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La sinvergüenza razón

Publicación:03-05-2026
TEMA: #Agora
Sesenta años educando e instruyendo jóvenes universitarios, despertando en ellos el amor por los libros
Hoy, entre el uno y el tres...
Olga de León G.
Hubo una época, un período más o menos largo de mi vida, en la que el tiempo tuvo un significado real e inmediato: sabía qué día era el que vivía, el anterior y el siguiente: sin que eso tuviera mayor importancia. Me parece que fue la época de la juventud y la edad adulta, hasta algunos años antes de que yo cumpliera cincuenta (nací el 25 de Oct., de 1947).
En mi época de escuela y universidad, el tiempo no era problema, vivíamos con mucha claridad y no teníamos que recordar cuándo eran los días feriados o las fechas conmemorativas y de asueto.
Eso cambió cuando a cierto Presidente (Carlos Salinas) se le ocurrió empatar fechas con EUA, debido al TLC o ingreso comercial de nuestra nación al Libre comercio con EUA y Canadá: algunos creyeron en las promesas de expectativas y augurios fantásticas para México. Entre esos crédulos, obviamente, nunca estuvieron los hombres del campo, ni los pequeños empresarios, ni los mejores profesionales que sabían de las reales intenciones del tratado: someter las voluntades, imponer los aranceles y apoderarse de las pequeñas y medianas propiedades de muchos mexicanos. Recordar no siempre es gratificante, a veces es doloroso. Lo cierto es que siempre el tiburón se come a los peces pequeños. Y que el poderoso impone las reglas; como sucede con los trabajadores al jubilarse: (triste y absurdamente, nosotros nunca tenemos la razón). Ni siquiera, aunque nos hayan asegurado que sería de otra forma; finalmente, salimos perdiendo: La gente no respeta ni su propia palabra. Cómo desearía que rectificaran y me dijeran que lo que ya firmé, se arreglará, y no es un: ¡sueño de ingenua trabajadora! Casi 33 años, reducidos a 25. La magia de los dueños del poder y del capital, ¡al sustraerme 7 años!
Escribo hoy, primero del mes de mayo de 2026, para que lo que de aquí surja, se publique el domingo tres de mayo, recordando el primero de mayo, como el "Día del trabajo".
Sesenta años educando e instruyendo jóvenes universitarios, despertando en ellos el amor por los libros, particularmente por la lectura literaria y la de divulgación científica, se dice rápido... pero es un esfuerzo que se realiza con mucho amor y empeño. Alguien me dijo un día que debía convencer a mis alumnos de que las materias que yo les compartía eran las más importantes de su carrera y de su vida... Que todo gran economista (para entonces, yo ya daba clases solo en la Facultad de Economía), había llegado a serlo porque dominaba su lengua: sabía leer y escribir excelentemente, por ejemplo: Adam Smith. No sé cuantos me habrán creído, pero quienes lo hicieron, estoy segura de que hoy me lo agradecen.
Nunca fui una maestra facilitadora de calificaciones regaladas, quienes tomaron clase conmigo pueden estar orgullosos tanto de su 70 (el pase), como de sus 80, 90 0 100: ellos los obtuvieron con su esfuerzo y estudio.
Pienso, y así lo expresé en cada nuevo semestre, que fui muy afortunada, pues por lo general me tocaron siempre: los mejores alumnos y grupos (un poco de ilusión y buenas intenciones, siempre ayudan).
Estoy consciente de que no pude ser la maestra ideal ni adorable para todos. Seguramente algunos no me recordarán con mucho agrado ni gratitud. Lo sé y supongo que así fue en muchos casos. Pues, no todos entendían mi estilo ni sabían que usar la ironía era una estrategia solo para inteligentes, como siempre consideré a todos mis alumnos.
En fin, he llegado al final de mi jornada, con la frente en alto y sabiendo que atravesé por caminos sinuosos, aunque quienes así me los proyectaron, con la intensión de que me cayera, no lograron su cometido... Supe sortear obstáculos y trampas... Mi finalidad era terminar como me lo prometieron, como me lo dijo la Directora de Laboral: Pensión vitalicia (acabé un poco aporreada) y 100 % de mi salario de medio tiempo, ya que es bastante modesto: El sueño corregido, de esta orgullosamente universitaria de profesión y Maestra universitaria.
El período de agosto de 1993 a marzo 13 de 2026 no puede ser borrado, cambiado ni desaparecido, entre esos extremos se escribió mi historia docente y laboral, en la Facultad de Economía. Pero, me inicié como profesora universitaria en una escuela privada, recién abierta como universidad, en septiembre de 1966: 60 años de docente.
El epigrama bordado
Carlos A. Ponzio de León
En una galaxia muy, muy lejana, había un planeta llamado Portal, donde sus habitantes habían convocado a sus Consejeros Transdisciplinarios para la construcción de un Nuevo Orden Político Mundial. El Antiguo Orden había quedado obsoleto. Los líderes encargados de maniobrar el Mundo durante los últimos treinta y cuatro años renegaron finalmente de su liderazgo y en cuestión de siete meses y diecinueve días, perdieron, de facto, su liderazgo. El Mundo quiso ser gobernado momentáneamente por la soberbia de egos, por los hacedores de fuego en conflictos armados a los que nadie podía poner fin, por democracias en crisis donde la gente salía a votar por odio, y además había aparecido una nueva inteligencia multidisciplinaria que era venerada como Nuevo Dios. El mundo quedó al borde del colapso comercial por presupuestos gordos como algunos de sus carnosos gobernantes, por políticas proteccionistas y guerras comerciales, y había surgido la multipolaridad; además. el resentimiento de la gente estaba volcado hacia el otro, prevalecía la desconfianza en los organismos internacionales, que al parecer ya no servían para nada.
La sede de Vireón se alzaba como un coloso de cristal líquido y acero orgánico en el corazón de la ciudad flotante de Neotempus. Su estructura parecía desafiar las leyes de la física: torres helicoidales que se entrelazaban como ADN, puentes suspendidos por campos magnéticos, y una cúpula central que pulsaba con luz azulada, alimentada por energía. Las paredes exteriores eran translúcidas, mostrando un juego de luces que reaccionaba al movimiento del sol y a la presencia humana, como si el edificio respirara. En su interior, los pasillos no tenían esquinas; todo era curvo y fluido, diseñado para estimular el pensamiento. En su centro, una sala de deliberación con techo de grafeno inteligente proyectaba constelaciones de datos en tiempo real, mientras el suelo respondía al estado emocional de los presentes con sutiles cambios de textura.
Los Consejeros Transdisciplinarios descendieron de sus cápsulas gravitacionales con una solemnidad casi ritual. Vestían la nueva moda diplomática del ciclo 5: túnicas de polímero biolumínico que cambiaban de color según el tono de la conversación, combinadas con capas cortas de tejido memético que mostraban símbolos culturales de cada región representada. Sus rostros estaban cubiertos por visores de pensamiento, dispositivos que permitían compartir ideas complejas, proyectando imágenes mentales sobre pantallas que eran hologramas. Cada paso que daban resonaba con un eco suave. Eran portadores de paradigmas y Vireón los recibió con reverencia, expectación y la promesa de un nuevo comienzo. Todos ellos se reunieron a discutir en círculo: sillas ordenadas alrededor de un radio perfecto.
La sesión comenzó con los problemas que enfrentaban los principales protagonistas en la deliberación. Cada uno necesitaba seguridad en la esfera militar, política y económica. Posteriormente, en la Cúpula de las Esferas Transparentes, los Consejeros Transdisciplinarios, presentaron su manifiesto para un nuevo orden mundial. Propusieron una economía simbiótica basada en el principio de reciprocidad y justicia ecológica, donde cada transacción debía dejar una huella regenerativa. Las ciudades se rediseñarían como organismos vivos, con una arquitectura que respira, recicla y dialoga con el entorno. La educación sería translingüística, transhistórica y transdisciplinaria: cada niño aprendería a leer el viento, a descifrar ecuaciones como metáforas, y a narrar su genealogía en clave de coral.
En lugar de tratados diplomáticos, se instaurarían Pactos de Imaginación Compartida, donde las naciones se comprometerían a sostener visiones colectivas del futuro, evaluadas por su belleza, viabilidad y justicia. Los Consejeros propusieron que los algoritmos globales fueran auditados por asambleas de soñadores y que la inteligencia artificial no decidiría cosas vitales para la Humanidad Universal. El tiempo sería reconfigurado: los calendarios incluirán estaciones emocionales y días dedicados a la reparación simbólica. En este mundo futurista, gobernar no sería solo administrar recursos, sino custodiar significados. El planeta, por fin, sería tratado como un poema inacabado que todos tienen derecho a escribir e interpretar.
La propuesta llegó a oídos de Tanthos, el último cartógrafo de realidades discontinuas, quien vivía en una torre suspendida entre dos husos horarios. Al leer el manifiesto de los Consejeros Transdisciplinarios, Tanthos convocó a su Consejo de Sombras Rápidas, compuesto por archivistas de sueños olvidados y traductores de lenguajes extintos. Con voz de eco mineral, declaró que el nuevo orden debía incluir una nueva cartografía: mapas que no trazaran territorios, sino intensidades, memorias y heridas colectivas. Los océanos se convertirían en bibliotecas líquidas y los desiertos en laboratorios de silencio. Tanthos, con su piedra de obsidiana, comenzó a dibujar el primer Atlas de la Reparación y condujo a Portal para el inicio de la reparación de los elementos del Modelo Antiguo que habían fracasado en su totalidad.
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