Opinión Columna
Le Pen, el insulto y la coartada
Publicación:29-10-2026
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Marine Le Pen prometió que no permitirá la "mexicanización" de Francia. Utilizó nuLaureestro nombre como advertencia de lo que ningún país debería llegar a ser. Un gancho al hígado. La frase cala y explota una realidad al mismo tiempo, que no podemos despachar junto con quien la pronuncia.
No fue una expresión nueva. "O hay una movilización general, o habrá una mexicanización del país", se dejó ir en 2024 el entonces ministro del Interior francés, Bruno Retailleau. Nuestro nombre circula en la política europea como advertencia de un futuro indeseable.
"Mexicanización" no identifica a un cártel, una decisión gubernamental o una institución que falla. Lo reúne todo bajo una nacionalidad. México deja de ser un país atravesado por el crimen y se convierte en el nombre del problema. Pero llevamos casi veinte años de una violencia que somete comunidades, condiciona economías y disputa el poder público. No hablamos únicamente de gobiernos incapaces de contener al crimen, sino de autoridades que lo protegen y estructuras públicas penetradas por intereses criminales. Esa relación está ampliamente documentada, no la inventó Le Pen.
Stuart Hall, sociólogo, explicaba que el estereotipo reduce a las personas a unas pocas características y las presenta como parte de su naturaleza. No necesita inventarlo todo. Puede partir de algo real y deformarlo mediante la reducción. Eso permite rechazar la palabra sin esconder lo que la vuelve reconocible. El crimen organizado forma parte de nuestra realidad. No tiene por qué definir nuestra identidad ni decidir nuestro destino.
El intercambio mexicano que siguió dejó poco espacio para esa distinción. Al compartir el video, el comunicador Manuel López San Martín escribió: "Es la imagen que deja un gobierno que defiende a sus narcopolíticos a capa y espada". Morena respondió que la ultraderecha europea exhibía "sus prejuicios y complejos colonizadores, no la realidad de nuestro país". Después afirmó que la estrategia de Sheinbaum "da resultados" y que México "no acepta lecciones de dignidad de nadie".
La presidenta respondió por separado. Le Pen está "mal informada", dijo. Porque la mexicanización que debería extenderse por el mundo es la de "la honestidad, el amor, la solidaridad, la fraternidad". Tiene razón, pero la honestidad de los mexicanos no demuestra la honestidad de sus autoridades, ni la solidaridad de una sociedad desmiente la complicidad de algunos funcionarios con el crimen. Confundir ambas cosas transforma una defensa legítima del país en una defensa injustificada del poder.
Así, la declaración extranjera vuelve a servir para acusar al gobierno o defenderlo. ¿Para exigir cuentas necesitamos reconocerle autoridad a Le Pen? ¿Para rechazar que se use nuestra nacionalidad como insulto debemos avalar la política de seguridad de Morena?
La trampa de la polarización. Cada argumento llega convertido en un paquete indivisible. Si aceptamos una parte, debemos comprarlo todo. Si cuestionamos al propio bando, ayudamos al enemigo. El problema no es solamente que la polarización empobrezca nuestra conversación pública. Es que, cuando la lealtad partidista condiciona lo que estamos dispuestos a denunciar, también reduce nuestra capacidad de exigir cuentas y corregir los abusos del poder.
Que Le Pen estigmatice a México no demuestra que el gobierno dé resultados. Que un comunicador utilice su frase contra Morena tampoco vuelve irrelevante la pregunta por la protección política al crimen.
Y las responsabilidades no son simétricas. Le Pen debe responder por su discurso; el gobierno mexicano, por la seguridad y la actuación de sus autoridades.
La violencia no sería menos intolerable si ningún político extranjero hablara de ella. Su importancia no depende de la reputación nacional, sino de la vida de quienes la padecen. Lo intolerable no es que Francia nos mire con miedo, sino que haya mexicanos obligados a vivir con él todo el maldito tiempo.
Los muertos, los desaparecidos y quienes viven bajo amenaza son en sí mismos la razón para exigir respuestas, incluso cuando hacerlo incomoda al gobierno que apoyamos.
México no merece que su nombre se convierta en un insulto. Los mexicanos tampoco merecen que, para defender ese nombre, se les pida dejar de contar lo que viven.
« Laura Raquel Manzo »



