Cultural Singularidades


La calma en el prado


Publicación:15-08-2026
version androidversion iphone

++--

Mi obra narrativa, principalmente las novelas, (omito una Memoria de quinientas páginas que, sin embargo, es parte de El Libro de mi Vida), se aparta del honorable principio básico de la trama, tal y como fue empleado a la perfección por los grandes escritores decimonónicos, y cuyos orígenes pueden remontarse a la Antigüedad, al menos hasta el teatro de la Grecia de Sófocles, Eurípides y Esquilo, y cuya presencia es evidente en nuestra actualidad narrativa de América, donde se sitúa la Tierra y el Cielo Nuevo. 

El principal desprendimiento que ocurre en mi obra del engranaje tradicional es a través de la definición de Antagonista. No es constante. No es el mismo a lo largo de la obra y no siempre es derrotado, o cuando lo es, puede serlo únicamente de manera temporal, porque reencarna en otras formas, de otras maneras, en nuevas sustancias. Es una presencia permanente; una constante de la vida del protagonista. La vida nunca es: ni triunfo, ni derrota total. 

Los Antagonistas en mis tres novelas, (Amor, un tipo; Que no hiera toda la Tierra; y Amistades fantásticas), nunca son representados por un solo personaje, o siquiera por varios personajes de carne y hueso a lo largo de la historia. Casi nunca encarnan en lo que yo llamaría un ser humano. A momentos puede ser la Corrupción del sistema político, luego el Miedo del protagonista ante la real presencia de Satanás y finalmente está en los Compromisos del personaje con su pasado. Siempre hay un examen de conciencia a lo largo de la obra y ese examen es el que permite la resolución del conflicto último de la obra.

Y enfatizo "conflicto último" porque en el texto aparecen varios conflictos que se desenvuelven, uno después del otro, en la misma narración. El genoma del Antagonista se encuentra en distintos capítulos, como el genoma humano está disperso en diversos cromosomas, en la célula. En mi obra, son varios los "objetivos" del personaje, y no El Objetivo (que en ocasiones puede convertirse en un segundo objetivo en la novela tradicional).

En ese sentido, mi Novela es un reflejo de la vida, no una creación de una vida ficticia: pero tampoco se aparta de la ficción, porque toda obra narrativa es siempre una ficción. La vida nos pone barreras que se convierten en oportunidades nuevas. Mis protagonistas, todos ellos una perla, desisten de sus objetivos, fracasan, son desviados de objetivos iniciales, no porque aparezcan conflictos mayores, (como sucede en la novela tradicional y en el cine comercial), sino porque el personaje principal aprende a perder, se deshace de lo que se había planteado en un inicio y cambia de vía, incluso de vida. Mis personajes viven una ruptura con la vida tradicional de un ser humano. Es EL CAMINO al pedazo de eternidad que le corresponde en el mundo. 

A veces el protagonista vuelve a trayectos que ni siquiera estaban conectados con capítulos precedentes de la misma novela, sino que las huellas fueron cimentadas en una historia previa. Las tres novelas están conectadas. Son una obra completa y a la vez está incompleta. La vida continúa. Siempre hay más de un conflicto: el lector debe ser capaz de verlo, pero no necesariamente el protagonista, ni la voz del narrador. No todos los conflictos planteados en la novela se solucionan al terminar de leer la última página. Siempre quedan temas pendientes. Así es la vida.

Este quiebre con el modelo tradicional de la novela obedece a una función de la narrativa que no había sido planteado plenamente antes, me parece. (Quizás la Rayuela de Julio Cortázar sea una excepción, a su manera, junto con una obra de James Joyce y el trabajo de David Foster Wallace). Y es que el aprendizaje de cada lector, en mis novelas, es distinto para cada uno de ellos. La lección de las Ilusiones Perdidas en Balzac es el mismo para todo lector. El protagonista pierde su objetivo de consolidarse como poeta en su búsqueda de dinero o del amor de una mujer. En mi obra, cada lector se lleva su propia lección. Yo la desconozco. Lo que cada lector aprende está adentro de él; no en mi obra. Mi narración cataliza el proceso, pero el resultado final no está en mis páginas, sino en el interior del lector. Yo dejo un grupo de hebras son conectar. El lector las conecta.

Mis novelas son una Obra Abierta en el sentido más extenso del término que conozco hasta ahora, y que me parece fue acuñado por primera vez por Umberto Eco. (David Foster Wallace experimenta en el mismo sentido que yo, pero tengo la impresión de que él parte de la tradición de James Joyce y su Finnegans Wake. Mi punto de partida es la Rayuela de Julio Cortázar).

Esta es la esencia de mi obra narrativa, llamada Novela. Donde aparecen algunos nombres.





« Olga de León / Carlos A. Ponzio de León »
Carlos A. Ponzio de León


Publicaciones del autor