Cultural Singularidades
¡Mi mundo se va despoblando!

Publicación:12-09-2026
La experiencia de una mujer mayor que enfrenta sola sus consultas médicas da pie a una reflexión sobre la vejez, la familia, la soledad
Hace unos días estando en consulta con una doctora, Médica Internista o Geriatra, por ser la primera cita con ella, inicia con algunas preguntas generales; la primera fue sobre cuál era mi nombre completo y enseguida, mi edad; luego, la razón de mi cita. Aquí, le expliqué que no la solicité yo, sino la Ginecóloga del Hospital Universitario que veía mi caso sobre posible operación -primero una biopsia, creo-; y ella debía revisar todo lo que ya había hecho: Laboratorios, otras citas, etc.
La pregunta que más me inquietó, fue sobre con quién venía, o si andaba sola. Le dije que sola. ¿Por qué?, me contestó. Debe venir acompañada de alguien. Le dije que no había tenido, ni tendré (algunas veces), quién pueda acompañarme. Mi hija vive en Guadalajara, y mi hijo, que es quien se preocupa por mí, pues dejó la Ciudad de México para venir a acompañarme, no le fue posible venir ese día.
La doctora, preocupada por el bienestar de sus pacientes, insiste: ¿algún vecino o vecina o alguna amiga? Me sonrío. ¿Amigas? ¿A cuál molesto?, todas son más o menos de mi misma edad... No, no puedo imponerles un favor de este tamaño, ni a mi hija, que vive en Guadalajara. Ni modo, así me ha tocado. Al menos, puedo caminar, con un poquito de dificultad a ratos, o con algo de dolores y cansancio, si la distancia es mayor a una cuadra y si tengo que dar más de una vuelta.
Entonces, a raíz del cuestionamiento de la doctora, me pregunté: ¿cuántas mujeres estarán como yo, en mi caso?, sin quién pueda llevarlas a sus consultas o exámenes. La respuesta es deducible por mera suposición o como adivinanza: algunas o, ¿muchas?
Lo cierto es que el promedio de vida se ha estado superando, ya pasa de los setenta y cinco u ochenta años. Sin embargo, no todos tienen la suerte de llegar a esas edades con relativa salud, como para seguir en este mundo después de los noventa o noventa y cinco años. Y, no obstante, mi mundo personal, el que se compone de mi familia y amistades, cada día se vuelve más pequeño... Nos vamos quedando solos. Pero la familia sigue allí, solo que la mayoría vive en otras ciudades y hasta en otros países, como Estados Unidos y Canadá; pero seguimos con vida los seis hermanos: un gran logro y una dicha enorme.
Pero, si se está despoblando, desde el momento en que se están muriendo amigos, exalumnos y conocidos, diez o más años menores que yo. ¿Por qué? Será: ¿debido a su genética, a la mala o deficiente alimentación que tuvieron desde niños, a los malos hábitos que algunos desarrollaron desde su adolescencia o juventud? No lo sé. Por mi parte, puedo decir que, si algo tuvimos muy bien cuidada y proveída fue la alimentación del cuerpo y la del espíritu o mente. Nuestros padres siempre priorizaron lo que entraba por nuestra boca y nuestros ojos. Quizá ponían mucha atención en ello, porque se les murió la primera hijita de un mal intestinal, que siempre creyeron que pudieron evitarlo, si la hubiesen atendido más a tiempo. Fue una hermanita que murió cuatro meses antes de que yo naciera, cuando pronto ella cumpliría dos años. Igual nos atendían llevándonos al médico ante cualquier síntoma... y las vacunas, ninguna nos faltaba.
En realidad, ahora entiendo que tener un hijo no es cosa de suerte, capricho o accidente. Todo mundo debía pensar muy bien, antes de pretender traer un ser más al mundo, en todo lo que necesitará ese nuevo ser, ¡además de mucho amor! Pero, no se angustien los muy jóvenes, todos vamos aprendiendo sobre la marcha, solo tenemos que estar muy seguros de que iremos por el camino correcto, el camino de la vida, la salud y la paz.
Siento que mi mundo personal, el mundo que me circunscribe a un lugar, tiempo y espacio determinados, se esté despoblando, porque nosotros nos quedamos aquí desde hace más de cincuenta años. Y, los vecinos originales y primeros, los de al lado, se mudaron... Luego, los que compraron, ya se cambiaron o fallecieron. Y a los de enfrente del parque poco los frecuenté. Salvo unos excelentes vecinos que se cambiaron como tres o cuatro cuadras más hacia el norte. Y la casa se la dejaron al hijo, quien vive allí con su esposa e hijitos. Por los demás, nada puedo decir, porque nada sé, nunca intimé con ellos. Ni con nadie más. Mi vida se circunscribió a mi trabajo de profesora universitaria y mi hogar.
La vida parece que no se detiene, ya para nadie, sigue su curso. Nosotros somos los que nos vamos quedando, o nos vamos yendo. Pronto estaremos festejando un año más de la Independencia mexicana y un aniversario más de la partida de nuestro padre (16 de septiembre de 1970).
« Olga de León »




