber nacido. Se deja abierta la puerta para entregarse al amor y luego recibir la eternidad. 

Los dos primeros encuentros de miradas eran solo un reconocimiento del uno al otro. Pero el tercero tenía un significado especial: "Te conozco". Cuatro encuentros: "Me intrigas". Cinco encuentros: "Quiero saber qué puedes provocar en mí". Seis encuentros: "Estoy aquí para ti". Y el séptimo: "Hagamos el amor; quiero la Vida Eterna".

Ese era el juego del amor; el escándalo y la ilusión, la valentía y la energía para crear. También el valor para vivir la vida eterna, la fortaleza necesaria para ello. La mirada, la luz en el camino; la esperanza dormida; la provocación del sueño que no llega, pero que ahora está aquí. Los pechos en mis manos. La sabiduría hecha palabra.

La V.E. exige una fortaleza que no se forja en el silencio, sino en el deseo y la contemplación: representa a los cerros que vigilan como centinelas de piedra, impasibles ante el tiempo, pero ardientes por dentro como volcanes dormidos. Quien aspira a la eternidad debe tener el pecho abierto como un valle fértil, capaz de recibir la lluvia del arte, el relámpago de lo erótico y el viento sagrado de la belleza sin temer ser arrasado. Requiere de un liderazgo que no impone, sino que se ofrece como un refugio: como la ladera que abraza al caminante perdido, como la cima que guía al sol en su ascenso. El héroe de la eternidad no blande espada, sino mirada; conquista almas. Y en su entrega total con el SER, en su pasión que ruge como tormenta sobre los riscos, se revela digno de custodiar el fuego que no se apaga.

El vínculo en el amor erótico es el juramento silencioso entre un guerrero y su espada: no se pronuncia, se encarna. Es un pacto sagrado, como el estandarte que ondea sobre las colinas antes de la batalla, anunciando que algo más grande que la carne ha sido convocada. En ese fuego compartido, donde los cuerpos se entrelazan como tropas en formación perfecta, se forja el temple que no tiembla ante el enemigo. El amor erótico, cuando es divino, es una estrategia de conquista del alma: cada caricia es una táctica, cada gemido una trompeta que anuncia la victoria sobre el miedo, la duda, la muerte. Al revelarse en el otro, uno se convierte en general y amante, en escudo y herida, y el individuo, al rendirse, se vuelve invencible. Porque quien ha amado con todo su ser ha conocido el campo de batalla más feroz, y ha salido de él coronado por la eternidad.

Las noches de verano fueron cuartos súbitos donde lo eterno se encerró bajo cuatro paredes. Se escuchaba música de Mon Laferte y Conociendo Rusia, (Esto es Amor): "Baby (baby), comerte los labios es religión (oh, mi religión). Baby (baby) entre tus piernas voy a rezar (oh, voy a rezar)", y de Sevdaliza (Messiah): "Oh, my Messiah, touch me until I see the face of God. My Messiah, angels say my name until I come". Así y asá.

 

 



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