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La mies es mucha y los obreros pocos

La mies es mucha y los obreros pocos


Publicación:13-06-2026
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En este Domingo XI retomamos el tiempo litúrgico ordinario, que habíamos dejado después del Domingo VI para comenzar la Cuaresma, seguida del tiempo de Pascua hasta Pentecostés y luego las Solemnidades de la Santísima Trinidad y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Retomamos también la lectura del Evangelio según San Mateo, que habíamos dejado en medio del Sermón de la montaña en 5,37.

El evangelista concluye el «Sermón de la montaña» (Mt 5,1-7,29) anotando la reacción general de la multitud que se había reunido para escuchar a Jesús: «Cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29). Conviene, entonces, que en nuestra oración personal completemos la lectura de ese Sermón, que concentra lo más fundamental de la enseñanza de Jesús.

Después del Sermón de la Montaña, el Evangelio según San Mateo sigue con una sección narrativa, donde se trata de dejar claro el poder de Jesús. El lector había quedado esperando esos relatos, después de un anuncio precedente: «Jesús recorría Jesús toda Galilea... proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo... le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó» (Cf. Mt 4,23-24).

En esta sección narrativa (Mt 8,2-9,34) se nos relata, entonces, la purificación de un leproso, la curación de la parálisis del siervo del centurión con sólo decirlo Jesús de palabra, la sanación de la fiebre de la suegra de Pedro, la tempestad calmada en el Mar de Galilea, la liberación de los dos endemoniados gadarenos de la posesión de una legión de demonios y -el punto máximo, que no tiene precedente en toda la Escritura- el perdón de los pecados a un paralítico que le traen acostado en una camilla, de manera que «al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres» (Mt 9,8), en realidad, hasta entonces, solamente a Jesús. Sigue, más adelante, la resurrección de la hija de un magistrado judío, la salvación de la mujer que sufría flujo de sangre, la apertura de los ojos de dos ciegos y, por último, la liberación de un endemoniado mudo que rompió a hablar. Ante este poder de expulsar demonios, «la gente, admirada, decía: "Jamás se vio cosa igual en Israel"» (Mt 8,33). Es verdad, no se ve en ningún sacerdote ni profeta ni rey en todo el A.T. Los fariseos tenían una interpretación distinta, completamente errada, de ese poder nunca visto en otro: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios» (Mt 8,34). Ellos, que supuestamente tenían más instrucción que el pueblo, debieron haber reconocido que se estaba cumpliendo la sentencia de Dios contra la serpiente antigua: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta (la descendencia de la mujer) te pisoteará la cabeza...» (Gen 3,15). Esta sección narrativa concluye con un nuevo sumario: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y sanando todo enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35).

Aquí comienza el Evangelio de este domingo. Comienza con la introducción al segundo discurso de Jesús en el Evangelio de Mateo, el así llamado «discurso apostólico», donde el evangelista reúne el material relativo a la misión. Este discurso está motivado por la compasión de Jesús al contemplar la situación de abandono y abatimiento de la gente: «Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor». Esta era la situación, no sólo de esa multitud allí presente, sino también de toda la humanidad, cuyo mayor mal era el desconocimiento de la Verdad respecto de Dios, del ser humano y de toda la creación. Es el mal que sufre la humanidad también hoy, que sugiere a Jesús esa comparación: «Están como ovejas que no tienen pastor». También, y con mayor razón, rige para este tiempo nuestro el diagnóstico de Jesús: «La mies es mucha y los obreros pocos». Según estimaciones, ciertamente aproximativas, la población del mundo en el tiempo de Jesús estaba entre 200 y 300 millones. Esa población es hoy de 8.300 millones, sin contar que cada 100 años se renuevan todos. Y Jesús es el Salvador de todos. Ante este panorama, los obreros que anuncien el Evangelio y provean los medios de salvación son muy pocos. Rige más que nunca hoy su única recomendación: «Rueguen el Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».

Hasta este punto el evangelista nos ha narrado la llamada de Simón Pedro y su hermano Andrés, de Santiago y su hermano Juan y de Mateo (que en los Evangelios de Marcos y Lucas se llama Leví). Pero da por conocido el grupo de los doce y, además, antes de ser enviados los llama ya «apóstoles» (que significa enviados): «Y llamando a sus doce discípulos... Los nombres de los doce Apóstoles son estos...». Cuando se escribió el Evangelio de Mateo, el material evangélico se transmitía en forma oral desde hacía al menos 50 años y, además, ya existía el Evangelio de Marcos. Es claro que el grupo de los Doce, sobre los cuales Jesús fundó su Iglesia, era ampliamente conocido en la comunidad cristiana. En todo caso, aquí el evangelista dice: «Llamandolos», que es el verbo de toda vocación cristiana.

Ese poder, que ya hemos visto actuando solamente en Jesús, lo transmite ahora a esos Doce para el envío que les formulará: «Les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia». Les da los poderes que Él tenía, excepto el de perdonar pecados, que les concederá después de su resurrección, cuando les comunicó el Espíritu Santo y les dijo: «A quienes ustedes perdonen los pecados les quedan perdonados...» (Jn 20,23). El que perdona los pecados es siempre Dios, porque Él es el ofendido con el pecado, y porque el que ofreció satisfacción por el pecado fue Jesús con su muerte en la cruz; pero dio a los Doce el poder de administrar ese perdón. Es un acto admirable de la misericordia de Dios, que no terminamos de apreciar y agradecer.

El evangelista nos da, a continuación, los nombres de esos Doce, que fueron los testigos de Cristo con su sangre y que hoy la Iglesia venera como sus columnas (cf. Apoc 21,14). Y agrega la explicación de su nombre de «apóstoles»: «A estos doce envió Jesús...». («Enviar» se dice en griego: «apostello»). Siendo Mateo el más universalista de los evangelistas, es claro que esta primera misión es limitada: «No tomen camino de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos; dirijanse más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Jesús se refiere a esos mismos que antes le parecían como «ovejas sin pastor» y ahora llama «ovejas perdidas». No había llegado todavía el momento de extender el envío a toda la humanidad. Es porque, en vida suya, Jesús fue fiel a las promesas de Dios de enviar a Israel un «Ungido» (Cristo), hijo de David. Así lo dice a la mujer cananea de la región de Tiro y Sidón: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). Aunque no fue rígido y, precisamente, concede a la mujer la gracia que pedía, a saber, liberar a su hija de la posesión de un demonio (cf. Mt 15,21-28).

Este primer envío limitado a Israel, que consistió en anunciar la cercanía del Reino, es decir, del paso de Jesús por esos pueblos y ciudades de la Galilea y del camino a Jerusalén, se extendió a toda la humanidad, quedando la misión universal encomendada a los mismos Doce (Once, en realidad) como la conclusión de todo el Evangelio de Mateo: «Vayan y hagan discípulos a todas las gentes bautizandolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñandoles a guardar todo lo que Yo les he mandado. Y he aquí que Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,19-20). Esta misión se dirige hoy a nosotros y esas naciones, que entonces se veían lejanas, somos ahora nosotros; en medio de nosotros están hoy los que no conocen a Cristo y deben ser hechos sus discípulos: ¡La mies es mucha y los obreros pocos!

 



« Felipe Bacarreza Rodríguez »
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