Cultural Singularidades
Mujer, ¡grande es tu fe! Que te suceda como deseas

Publicación:15-08-2026
TEMA: #Evangelio
El Evangelio de este Domingo XX del tiempo ordinario es lo que en los estudios bíblicos se llama una «perícopa», es decir, una unidad que, separada del conjunto, tiene sentido completo; en efecto, «peri-copto» significa «corto en torno, recorto», como cuando de la foto de un grupo se recorta una persona. La perícopa comienza con una frase que no tiene relación con lo anterior: «Y, saliendo de allí, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón»; pero nadie se pregunta de dónde salió, porque la atención del lector está captada por el lugar hacia dónde se retiró. Es el único viaje de Jesús fuera de los límites de Israel. Y no es porque en ese tiempo se viajara poco; basta considerar el caso de San Pablo. Es por lo que Él mismo declara: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel».
Tiro y Sidón son ciudades del actual Líbano, en la costa del Mar Mediterráneo que distan respectivamente 35 y 50 km del límite norte de la Galilea del tiempo de Jesús. ¡No fue un gran viaje de Jesús fuera de Israel! Observamos que Jesús se define como un «enviado», se entiende por Dios, que es quien crea a todo ser humano y define su misión en este mundo. Lo que corresponde a cada uno es descubrir esa misión y cumplirla fielmente; es lo que suele llamarse la «vocación». ¿Faltó acaso Jesús a su misión haciendo ese viaje? La pregunta parece carecer de sentido hoy, cuando el cristianismo está difundido por el mundo y, en cambio, está poco presente, precisamente, en Israel. Pero debió tener sentido en el tiempo apostólico, visto que, por ejemplo, Lucas, que conoce el episodio, porque lo lee en Marcos (Mc 7,24-30), lo omite y San Pablo aclara: «Digo que Cristo se hizo servidor de la circuncisión en prueba de la veracidad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres» (Rom 15,8). Desde el título de su Evangelio afirma Mateo que Jesús fue el «Ungido», hijo de David, prometido a Israel: «Libro de la génesis (origen) de Jesús Cristo, hijo de David...» (Mt 1,1).
Pero la misión de Jesús trasciende a Israel. Bien la define San Pablo en estos términos: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, nacido bajo la Ley... para que recibamos la filiación» (Gal 4,4). En cuanto «hecho de mujer», es hombre verdadero y comparte la naturaleza humana con todos los hombres y mujeres creados por Dios desde Adán y Eva y ha sido enviado para elevarlos a todos a la condición suya, a saber, la de ser hijos de Dios; en cuanto «hecho bajo la Ley» vino como miembro del pueblo de Israel cumpliendo las promesas de Dios.
Mateo es el más universalista de los evangelistas. Su Evangelio se abre con la adoración a Jesús de unos «magos venidos de Oriente», ciertamente de fuera de Israel (cf. Mt 2,1-2.11) y concluye con la misión universal encomendada por Jesús a sus discípulos: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19-20). Por eso, el evangelista nos transmite episodios en que Jesús obra curaciones no sólo en favor de los judíos, sino también de quienes no son del pueblo de Israel, como el hijo del centurión (cf. Mt 8,5-10); pone el acto de fe completo en Jesús en boca de soldados romanos que asistieron a su muerte en la cruz: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios» (cf. Mt 27,54); y nos transmite esta sentencia de Jesús: «Vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos» (cf. Mt 8,11). A todo esto, Mateo quiere agregar un episodio en que Jesús, fuera de los límites de Israel, obra en favor de una mujer, definida como lo más pagana posible -«cananea»- con el mayor uso de su poder, que es la liberación de la posesión del demonio, como estaba prometido que haría la descendencia de la mujer en la sentencia de Dios contra la Serpiente, el así llamado Proto-Evangelio: «Te aplastará la cabeza» (cf. Gen 3,15).
«Una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: "¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada"». El grito es admirable. No sabemos cómo conoce la mujer a Jesús; pero le da el título de «Señor» y sabe que es «hijo de David»; pero, sobre todo, ella cree que Él puede liberar a su hija del demonio, que la tiene «malamente» poseída. En otra ocasión, dentro de Israel, cuando Jesús libera a un hombre del demonio, los fariseos lo desacreditan diciendo: «Por el príncipe de los demonios expulsa los demonios». Jesús replica, con cierta delicada ironía: «Si Yo expulso los demonios por el poder de Beelzebú, los hijos de ustedes ¿por el poder de quién los expulsan?» (cf. Mt 12,27). Decimos «con cierta ironía», porque los hijos de ellos, es decir todo otro ser humano, ¡no los expulsan! Nadie, antes de Jesús, expulsó un demonio, ningún profeta, sacerdote o rey. Porque sólo Jesús y aquellos a quienes Él da poder, son aquella «descendencia de la mujer» (cf. Gen 3,15) que aplasta la cabeza de «la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás» (cf. Apoc. 12,9).
A los gritos de la mujer, Jesús «no le respondió palabra», ya hemos explicado por qué; pero tampoco la ha rechazado. Intervienen los discípulos, aparentemente intercediendo en favor de la mujer: «Sus discípulos, acercandose, le rogaban: "Concedeselo, que viene gritando detrás de nosotros"». ¿Es válida esta intercesión? No, porque no es en bien de la mujer, no está movida por el amor hacia ella, sino por el interés de ellos mismos que se molestan con esos gritos. Es una intercesión egoísta y, por tanto, inválida ante Jesús, que motiva, justamente, un rechazo: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel».
La mujer recobra protagonismo: «Ella vino a postrarse ante Él y le dijo: "¡Señor, socorreme!"». Ya no es un grito; es una oración llena de confianza, que no puede quedar sin respuesta de parte de Jesús. Le explica, sin embargo, en un diálogo personal: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarselo a los perritos». Jesús llama a los judíos «hijos» y a todos los demás, acomodandose al modo de hablar en Israel, «perros», aunque se ve que está ya vencido por la mujer, porque lo hace en modo afectuoso usando el diminutivo «perritos», que no puede usarse, al mismo tiempo, en forma despectiva. La mujer, no sólo está llena de confianza en el poder de Jesús, sino también de astucia y comprende que ha conquistado a Jesús. Por eso, no se molesta por ser llamada «perrito», sino que lo acepta: «Sí, Señor»; pero agrega: «También los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». Es una admirable descripción del paso del Evangelio a todos los pueblos y fue celebrado por Jesús, que ya no podía resistir: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Esta mujer, pagana, cananea, mereció recibir de Jesús una alabanza a su fe en Él: «¡Grande es tu fe!» y una definición de la fe: Obtiene de quien la tiene grande, todo lo que desea. Esa mujer deseaba la liberación de su hija de la posesión diabólica y el resultado fue instantáneo: «Desde aquel momento quedó curada su hija».
Seguramente, más adelante recordarán los apóstoles a esa mujer cananea, cuando ellos no pudieron expulsar un demonio de un niño y habiendo preguntado a Jesús el motivo, reciben esta respuesta: «Por la poca fe de ustedes. En verdad les digo: si ustedes tienen fe como un grano de mostaza, ... nada les será imposible» (cf. Mt 17,20). La mujer cananea estaba resultando como un ejemplo de fe para los mismos apóstoles y para todos, como lo declara San Pablo: «No hay más que un solo Dios, que justificará a los circuncisos en virtud de la fe y a los incircuncisos por medio de la fe» (cf. Rom 3,30).
« Felipe Bacarreza Rodríguez »





