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El escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos

El escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos


Publicación:25-07-2026
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Concluida la lectura del Evangelio de este Domingo XVII del tiempo ordinario, la frase siguiente en el Evangelio de Mateo, nos revela la intención del autor de poner fin al discurso en parábolas: «Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí» (Mt 13,53). El episodio siguiente pertenece ya a una sección narrativa y nos relata la reacción de los presentes, cuando volvió Jesús a su propio pueblo de Nazaret y enseñó en la sinagoga de ese lugar (cf. Mt 13,53-58). El que dividió el Evangelio en capítulos -Esteban Langton (1214 d.C.), que no goza de inspiración divina- tal vez debió haber puesto allí el comienzo del Capítulo XIV.

En este discurso en parábolas Jesús repite dos veces la frase enigmática: «El que tenga oídos que oiga». Las palabras pronunciadas por Jesús las oían todos y la situación de la vida real en que consiste la parábola era familiar también para todos. Pero la verdad que Él intenta transmitir por ese medio no es perceptible a los oídos corporales. Esa verdad es un don que se concede solamente a la fe -este es el oído que es necesario tener- que es también un don. La verdad así percibida no es una conquista de la inteligencia humana, por muy alto que sea su coeficiente; esa verdad es revelada y es de tal condición que la reciben mejor los pequeños y sencillos de este mundo, como lo destaca Jesús alabando a su Padre: «Has revelado estas cosas a pequeños» (cf. Mt 11,25).

La expresión se encuentra en los Evangelios ocho veces, siempre en boca de Jesús y nunca en boca de otro (Mt 11,15; 13,9; 13,43; Mc 4,9; 4,23; 7,16; Lc 8,8; 14,35). Pero reaparece en el Apocalipsis en boca del mismo Jesús, esta vez resucitado, en el mensaje que manda a Juan escribir a cada una de las siete Iglesias de Asia, a saber, Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea. Cada uno de esos mensajes tiene la misma apertura con mención del destinatario y la misma conclusión: «Al Ángel de la Iglesia de ..., escribe: "Esto dice el que... El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias..."» (cf. Apoc. 2,7.11,17.29; 3,6.13.22). El autor siente la necesidad de aclarar que se trata de oír lo que dice el Espíritu y Éste, obviamente, no hace pasar su voz por el oído corporal. Por eso, solamente lo reciben los que tienen el oído interior apropiado. Y, sin embargo, el mensaje que el profeta tiene que transmitir está expresado en palabras de nuestro mundo que cada uno puede leer hoy en su propia lengua, como ocurre con las parábolas. Podemos decir que son un lenguaje sacramental. Los Sacramentos son un signo que se hace con elementos y gestos de este mundo (p.ej. bañar con agua, ungir con óleo, etc.) y palabras de este mundo, que se perciben con nuestros sentidos corporales; pero producen en el alma un efecto sobrenatural ya no perceptible por los sentidos corporales, sino por la fe y, por eso, mucho más verdadero, por ejemplo, ser liberado del pecado y hecho hijo de Dios, como ocurre en el Bautismo cristiano.

El hecho de la vida real que Jesús propone en la primera de las parábolas que leemos este domingo es el de un hombre que, arando en un campo, encuentra un tesoro escondido -un cofre lleno de monedas de oro- e inmediatamente siente alegría y ese campo adquiere para él más valor que todo lo que posee. La conclusión de él y de todo el que escucha es la misma: «Por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo». Fue un hallazgo fortuito no esperado, un puro don. Jesús agrega otra parábola semejante, pero diferente, porque se trata de un mercader que anda «buscando» perlas finas, esperando encontrar alguna que le interese para comprarla. Es, sin embargo, fortuito el hallazgo de una perla de un valor tal, que supera todo lo que tiene, hasta el punto de que «va, vende todo lo que tiene y la compra».

El punto de ambas parábolas está en la comparación expresada en la introducción común: «El Reino de los cielos es semejante a...» y, sobre todo, a la conclusión común: «Vende todo lo que tiene y lo compra... la compra». La fe nos concede comprender que lo único a lo cual corresponde el «Reino de los cielos» en esas parábolas es la Persona misma de Jesucristo. Lo declara San Pedro, ciertamente, desatando algo que queda desatado en el cielo (cf. Mt 1619), es decir, que es expresión de la verdad: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). Lo que quiere expresar Pedro es que a ellos se les concedió conocer a Jesús como un don -fue Él quien los llamó- y que ellos, comprendiendo quién era Él, no vacilaron en dejarlo todo para seguirlo. Lo mismo ocurrió a San Pablo: «Lo que era para mí ganancia lo he considerado pérdida para ganar a Jesús» (Fil 3,7-8).

La parábola de la red barredera que atrapa todo tipo de peces, que luego serán divididos en buenos y malos con distinta suerte: -«recogen en cestos los buenos y tiran los malos»- es una segunda revelación del fin: «Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes». La suerte de los justos ya estaba expresada en la parábola de la separación de la cizaña y el trigo: «Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13,43).

La conclusión de este discurso en parábolas es también una parábola, en la cual Jesús pondera el oficio de los escribas, sobre todo, si se trata de uno que, siendo un conocedor de las Escrituras antiguas, se ha hecho «discípulo del Reino de los Cielos», se entiende, de Jesús: «Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». De esta manera el hagiógrafo describe su propio método, que consiste en ubicar a Jesús -lo absolutamente nuevo- como quien, siendo el Salvador prometido por Dios, cumple las profecías antiguas. El método del hagiógrafo, que incluye 65 citaciones explícitas del Antiguo Testamento, está expresado por una sentencia de Jesús que encontramos solamente en su Evangelio: «No piensen ustedes que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. En verdad les digo que el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda» (Mt 5,17-18).

 



« Felipe Bacarreza Rodríguez »