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Los campos de Atlixco, Puebla, se visten de naranja y púrpura

Los campos de Atlixco, Puebla, se visten de naranja y púrpura


Publicación:01-11-2026
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El trabajo de estas familias sostiene una tradición que va más allá de lo ornamental.

ATLIXCO, Pue.- Puebla vuelve a perfilarse como el corazón de la producción de cempasúchil en México. Con campos teñidos de naranja intenso y tonos púrpura de terciopelo, cientos de productores poblanos comenzaron la cosecha de las flores que llegarán a hogares, panteones y altares de distintas regiones del país para acompañar las celebraciones de Día de Muertos.
En la colonia Valle Sur, en Atlixco, el aroma de la tierra y los colores de los sembradíos anuncian que la temporada más importante para los floricultores ha comenzado. Antes de que salga el sol, cuando todavía permanece el frío de la madrugada, hombres y mujeres se internan entre los surcos para cortar las flores que durante meses cuidaron con la esperanza de obtener una buena cosecha.
El trabajo de estas familias sostiene una tradición que va más allá de lo ornamental. Cada ramo de cempasúchil representa el vínculo con quienes ya no están, mientras que la flor de terciopelo, con sus característicos tonos vino y morado, completa la imagen de los altares mexicanos.
De acuerdo con cifras de referencia del sector agrícola, Puebla ocupa el primer lugar nacional en producción de cempasúchil, con una participación superior a 60% del volumen del país. En el estado se destinan entre 900 y mil hectáreas a su cultivo, con una producción que supera las 9 mil 600 toneladas de flor de corte y alcanza alrededor de 2.5 millones de macetas. La actividad se concentra principalmente en la región de Atlixco y en municipios como Huaquechula, Izúcar de Matamoros, Tochimilco y Tehuacán, donde la floricultura representa la fuente de ingresos de numerosas familias.

El trabajo comienza antes del amanecer
En los campos de Atlixco, la jornada inicia entre las cinco y las seis de la mañana. Los productores cortan las flores, las reúnen en rollos y las preparan para trasladarlas. El ritmo de trabajo depende de la demanda y de la cantidad de pedidos, por lo que la actividad puede prolongarse hasta que el último camión queda cargado.
El corte comenzó oficialmente entre el 26 y el 27 de octubre, de acuerdo con las fechas reportadas por los productores, y se espera que concluya alrededor del día 30, cuando buena parte de la cosecha deberá estar lista para su distribución.
Sin embargo, la temporada no se prepara en unos cuantos días. Desde junio, los floricultores trabajan la tierra y siembran las semillas; después, cuidan los cultivos hasta que las flores alcanzan las condiciones necesarias para ser comercializadas.
Este año, el clima dio un respiro a los productores. A diferencia de la temporada anterior, las lluvias no ocasionaron daños importantes en los sembradíos, lo que permitió conservar buena parte de la producción y mantener los precios estables, con ligeras disminuciones en algunos casos.

Una cosecha que también da sustento
La venta de flores se mide, en buena parte, por "maletas", como se conoce a los rollos que se acomodan y transportan en los camiones. Cada una tiene un precio aproximado de entre 100 y 140 pesos, dependiendo de su tamaño y peso.
Para sacar adelante la cosecha, los productores contratan trabajadores que participan en el corte y la preparación de los cargamentos. Algunos reciben 26 pesos por cada rollo elaborado, y quienes trabajan por jornada pueden percibir alrededor de 300 pesos diarios, según el acuerdo de contratación.
La producción de temporada genera una derrama económica estimada en más de 100 millones de pesos para Puebla, además de impulsar el transporte, la comercialización y las actividades de los mercados donde distribuyen la flor.
Una vez listas, las cargas salen de Atlixco hacia distintos puntos del estado y otras entidades de la República Mexicana. Su destino son los comerciantes que, en vísperas del 1 y 2 de noviembre, abastecen a las familias que buscan cumplir con la tradición de adornar sus ofrendas.
Así, entre machetes, manos teñidas por la tierra y jornadas que comienzan cuando todavía reina la oscuridad, los floricultores poblanos mantienen viva una de las estampas más representativas de estas fechas.
Mientras los camiones abandonan los campos cargados de naranja y terciopelo, Atlixco se convierte en punto de partida de una tradición que recorrerá caminos y ciudades. Detrás de cada flor hay meses de paciencia, trabajo y esperanza; detrás de cada altar, el recuerdo de quienes regresan simbólicamente al hogar, guiados por los colores de una cosecha que vuelve a florecer en Puebla.


« El Universal »