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El inconveniente zurcido

El inconveniente zurcido


Publicación:31-05-2026
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Poesía y prosa poética: 

¡Lecciones de vida!

Olga de León G.

Nací un día cualquiera de octubre, un veinticinco del S. XX, en 1947. Y, aunque ya hace setenta y siete años y siete meses de tal hecho, a mí me parece que fue anteayer, o cuando mucho hace un par de semanas que vi la primera luz de este mundo y esta vida. 

Bendita memoria que vive en dos mundos, el de la realidad profana y prosaica y el de la ficción y la ilusión literaria: mi tiempo no es tu tiempo. Recién concluida la Segunda Guerra mundial; apenas instaurándose la paz en América y el mundo; mucho después del maravilloso sueño de Cervantes, el sueño del Quijote: Sueño dentro de otro sueño, cuando el relato, la narración y el cuento empezaban, así, a darle forma a la novela... 

"Déjame que te cuente un cuento". Y tú, me contarás tu vida en este maravilloso cuento que te relataré. Los niños son la verdad del tiempo y los ancianos su confirmación. Así corre la vida, y el destino nos va dejando sin aliento... y sin vida. A pesar de que yo: "Solo sé que no sé nada", y sabiéndolo, temo olvidarlo pronto y atreverme a vaticinar sobre el futuro: ¡Oh, infortunio el mío!, si tal hiciere y así sucediere.

Vivir parece algo natural y fácil cuando no se sufren enfermedades, ni hay muchos tropiezos en el camino. Pero, eso no es lo de todos.

Mi cuento es un bello poema que me dictó la brisa de primavera y se lo llevó el otoño. Apenas si lo recuerdo en sueños, mientras duermo. Por eso quiero dormir siempre, quiero vivir durmiendo, porque sueño lo que en vida no puedo ni imaginar. Como ahora, que las ideas se me han escapado y no regresan a mí. Será que yo también solo soy el sueño de alguien y en realidad ni existo, ni vivo; pero, tampoco moriré. Suspendido entre cielo, nubes, montañas y suelo, pasa su tiempo mi intangible cuento. Ese que no acabo de empezar a contar, porque: ¿qué cuento?, si no existo, ni vivo, ni sé quién o qué soy.

¿A dónde se fueron mis días, a dónde, las horas y los minutos? Será que solo cuentan los meses y los años... Y, estos desaparecen en cuanto escuchan mi nombre u oyen mis pasos: ¿Quién soy yo? El cuento lo dirá. "Diles que no me maten, le ruega Justino a su hijo, diles que ya estoy muy viejo..." Anda, ve y diles eso... 

"Qué país es este, Agripina" (preguntó el marido a su mujer), tras hallarla hincada y con el más pequeño de sus hijos en brazos, en un jacalón que más que paredes, tenía rendijas por donde el frío viento se colaba. Jacalón que algún día fuera una iglesia. (...) "No hallé nada dónde quedarnos, no hay nada. Así que entré aquí a rezar".  

La miseria, más que pobreza, la ignorancia e ingenuidad de los personajes de Juan Rulfo, tienen el poder de trascender la página e incrustarse en la oscura realidad de un México del centro y sur, que parece no haber desaparecido nunca. Solo está dormido entre llanos, montañas y ríos que atraviesan el país del "nunca jamás", volverás a una vida real y verdadera... Aunque estén enterrados allí mero, en el centro de todo lo más oscuro y duro de este país tan injusto para los pobres y prometedor para los más pudientes, los dueños de todos los cuentos de la vida.

Mi cuento se va quedando en el tintero. La poesía canta en duelo y hace rima con el ritmo de las líneas: "puedo escribir los versos más tristes de mi vida". "El corazón delator" de Poe es un himno a la clarividencia de los muertos que han sido asesinados por locos o pequeños gigantes de la narrativa. Ambos, Edgar Allan Poe y Juan Rulfo fueron y siguen siendo maestros de la prosa y la poesía, cuando escriben prosa poética... Cada cual en su lengua materna.

Y, con modestia sumaria declaro que: Cervantes, contra todo juicio insostenible, insolente y fatuo sobre su autenticidad, es el real redentor de ambos: creador de la novela moderna.

Por fin, me voy acercando a mi identidad y mi credo único e imbatible: Soy una Guardiana de los versos más bellos de la historia y la prosa más poética y hermosa de todos los tiempos y lugares del mundo. Soy ese crisol donde se fragua el destino y se vuelve perene la palabra: créanlo o no, quienes esto están leyendo.

Soy vanidad y modestia; sustancia intangible y etérea; verdad y mentira de la magia de escribir sin ideas, solo con palabras. Esa soy yo: soy mi propia: "Lección de vida".

La alquimia inalcanzable

Carlos A. Ponzio de León

Durante algún tiempo acudí al jardín de niños. Tal vez porque me aburría un poco ahí, fue que mis padres me ingresaron antes de tiempo a la escuela primaria, a los cinco años, y no precisamente cumplidos los seis, como era la costumbre y el reglamento nacional lo requería.

Por aquellos días de verano en que acudía al kínder, (éste se encontraba en la cuadra ubicada a espaldas de mi casa), mi maestra le hacía un gran favor a mi madre, quien daba clases en una universidad privada, (en un edificio en el centro de Monterrey, en la calle de Matamoros). Al terminar las clases en el jardín de niños, la Maestra Paty me llevaba a la universidad de mi Madre. Ahí, yo la esperaba a que terminara sus clases para volver entonces a la casa. Las aburridas a la espera de mi Madre eran enormes.

En cambio, si escapaba del jardín de niños a tiempo, podía ir a buscar a un vecinito, un año menor que yo, con quien podía jugar a las pistolas, subir bardas, jugar a las escondidas. En fin, con él no había aburrimiento. Pero la diversión terminaba cundo la Maestra Paty, una vez que hacía los arreglos finales del día en su jardín de niños y cerraba con llave, pasaba por mí a casa del vecinito, para llevarme a la universidad con mi Madre.

Un día, simplemente decidí esconderme cuando vi venir el auto de la Maestra Paty. Fui a colocarme detrás de unos bloques de ladrillo azul, en un pasillo de la casa de mi vecinito. La Maestra Paty llegó en su auto, hizo sonar el claxon y la madre de mi amiguito salió a ver qué sucedía. "¿Está Carlitos por ahí?". La madre de mi compañero le dijo: "No está", haciendo una seña hacia el lugar donde me escondía. "Bueno, ya me voy", dijo la Maestra Paty. Y ahí me dejó. Yo seguí jugando con mi amigo Alex.

Pronto dejé de ir al jardín de niños. Salía de mi casa rumbo al kínder, pero en lugar de llegar a él, me iba directo a casa de Alex, o casa de Adrián, o a casa de Oscar. Y ahí me pasaba toda la mañana: haciendo lo que me gustaba hacer jugar con mis vecinos.

Supongo que eso contribuyó a que mis Padres hablaran con el director de la escuela primaria que se encontraba cerca de la casa, para que me dejara ingresar a la primaria uno o dos años antes de tiempo. No hubo problema.

Luego, a mitad del segundo año, la escuela les propuso a mis padres adelantarme un año. Ellos no quisieron, tenían sus razones. Por mi parte, a mí me daban miedo los niños de tercero: algunos eran tres años mayor que yo. No es que yo fuera un peleonero, pero había que saberse defender de los compañeros en aquellos tiempos.

Porque efectivamente, alguna vez había tenido que lidiarme a golpes con otro niño. No recuerdo el motivo, pero él estaba muy animado: estudiaba karate y fue él quien me retó: "Te veo a la salida, en el monte de Acueducto", me dijo envalentonado. Todo el salón se enteró. Así es que a la hora de la salida: ahí vamos: Pedrito y yo, y la mitad de la escuela, al monte de Acueducto. Había un buen borlote; los niños querían ver sangre, deseaban que el mole corriera. Yo no usaba lentes aún.

Básicamente, fue un asunto de llegar al lugar, dejar la mochila en la tierra, girar el cuerpo para ubicar al contrincante y bañarlo de chingazos al rostro, uno tras otro, como metralla. No sé si Pedrito estaba esperando golpes de karate de mi parte, pero no los hubo. Esa fue de las pocas peleas en las que me tocó ponerle una chinga fulminante al enemigo.

La pelea se detuvo cuando escuchamos un auto que se estacionó junto al monte: 

Era el padre de Pedrito. Salimos corriendo, como desesperados. Nada más escuchamos a Pedrito gritar, con el rostro ensangrentado: "No corras, cobarde". Detuve mi carrera para responderle: "Mañana le seguimos, sin tu papá".

Al día siguiente, en la escuela, las cosas siguieron con normalidad, como si nada hubiese sucedido. Excepto que Pedrito no volvería a hablarme en los cuatro años de escuela primaria que restaban.

La pelea tuvo un efecto demoledor. Los compañeritos, mayores que yo, me tuvieron respeto. Nunca hubo un asunto de acoso hacia mi persona. 

Ni yo le tenía miedo a nadie: excepto a la Maestra Clara. Una mujer delgada, canosa y a quien alguna vez dibujé en jeans y con pistola al cinto: las maestras se alarmaron con mi dibujo, llamaron a mis padres y otra vez, el asunto no tuvo consecuencias...

 

 



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