Opinión Columna


¿Qué debe aprender México de las protestas sociales en Europa?


Publicación:26-10-2026
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Europa vuelve a las calles. En Francia se protesta por la educación; en España, por la vivienda; en Italia, por los salarios y el costo de vida; en Albania, por la corrupción. Los conflictos no son idénticos ni forman una rebelión coordinada. Sin embargo, plantean una pregunta que México debería tomarse en serio: ¿qué sucede cuando las instituciones siguen funcionando, pero parte de la sociedad deja de creer que su esfuerzo le permitirá vivir mejor?

Entre el 15 de septiembre y el 23 de octubre, se documentaron al menos 177 protestas en doce países europeos. La mayoría fueron pacíficas; otras derivaron en violencia. Reducirlas a las imágenes de escaparates rotos sería tan equivocado como disculpar los daños en nombre de una causa. La protesta es un derecho, no una licencia para agredir. Pero el orden público tampoco puede convertirse en excusa para desatender lo que se reclama.

Hay un hilo que atraviesa muchas de esas demandas: el desgaste de una promesa. Durante décadas, estudiar, conseguir empleo y ahorrar parecían etapas de una trayectoria ascendente. Esa ruta nunca estuvo garantizada, pero ofrecía un horizonte. Cuando el trabajo no alcanza para independizarse y la preparación académica no abre las oportunidades esperadas, la frustración deja de ser solamente económica. Se transforma en una pregunta sobre la justicia de las reglas que organizan la convivencia.

En México sería un error confundir esta reflexión con un pronóstico de disturbios. Nuestras desigualdades, la inseguridad y la informalidad obedecen a circunstancias propias. Pero la distancia entre los indicadores oficiales y la experiencia cotidiana sí merece atención. En el segundo trimestre de 2026, el 55.1% de la población ocupada trabajaba en la informalidad. Según la actualización de 2025 de SEDATU y CONAVI, 8.3 millones de viviendas presentaban rezago habitacional. Este último dato mide carencias de calidad y espacio, no el precio del alquiler europeo. Aun así, ambos indicadores obligan a preguntar cuánto bienestar real produce trabajar y dónde se puede vivir con dignidad.

Aquí aparece la primera lección: una economía no se juzga únicamente por sus promedios. Que la inflación se modere no devuelve los precios al pasado; que exista ocupación no garantiza ingresos suficientes ni seguridad social. El ciudadano no vive dentro de una gráfica: calcula cuánto le queda después de pagar alimentos, transporte y vivienda. Esa diferencia entre el balance del gobierno y el presupuesto del hogar no invalida las estadísticas; exige interpretarlas sin triunfalismo.

La segunda lección es política: ganar una elección otorga el derecho a gobernar, pero también implica la responsabilidad de escuchar a toda la sociedad, incluso a quienes piensan diferente. La legitimidad que conceden las urnas debe fortalecerse mediante decisiones justificadas, resultados concretos y disposición para corregir errores. Una democracia no puede reducirse al ejercicio periódico del voto, ni la crítica ciudadana interpretarse como una amenaza. Gobernar democráticamente significa reconocer que el respaldo electoral no sustituye el diálogo, la rendición de cuentas ni la obligación de responder a las necesidades de la población.

Escuchar a la ciudadanía no significa prometer que todas sus demandas serán atendidas. Los recursos públicos son limitados y las necesidades sociales obligan a establecer prioridades. Por eso, gobernar exige explicar qué problemas se atenderán primero, por qué se toman determinadas decisiones y cuáles son los resultados esperados. Rendir cuentas no consiste únicamente en presentar cifras favorables, sino en demostrar cómo las políticas públicas mejoran las condiciones de vida de las personas y reconocer cuándo es necesario corregir el rumbo.

Europa no representa necesariamente el futuro de México, pero sus protestas dejan una lección que no deberíamos ignorar: la estabilidad democrática no depende únicamente de celebrar elecciones o mantener el orden público, sino también de que las personas confíen en que sus instituciones pueden mejorar sus condiciones de vida. Salir a las calles para exigir cambios significa, en muchos casos, que todavía existe la esperanza de ser escuchados. El verdadero fracaso de la política comienza cuando la ciudadanía pierde esa esperanza y deja de creer que su voz puede transformar la realidad.




« René Ibraham Cardona Picón »
René Ibraham Cardona Picón


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