Opinión Columna
¿Qué tienen que ver las apuestas y las misceláneas?
Publicación:13-10-2026
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Recientemente, al concluir una conferencia sobre el crecimiento de las apuestas digitales y sus consecuencias en niñas, niños y adolescentes, tuve la oportunidad y el privilegio de escuchar a una de las mujeres más reconocidas del mundo empresarial mexicano.
Durante su intervención retomó una de las preocupaciones que había compartido, el crecimiento vertiginoso de las apuestas digitales. Mencionó que una de las grandes empresas de alimentos de nuestro país había identificado una disminución de sus ventas a través de una de las redes comerciales más tradicionales y representativas de México: las misceláneas.
Esos pequeños negocios que forman parte de nuestra cultura, de la economía popular y de la vida cotidiana de millones de familias. Las primeras investigaciones de la empresa buscaron explicaciones en el comportamiento del mercado.
¿Habían surgido nuevos competidores?, ¿Se habían incrementado los precios?, ¿Habían cambiado las preferencias de los consumidores? Las respuestas no parecían encontrarse en ninguna de esas variables.
La investigación tuvo que ampliarse y, según nos compartió, apareció un factor inesperado, una parte del ingreso familiar que anteriormente se destinaba a productos de consumo cotidiano estaba siendo utilizada para participar en apuestas.
Madres y padres de familia que con la esperanza de mejorar sus ingresos encuentran en las pantallas de sus teléfonos una oferta prácticamente permanente de casinos virtuales, plataformas y mecanismos para apostar.
Estamos ante una señal que merece investigarse con mayor profundidad. No sabemos qué proporción de esta disminución puede atribuirse a las apuestas, ni si el fenómeno se reproduce en otras empresas o regiones. Pero la hipótesis resulta suficientemente relevante como para encender las alertas.
Las apuestas podrían estar dejando de ser solamente un problema individual para convertirse en un factor que modifica las decisiones económicas de los hogares.
Las cifras comienzan a mostrar la dimensión del problema. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2025, el 6.9 por ciento de los adolescentes mexicanos de entre 12 y 17 años participó en juegos de apuestas durante los últimos doce meses.
Entre los adolescentes hombres, la proporción alcanzó el 9.2 por ciento, todavía más preocupante, entre los adolescentes que participaron en apuestas, el 7 por ciento presentó indicadores de juego problemático.
No se trata de satanizar las apuestas ni de desconocer los beneficios extraordinarios de la tecnología. Se trata de reconocer la facilidad de acceso, la disponibilidad permanente y los mecanismos que incentivan la participación pueden multiplicar los riesgos, especialmente entre personas vulnerables.
Las iniciativas encaminadas a regular el uso de teléfonos inteligentes durante las jornadas escolares y fortalecer la protección frente a contenidos violentos constituyen pasos que deben valorarse, pero son insuficientes.
Porque el problema no termina cuando una niña o un niño guarda su teléfono al entrar al salón de clases. Continúa cuando regresa a casa y permanece durante horas frente a una pantalla sin acompañamiento, orientación o límites.
Se necesita una estrategia que contemple educación digital desde la infancia, capacitación para madres, padres y docentes, mecanismos eficaces de denuncia, atención oportuna a víctimas, prevención del juego problemático y responsabilidades claras para las plataformas.
Porque cuando las apuestas comienzan a competir con el gasto cotidiano de las familias, cuando niñas y niños enfrentan riesgos digitales desde los primeros años de primaria, y cuando las instituciones responden con medidas fragmentadas, las consecuencias dejan de ser individuales y se convierten en un problema colectivo.
« Josefina Vázquez Mota »



