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Como Yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí

Como Yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí


Publicación:06-06-2026
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La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tradicionalmente llamada del «Corpus Christi», fue instituida por el Papa Urbano IV con la Bula «Transiturus» de fecha 11 de agosto de 1264. Para destacar su esencial relación con la última cena de Jesús con sus discípulos, cuando Él instituyó este admirable misterio, que fue el jueves antes de su pasión y muerte, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo se fijó en día jueves, el jueves sucesivo al Domingo de la Santísima Trinidad. La Bula evoca esta circunstancia desde sus primeras palabras, que le dan el nombre (como ocurre con los documentos de la Iglesia): «Transiturus de hoc mundo ad patrem salvator dominus noster Iesus Christus...» («Debiendo pasar de este mundo al Padre, el Salvador, nuestro Señor Jesucristo...»). El jueves sigue siendo su día propio en el Misal Romano y en ese día se celebró en Chile hasta el año 1999. Aunque haya sido trasladada al Domingo, conviene tener presente su relación con el Jueves Santo, porque precisamente lo que movió al Papa Urbano IV a instituir esta solemnidad fue que el Jueves Santo, en la víspera de la Pasión de Cristo, el pueblo fiel no podía dar al misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo todas las expresiones de gozo y alabanza que merece como «fuente y cima de toda vida cristiana» (cf. L.G. 11) y presencia real de Cristo en medio nuestro.

El Evangelio de esta Solemnidad es parte del discurso pronunciado por Jesús en aquella lejana sinagoga de Cafarnaúm el día después del milagro de la multiplicación de los panes. Se puede decir que, gracias a ese milagro, la «popularidad» de Jesús había alcanzado al máximo, hasta el punto de decir la multitud: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». El evangelista agrega: «Dandose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarlo por la fuerza para hacerlo rey, huyó de nuevo al monte Él solo» (cf. Jn 6,14.15). Querer «hacerlo rey», cuando el país estaba sometido al poder del Imperio Romano, significa que le atribuían a Él un poder mayor, que, en esas circunstancias, no puede ser menos que divino. Este es el contexto en que Jesús pronunció el discurso del «pan de vida».

La sinagoga estaba llena y todos estaban expectantes, cuando Jesús comenzó a decir: «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque han visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado. Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre» (cf. Jn 6,26.27). Lo dará el Hijo del hombre, es decir, Él mismo, pero tiene su origen en Dios: «Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (cf. Jn 6,32.33). Los presentes habían recibido el día anterior un pan milagroso; por su parte, los judíos del tiempo de Moisés recibieron el maná; pero ahora se les promete un «verdadero pan del cielo, pan de Dios»; en comparación con éste, los otros no eran más que un signo y un anuncio. La reacción de ellos es también la nuestra: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34). Jesús no puede dejar de satisfacer esta súplica y lo hace exponiendo el misterio de su Cuerpo y de su Sangre.

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que Yo daré, es mi carne por la vida del mundo». En ese tiempo nadie comía carne que no fuera sacrificada a algún dios; era así no sólo en Israel, en cuyo caso era sacrificada al Dios verdadero, sino también en el mundo pagano, sacrificada a los ídolos (cf. Rom 8,4.13). Por tanto, la frase de Jesús la entendieron bien: se debe comer su carne ofrecida en sacrificio para que el mundo viva. Este sacrificio deroga todos los otros, porque basta para dar la vida a todo el mundo. Esa vida se adquiere comiendo de la carne de este sacrificio.

Observamos que la popularidad de Jesús se perdió bruscamente, entre los judíos, que en esa sinagoga no eran de sus discípulos y que, incrédulos de lo que oían, discutían entre sí diciendo: «¿Cómo puede Éste darnos a comer su carne?». Creen haber entendido mal, porque, además, los judíos en su Ley tenían estrictamente prohibidos los sacrificios humanos, tanto menos comer de esa carne. Era el momento en que Jesús aclarara que lo decía en sentido figurado, como lo hace a menudo en su enseñanza, por ejemplo, cuando dice que Lázaro está dormido, y en realidad está muerto (cf. Jn 11,11.14) o, cuando exhorta a cuidarse de la levadura de los fariseos, y en realidad se refiere a su enseñanza (cf. Mt 16,6.11-12) o, cuando dice a Nicodemo que tiene que nacer de nuevo y en realidad se refiere a un nacimiento «del agua y del Espíritu» (cf. Jn 3,3-5); se pueden citar otros casos. Pero, en todos estos casos, cuando le entienden mal, Él aclara: «Lázaro ha muerto» y lo mismo de los otros casos. En este caso particular, en esa sinagoga de Cafarnaúm, cuando creen haber entendido mal, Jesús reafirma lo dicho con más energía, usando la fórmula de una declaración solemne, universal (no admite excepción) y definitiva: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes». Agrega, además, ¡«beber su sangre»! Incluso en los sacrificios de corderos y otros animales los judíos tenían prohibido en su Ley beber la sangre, por considerarse que era la sede de la vida y la vida, incluso de los animales, era inquietante por ser del dominio exclusivo de Dios. Al dar Jesús su sangre a beber lo que quiere es precisamente comunicar su misma vida, esa vida que no perece, «que el Hijo del hombre les dará». Lo va a aclarar a continuación.

«El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día». Los judíos del grupo de los fariseos creían ha en la resurrección del último día, como lo declara Marta ante el sepulcro de su hermano Lázaro: «Sé que resucitará, en el último día» (Jn 11,24). Pero aquí Jesús habla de una vida que es eterna, que su carne y su sangre comunican ya en el tiempo de esta vida terrena mortal y que es condición para que, en el último día, Él resucite a quien la posee. Y, repitiendo el adjetivo «verdadero», reafirma lo dicho explicando: «Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Estamos muy lejos de un lenguaje figurado o metafórico. Estas palabras de Jesús hay que entenderlas en su sentido literal. Cualquier otra comprensión es contraria al sentido de las palabras de Jesús.

Para completar, agregamos la reacción en esa sinagoga, no ya de los judíos en general, sino de sus propios discípulos: «Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: "Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?"». Esta enseñanza fue un punto de quiebre: «Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él». Jesús, lejos de retirar el sentido de sus palabras, está dispuesto a quedarse solo y pregunta a los Doce: «¿También ustedes quieren marcharse?» (cf. Jn 6,60.66.67). Ellos creyeron en Jesús y permanecieron con Él.

No hay ningún medio de unión con Jesús más pleno que el establecido por Él mismo en estos términos: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y Yo en él». Como lo ha dicho, se trata de una unión que consiste en compartir la misma vida divina -vida eterna- que Él, como Hijo de Dios hecho hombre, posee. Por eso, a continuación, habla de esa vida, que se remonta a su Padre: «Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y Yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí». Jesús ha formulado una comparación -«lo mismo que»- en la cual uno de los extremos es infinito -«Yo vivo por el Padre»- y el otro, que es nuestra participación en la vida divina, es limitado. Por eso, no nos bastará toda la eternidad para gozar de este misterio. Es el gozo colmado y eterno. Hay motivo para «dar gracias, siempre y en todo lugar» por el don del Cuerpo y la Sangre de Cristo y hacerlo, sobre todo, acogiendo cada domingo -incluso cada día- la exhortación de Jesús: «Tomen y coman; esto es mi Cuerpo... Tomen y beban; este es el cáliz de mi Sangre...».

Hemos dicho que las palabras que Jesús pronunció en esa sinagoga de Cafarnaúm hay que entenderlas en sentido literal y así hay que entender también las Palabras que Él pronunció sobre el pan y sobre el vino en esa última cena con sus discípulos. Como efecto de esas palabras se produce la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre y es verdad que son «verdadera comida» y «verdadera bebida». Esa conversión es objetiva y, si las palabras las pronuncia quien tiene el poder dado por el mismo Cristo, a saber, un presbítero, en adelante lo que tiene ante sí es el Cuerpo y la Sangre de Cristo «ofrecido en sacrificio» y luego resucitado «por la vida del mundo», para salvación del mundo. Decimos esto, porque en nuestra lengua española hay una fórmula en la Plegaria Eucarística (lo más sagrado que tenemos en materia sacramental) que puede entenderse en forma equivocada. Con las manos extendidas sobre el pan y el vino, el sacerdote ora a Dios diciendo: «Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu de manera que se conviertan "para nosotros" en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor». La cláusula «para nosotros» (que hemos destacado) suele usarse en nuestro medio, cuando se expresa una opinión que puede diferir de la de otros. ¡No debe entenderse así en esta fórmula sacramental! Aquí lo que es «para nosotros» no es la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre, porque esto es real y objetivo y no es opinable; lo que es «para nosotros» es el beneficio de salvación y este «nosotros» es toda la humanidad y no sólo los católicos; es «para la vida del mundo». En la fórmula latina original, que es el texto auténtico, no existe esa ambigüedad: «Haec dona Spiritus rore sanctifica ut nobis Corpus et Sanguis fiant Domini nostri Iesu Christi». Tendrá que llegar el día en que traduzcamos: «de manera que se conviertan, para nuestro bien, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo», u otra expresión parecida.

 

 



« Felipe Bacarreza Rodríguez »
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