Cultural Singularidades
Mirando las ventanas de enfrente...

Publicación:07-11-2026
Una mujer convierte la observación de sus vecinos en historias de ficción, hasta que un inesperado robo revela que la realidad puede superar a la imaginación.
Habían comisionado a mi esposo para que designara, de entre los miembros de La Liga de Vecinos Honestos, a un mini comité de vigilancia que se encargaría de estar atentos a cualquier cosa extraña que hicieran algunos habitantes de nuestra colonia -o cualquier visitante que llegara de otra parte-, despertando con ello sospechas sobre su conducta. Todo eso lo motivaron los frecuentes chismes, habladurías y robos que estábamos sufriendo desde hacía poco más de tres meses.
Al principio, no estuve de acuerdo con tal política, que me pareció denigrante para ambos lados: los observadores o vigilantes y los susceptibles responsables o culpables de hacer, no sé -bien a bien- qué: ¿entrometerse o infiltrarse en las casas ajenas?
A partir de entonces, me nació el gusto por observar a los demás cuando no se daban cuenta, desde lejos. El edificio que estaba frente a nuestro "porche" permitía que pudiéramos ver por sus ventanas altas, mismas que siempre mantenían con las cortinas o persianas abiertas. Había en cada piso seis ventanales, a cuyos inquilinos les gustaba dejar descorridas las persianas y abiertas las cortinas de encaje o tul blanco o beige. Yo no pertenecía al grupo de los vigías, pero gustaba de sentarme en el porche y me ponía a inventar qué estarían diciéndose. Así empecé a escribir ficción, historias sobre la vida que les inventaba, ayudada por sus movimientos.
Tras una de esas ventanas había una pareja de adultos de mediana edad que siempre parecían estar en paz, platicando o contándose mutuamente lo que les había sucedido en sus respectivos trabajos. Nunca se enojaban ni se gritaban. Pero, tampoco se abrazaban ni se mostraban alegres. Era como si solo vivieran dejando correr el tiempo, y este siempre era el mismo. No creo que fueran muy cariñosos entre sí, salvo cuando se daban cuenta de que yo pudiera estar viéndolos: es decir, ellos sí veían hacia afuera.
Hasta que un día, la mujer levantó su brazo derecho e indicó con mucha claridad que me había visto: entonces corría a abrazar al hombre que estaba con ella, pero que no era su esposo. Su esposo estaba trabajando. Le había avisado que él no iría a su casa esa tarde ni en la noche; el marido le advirtió que tuviera cuidado y que cerrara las cortinas, ya que él estaría fuera de la ciudad, por dos o tres días. Yo tuve un par de días y noches muy ocupadas y divertidas, inventaba historias diferentes, sobre esa pareja que no eran esposos, pero que actuaban como si lo fueran.
Las historias me rebasaron más rápido de lo que esperaba, no me daba abasto con mis ficciones ni con la imaginación, la vida en cada uno de los seis departamentos que tenía frente a mí corría más aprisa de lo que se movían las nubes, a pesar de que no puedo negar que hubo días muy aburridos, porque nadie hacía nada: solo leían algún libro o se entretenían arreglando la mesa del comedor, o acomodando los cojines que estaban sobre los sillones en la sala. Una que otra ocasión, acudía uno de ellos a contestar el teléfono. Y si era la mujer, tenía tiempo para inventar una historia en derredor de lo que yo suponía que hablaban: las mujeres solemos ser, ¡excelentes charladoras!
De noche, cierto día, hubo mucho movimiento en la calle. Había sucedido un accidente y se reunieron abajo varios vecinos que acudieron a ver qué había pasado. En ese momento, las ventanas enmudecían, era como si la vida se hubiese escapado: ¡y no!, solo se presentaba una pausa. Ese día, el accidente de un trío de automóviles que quisieron ganarle el paso al otro... y, ¡al tren!, causó un gran alboroto; ya empezaba a anochecer, y arriba, tras las ventanas abiertas y con las luces encendidas, pude percibir a tres figuras, varones, que se movían con agilidad y rapidez: estaban saqueando las viviendas...
Aquella tarde-noche sucedió el mayor robo de la historia en esos seis departamentos. Nadie se enteró del hurto, hasta que cada inquilino volvió a su casa, y lo primero que notaron fueron las luces apagadas y las cortinas o persianas cerradas: los que ahí vivían jamás cerraban ni cortinas ni persianas.
Desafortunadamente, yo no vi nada: las persianas y cortinas cerradas y la luz apagada, me lo impidieron.
Pienso que muy pocos podrían imaginar todo lo que los movimientos corporales pueden decir al observador que los mira a la distancia, cada día. Y, si no hay gente tras las ventanas: no hay vida: ¡al menos, no, en apariencia! He aquí, como es que me convertí en cuentista. Inventando historias, incluyendo esta que he tenido el gusto de contarles hoy... Misma, que sé que algunos de ustedes, mis fieles y amados lectores, pensarán que es un trozo de mi propia vida. Nada más fuera de la verdad: yo no vivo en ninguno de esos departamentos, ni tengo ventanas con cortinas o persianas abiertas: ¡vivo en vuestra imaginación!
« Olga de León G. »




