Opinión Columna
El espejismo del liderazgo
Publicación:06-10-2026
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En días recientes hemos visto videos de expresidentes mexicanos mostrando su capacidad de liderazgo. En los estilos hay quienes fingen su capacidad para proyectar respeto.
El manejo del poder ha demostrado que construir legitimidad exige mucho más que una apariencia.
Cuando un actor relevante prioriza la narrativa por encima de la capacidad de dirigir, la brecha entre la percepción que se pretende vender y la realidad no tarda en evidenciar el verdadero liderazgo.
Los teóricos de la comunicación han abordado esta encrucijada entre el impacto inicial y la reputación sostenible.
El teórico británico Stephen Coleman sostiene que el liderazgo democrático verdaderamente efectivo requiere de una comunicación representativa y transparente, en la que la ciudadanía no sea tratada como una audiencia pasiva frente a un monólogo de poder.
Por su parte, la escuela española de comunicación institucional, con referentes como Manuel Martín Serrano y Justo Villafañe, aseguran que la reputación no es un adorno estético ni un eslogan, sino la acumulación verificable de compromisos cumplidos que generan confianza objetiva.
Al examinar las dinámicas actuales mostradas en los videos de los exmandatarios, resulta evidente cómo conviven distintos modelos de conducción pública.
Por un lado, se encuentra el liderazgo autocrático, aquel que busca centralizar las decisiones y controlar el relato mediante la eliminación de contrapesos, generando una ilusión de firmeza que termina por colapsar cuando los hechos contradicen el discurso.
Por otra parte, se despliega el liderazgo carismático, volcado a la conexión emocional y al impacto mediático inmediato, pero que al carecer de sustancia técnica acaba diluyéndose entre la demagogia. Frente a estos modelos se sitúa el liderazgo transformacional y situacional, el único capaz de combinar visión estratégica, rigor institucional y adaptabilidad frente a la incertidumbre.
El error sistemático de los modelos autocráticos y carismáticos es asumir que el manejo del lenguaje puede sustituir indefinidamente la falta de resultados tangibles.
Olvidan la premisa que sentenció Oscar Wilde al advertir que no hay segunda oportunidad para una primera impresión. En la comunicación pública e institucional, la primera impresión que proyecta una reforma o una gestión, fija la expectativa social e internacional; si esa imagen de origen denota improvisación o arbitrariedad, la pérdida de confianza posterior resulta prácticamente irreversible.
Actualmente los inversionistas, agencias calificadoras y organismos de evaluación miden la certidumbre con base en reglas claras, pretender sostener la gobernabilidad mediante el control del relato es una apuesta fallida.
La reputación de un país no se decreta ni se sostiene con videos espontáneos de comunicación; se edifica garantizando el Estado de derecho, la certidumbre jurídica y la eficacia de sus instituciones. Continuar privilegiando la inercia del espectáculo sobre la sustancia operativa condena inevitablemente al aislamiento, la falta de credibilidad y al descrédito.
« Alberto Martínez Moreno »



