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El que venga a mí, no tendrá más hambre

El que venga a mí, no tendrá más hambre


Publicación:01-08-2026
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El Evangelio de Mateo, que estamos leyendo en la Eucaristía dominical durante este año, nos transmite, siguiendo a Marcos, dos instancias en que Jesús se preocupa de dar el alimento natural a la multitud que lo sigue y lo escucha. La primera instancia -multiplicación de los tres panes y cinco peces para 5.000 hombres- la leemos en el Evangelio de este Domingo XVIII del tiempo ordinario y la segunda -multiplicación de siete panes y pocos pececillos para 4.000 hombres- se encuentra en Mt 15,32-38, pero no se lee en la Eucaristía dominical.

En ambas instancias el evangelista debe comenzar explicando por qué Jesús vino a encontrarse en esa situación, a saber, en un lugar solitario rodeado de una multitud de gente que no ha tenido la precaución de proveerse de alimento. Así comienza el Evangelio de este domingo: «Al oírlo, Jesús se retiró de allí en una barca a un lugar desierto, privadamente». ¿Qué es lo que oyó Jesús, que lo llevó a tomar esa decisión? Para responder es necesario remontar más arriba al comienzo del capítulo: «En aquel tiempo (kairós) oyó el tetrarca Herodes lo trascendido sobre Jesús y dijo a sus siervos: "Este es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos y por eso obran en él los milagros"» (Mt 14,1-2). Esta mención de Herodes y de Juan el Bautista, muerto anteriormente, da al evangelista ocasión para abrir un paréntesis y relatar en qué circunstancias murió el profeta. La cabeza de Juan el Bautista, presentada en una bandeja, fue la recompensa de Herodes por un baile, con ocasión de su cumpleaños, a la hija de su conviviente Herodías. La conclusión del truculento relato cierra el paréntesis: «Viniendo sus discípulos (los de Juan), tomaron el cadáver y lo sepultaron» (Mt 14,12). Aquí era necesario cerrar el versículo, porque ha terminado el paréntesis sobre ese hecho pasado y se vuelve al presente de Herodes y su opinión sobre Jesús. En un versículo siguiente (un punto aparte) debía continuar: «Fueron a informar a Jesús» (se entiende esta vez «los discípulos de Jesús») y la información que le traen es que Herodes está curioso sobre Él. Como reacción a esto el evangelista sigue: «Al oírlo, Jesús se retiró de allí en una barca a un lugar desierto, privadamente».

¿Por qué se evade Jesús, si Él vino a entregar su vida en redención de muchos (cf. Mt 20,28)? A Juan le costó la vida recordarle a Herodes la Ley de Dios diciendole: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (cf. Mt 14,3-4). En el cumplimiento de este mismo mandamiento Jesús era mucho más radical que Juan, como lo ha enseñado ya en el Sermón de la montaña: «Ustedes han oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Yo les digo: "Todo el que mira a una mujer deseandola, ya cometió adulterio con ella en su corazón"» (Mt 5,27-28). En la región de Galilea Herodes Antipas (hijo del que mandó matar a los niños inocentes) tenía poder de vida y muerte sobre sus súbditos, a diferencia de la región de Judea, que había sido sustraída por Roma al gobierno judío y encomendada un procurador romano, el cual tenía el llamado «ius gladii» (poder de dar la muerte; cf. Jn 18,31). Jesús no podía exponerse a morir en ese momento, porque aún no había llegado su hora y Él no podía morir fuera de Jerusalén. Lucas nos transmite la palabra que Jesús manda decir a Herodes, cuando lo informan de que Herodes lo busca para matarlo: «Vayan a decir a ese zorro: "Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén"». (Lc 13,32-33).

Ya ha explicado Mateo por qué Jesús se retira solo a un lugar desierto. Más fácil es explicar por qué se encuentra en ese lugar rodeado de una multitud: «Cuando lo oyeron las multitudes, lo siguieron a pie desde las ciudades. Al desembarcar, vio una gran multitud, se compadeció de ellos y curó a sus enfermos». El evangelista ya ha presentado esa escena en otras ocasiones (cf. Mt 4,23-25; 8,1.16-18; 9,36; 13,1; passim).

Podemos imaginar a Jesús, después de curar los enfermos, enseñandoles muchas cosas y a la gente, despreocupada del alimento natural, atentos a su palabra. Les está dando lo que se define como «cibus cibo melior» (un alimento mejor que el alimento). Pero los discípulos, como quienes tienen los pies en la tierra (y no en el cielo), a modo de personas más prudentes, quieren que Jesús caiga en la cuenta diciendole, como si Él no lo supiera: «El lugar es desierto, y la hora es ya pasada». Y se permiten sacar ellos mismos la conclusión: «Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida».

Jesús, en cambio, como quien tiene la situación bajo control, deja a los discípulos desconcertados con su respuesta: «No tienen necesidad de marcharse; denles ustedes mismos de comer». Ellos insisten en la imposibilidad de hacerlo diciendole: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Esto habría sido suficiente para convencer a cualquiera de que ellos tienen razón; pero no a Jesús, que les dice: «Traiganmelos aquí». Cuando lo hicieron, Jesús ordenó a la multitud recostarse sobre la hierba (que es la postura que se adoptaba sobre tapetes para comer en ese tiempo) y «tomando los cinco panes y los dos peces, mirando hacia el cielo, bendijo y partiendolos dio a los discípulos los panes y los discípulos a la multitud». Observamos que, después de bendecir, el gesto de partir y dar de comer se refiere solamente a los panes y ya no se mencionan los peces. Para que quede clara la abundancia de ese pan provisto por Jesús el episodio concluye: «Comieron todos y se saciaron y recogieron de los trozos que sobraron doce canastos llenos». Para poder dimensionar mejor el milagro se aclara: «Los que comieron eran unos cinco mil hombres, fuera de las mujeres y niños».

El milagro de la multiplicación de los panes, que es el único que se encuentra en los cuatro Evangelios, tiene una doble referencia, una al pasado y otra al futuro. Imposible no relacionar el hecho con el pan con que Dios alimentó a su pueblo durante cuarenta años en el desierto, que quedó tan fijo en la memoria que se cantaba en el culto con expresiones de gran admiración: El Señor «hizo llover sobre ellos maná para comer, les dio el trigo de los cielos; pan de fuertes comió el hombre, les mandó provisión hasta la saciedad» (Sal 78,24-25). Y, en tiempos ya cercanos a Jesús, reflexionando sobre la historia de Israel, se referían a ese alimento en términos que, en realidad, son el anuncio de algo aún mayor: «A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles; les suministraste, sin cesar desde el cielo, un pan ya preparado que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos. El sustento que les dabas revelaba tu dulzura con tus hijos pues, adaptandose al deseo del que lo tomaba, se transformaba en lo que cada uno quería» (Sabiduría 16,20-21).

Por otro lado, también es el anuncio de un pan futuro, del cual Jesús dice: «Yo soy el pan bajado del cielo... no como el maná, que quienes lo comieron murieron... El que coma de este pan vivirá para siempre...» (cf. Jn 6,49-51). Este es el pan que, en obediencia al mandato de Jesús, dan de comer hoy a la multitud de los fieles los sacerdotes, que han recibido el poder de pronunciar «en la Persona de Cristo» las palabras eficientes -realizan lo que significan- sobre el pan y el vino: «Tomen y coman todos de él... Esto es mi Cuerpo... Tomen y beban todos de él... Este es el cáliz de mi Sangre...». Este es el alimento verdadero que sacia todo deseo. Con razón, dijo Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906) en el día de su Primera Comunión a quien le ofrecía de comer estas palabras: «Ya no tengo hambre; Jesús me ha saciado». La saciedad que sintieron los que comieron el pan multiplicado por Jesús iba a durar hasta la próxima comida. En cambio, de este pan que se nos da hoy y se nos dará hasta el fin de los tiempos dice Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá más hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed» (Jn 6,35).

 



« Felipe Bacarreza Rodríguez »