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El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones

Publicación:23-05-2026
TEMA: #Espíritu Santo
La Solemnidad de Pentecostés conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles cincuenta días después de la Pascua
La Solemnidad de Pentecostés, que celebra la Iglesia este domingo, recibe este nombre de la fiesta judía que se celebraba cincuenta días (siete semanas) después de la Pascua judía. En efecto, «pentecostés» es una palabra griega que significa «quincuagésimo». La Pascua judía se celebraba el decimocuarto día del primer mes del año, y dado que este es un mes lunar, el día catorce del mes es siempre el día central y, por tanto, día de luna llena; es también sábado, día séptimo de la semana. Recordemos que el cuerpo de Jesús y el de los otros dos crucificados con Él fueron retirados con prisa de la cruz, porque ya comenzaba el sábado «y ese sábado era muy solemne» (cf. Jn 19,31), era «la Pascua de los judíos». Siete semanas después (cf. Deut 16,10), el día quincuagésimo -pentecostés-, era también sábado (ellos siempre cuentan el primero y el último día) y ese día celebraban la entrega por parte de Dios de la Ley (la Torah).
Ese mismo día de Pentecostés vino el Espíritu Santo sobre los apóstoles, cumpliendose lo que Jesús resucitado les había prometido antes de su Ascensión al cielo: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban... quedaron todos llenos del Espíritu Santo... Había en Jerusalén hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo...» (cf. Hech 2,1-11). Esos «hombres piadosos» son los judíos que venían a Jerusalén por la fiesta.
El Evangelio de Juan, que se proclama este Domingo, y la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (que en esta Solemnidad se repite todos los años) nos relatan episodios que ocurren a distancia de cincuenta días. El Evangelio de Juan nos relata la venida de Jesús resucitado en medio de los apóstoles al atardecer del día de su resurrección, que era el primer día de la semana: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se puso Jesús en medio de ellos y les dijo: "Paz a ustedes"». Por su parte, Lucas nos relata lo ocurrido cincuenta días después de la Pascua judía: «Al llegar el día de Pentecostés...». Pero Juan distingue la Pascua judía (sábado) de la Pascua cristiana (cf. Jn 2,13; 6,4; 11,55) y también San Pablo que habla de «Cristo, nuestra Pascua» (cf. 1Cor 5,7). Los cristianos celebramos «nuestra Pascua» el primer día de la semana y, por tanto, Pentecostés también el primer día de la semana (aunque históricamente ocurrió, como hemos dicho, el sábado).
Después de repetir: «Paz a ustedes», Jesús agrega: «Como el Padre me ha enviado a mí, así los envío yo a ustedes». Se trata de una misión única, que tiene su origen en el Padre, que fue cumplida por Jesús, tal como lo declara en su última palabra en este mundo: «Está cumplido» (cf. Jn 19,30), y que se prolonga hasta el fin de los tiempos por medio de los apóstoles. Estamos hablando de algo que supera toda capacidad humana, porque se trata de elevar a todo ser humano al nivel de «hijo de Dios», de manera que pueda ser verdad lo que decimos cuando oramos: «Padre nuestro que estás en el cielo...» (cf. Mt 6,9). ¿Cómo puede Jesús pedir a unos simples seres humanos que continúen, en favor de todas las generaciones, semejante misión, dada la distancia que hay entre un ser humano limitado y el Dios infinito? Bien sabe esto Jesús que «conoce lo que hay en el hombre» (cf. Jn 2,25). Por eso, acompaña este envío de un gesto expresivo y de unas palabras que lo explican: «Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo"». El soplo de Jesús resucitado y el Espíritu Santo son la misma cosa. Por eso, confesamos que el Espíritu Santo es una Persona divina que «procede del Padre y del Hijo» («ex Patre Filioque procedit»). Sin este don la misión encomendada habría sido imposible. Y, sin embargo, en esa ocasión -el día de su resurrección- el gesto y las palabras de Jesús eran un anuncio profético, que tendría su cumplimiento cincuenta días después, el día de Pentecostés, y que permitiría a los apóstoles comprender el sentido de ese viento recio -espíritu- que lleno el lugar donde se encontraban y que se hizo visible en las lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos.
El día en que Jesús hizo el gesto de soplar sobre los apóstoles con las palabras del don del Espíritu Santo faltaba uno de los doce, Tomás. De aquí el mandato de Jesús de que ninguno faltara cuando ese anuncio profético tuviera cumplimiento: «Les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, que oyeron de mí» (cf. Hech 1,4).
Ese día de Pentecostés el don del Espíritu Santo se hizo visible por las lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Pero más visible se hizo en la fuerza divina que recibieron para entender todo lo enseñado por Jesús y comenzar la misión encomendada por Él, la que procede del Padre. Diez días antes, cuando Jesús estaba por ascender al cielo, ellos mismos estaban preguntandole: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hech 1,6). El Reino de Israel se dividió en Reino del Israel (Norte) y Reino de Judá (Sur), después de Salomón en el año 931 a.C. El Reino del Norte cayó bajo el Imperio de Asiria en el año 721 a.C. y el Reino del Sur cayó bajo el Imperio de Babilonia en el año 587 a.C. Desde entonces, nunca más existió el Reino de Israel, pues siempre estuvo sometido a imperios extranjeros: persa, helenista y romano. Esa pregunta de los apóstoles expresa un anhelo y una confianza en que Jesús resucitado puede finalmente heredar el trono de David y restablecer ese Reino; pero, expresa también una incomprensión de la misión de Jesús, cuyo Reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36). El día de Pentecostés, con el don del Espíritu Santo, fueron llevados a la verdad completa sobre el misterio de Jesús y recibieron «fuerza para ser sus testigos» (cf. Hech 1,8). Por eso, como decíamos, el signo más visible del don del Espíritu Santo es que comenzó la misión, comenzó a cumplirse el envío de Jesús: «Se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». Y los presentes, judíos venidos de todo el mundo, decían asombrados: «Todos los oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios».
La misión no habría podido desarrollarse si Jesús, junto con el don del Espíritu Santo, no les hubiera dado un poder que, hasta entonces, ningún ser humano había poseído fuera de Él, como lo demostró en la curación del paralítico: «Para que sepan que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados» (cf. Mt 9,6). Ese poder lo da a sus apóstoles con el don del Espíritu Santo: «A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». Desde entonces, los apóstoles tuvieron el poder de transmitir ellos mismos el don del Espíritu Santo a otros. Cuando el diácono Felipe evangelizó Samaría les administró el bautismo; pero fue necesario que vinieran desde Jerusalén Pedro y Juan para que recibieran el Espíritu Santo: «Ellos les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hech 8,17). Asimismo, cuando Pablo encontró en Éfeso doce hombres que no habían recibido más que el bautismo de Juan y ni siquiera habían oído que existiera el Espíritu Santo, «fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús y, habiendoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar» (Hech 19,5-6). De esa misma manera, hoy, con el don del Espíritu Santo, se concede el poder de perdonar los pecados, por medio del Sacramento del Orden a los varones a quienes el Señor llama.
Por último, si en la fiesta judía de Pentecostés se conmemora el don a Israel de la Ley escrita en tablas de piedra, en la Solemnidad cristiana de Pentecostés se celebra el don del Espíritu Santo, que concede el cumplimiento de la ley de Cristo, que se resume en un solo mandamiento: «Este es mi mandamiento: que ustedes se amen unos a otros, como Yo los he amado» (cf. Jn 13,34; 15,12). Juan exhorta a ese cumplimiento diciendo: «Amemonos unos a otros, porque el amor es de Dios y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4,7). Bien expresa San Pablo el don de Dios dado a los cristianos en nuestro Pentecostés: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (cf. Rom 5,5). La grandeza de este don se expresa en el amor de unos por otros.
« Felipe Bacarreza Rodríguez »




