Opinión Editorial
No le teman a las audiencias informadas
Publicación:06-08-2026
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Vivimos en una época en la que la información circula a una velocidad nunca antes vista. Todos los días recibimos noticias, opiniones, análisis, contenidos virales y mensajes que influyen en la manera en que entendemos la realidad. El problema es que no todo lo que circula informa. Mucho confunde. Mucho manipula. Mucho busca disfrazar intereses como si fueran hechos.
Por eso, hablar hoy de libertad de expresión también exige hablar de responsabilidad. La libertad de decir no puede convertirse en licencia para engañar; y el derecho a informar no puede usarse como excusa para desinformar.
En México hay quienes confunden deliberadamente la libertad de expresión con el derecho a manipular audiencias. Y hay que decirlo con toda claridad: eso no fortalece la democracia, la debilita.
Una democracia necesita medios libres, sí. Pero también necesita ciudadanía informada. Necesita pluralidad, crítica y debate público. Pero también necesita transparencia y reglas mínimas para que las personas sepan qué están consumiendo: una noticia, una opinión, un análisis, una publicidad o un contenido propagandístico.
Ese es el fondo del debate sobre los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias, analizados recientemente en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión.
Lo que debía ser una discusión jurídica y democrática fue reducido por algunos sectores a la misma narrativa de siempre: "censura".
Pero no todo lo que incomoda a ciertos intereses es censura.
Censura sería impedir que alguien hable. Censura sería prohibir una opinión. Censura sería castigar una crítica. Censura sería condicionar la línea editorial de un medio. Nada de eso está en el centro de este debate.
La libertad de expresión no puede entenderse como una vía de un sólo sentido.
Quien informa tiene poder. Y todo poder debe ejercerse con responsabilidad.
¿Por qué molesta que una opinión sea identificada como opinión? ¿Por qué incomoda que una publicidad se reconozca como publicidad? ¿Por qué asusta que la propaganda no se disfrace de información?
La respuesta es evidente: porque la confusión también ha sido utilizada como herramienta de poder.
Defender a las audiencias no significa atacar a los medios. Significa reconocer que la ciudadanía también tiene derechos frente a los medios. Significa entender que la democracia no sólo se juega en las urnas, sino también en la manera en que se informa, se debate y se construye opinión pública.
La crítica debe existir. La prensa debe ser libre. El periodismo debe incomodar al poder. Pero la libertad no exime de responsabilidad. Ningún derecho democrático se fortalece en la opacidad. Ninguna sociedad se vuelve más libre cuando la mentira circula sin freno y la ciudadanía queda indefensa frente a la manipulación.
La protección de los derechos de las audiencias no debe verse como una amenaza para la libertad de expresión, sino como una condición para una democracia más madura: una democracia donde informar no sea manipular, donde opinar no sea engañar y donde comunicar no signifique aprovecharse de la falta de claridad.
Porque defender libertades también implica defender el derecho de la ciudadanía a no ser manipulada.
Porque informar no es imponer. Porque opinar no es ocultar intereses. Porque la democracia no se fortalece con confusión, sino con verdad, responsabilidad y transparencia.
La libertad de expresión se defiende con firmeza, pero también con honestidad. Y quien de verdad cree en la democracia no debería temerle a una ciudadanía mejor informada.
« El Universal »



