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Te pido a ti, Señor

Te pido a ti, Señor


Publicación:19-09-2026
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La parábola de los obreros enseña que la salvación es un don de Dios y que los últimos pueden ser primeros.

En el Evangelio de este Domingo XXV del tiempo ordinario leemos la parábola del dueño de una viña que busca obreros. Esta parábola se encuentra, dentro del Evangelio de Mateo, en una sección narrativa, entre el «discurso eclesial», que hemos leído en parte los domingos pasados, y el «discurso escatológico», que se lee en los últimos domingos del año litúrgico. Para su correcta comprensión intentaremos descubrir por qué Mateo introduce en este punto de su Evangelio esta parábola, que sólo él nos transmite. En primer lugar, observamos que la parábola se encuentra incluida entre dos repeticiones de la misma sentencia, que están en perfecto paralelismo antitético: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros - Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos» (Mt 19,30 – 20,16). Mateo conoció esta parábola como una unidad cerrada (tal como la leemos nosotros hoy en la Liturgia de la Palabra); pero tuvo que decidir en qué punto de su Evangelio era más conveniente introducirla. El episodio anterior es el relato de la vocación del «joven rico» (cf. Mt 19,16-29), como lo llama Mateo, y el contraste entre el triste desenlace de esa vocación, la más detallada que el Evangelio nos transmite, y la generosa respuesta a su vocación de los apóstoles, que Pedro hace notar: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos?». Esta pregunta surge, a su vez, de la severa sentencia de Jesús respecto de los ricos, provocada por la fallida vocación del joven: «En verdad les digo que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos... es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja...».

Se puede decir que el joven rico, que guardaba todos los mandamientos y que, dada su riqueza, se consideraba bendecido por Dios, pertenecía a la categoría de «primeros», en tanto, que Pedro y los otros apóstoles, pobres pescadores del Mar de Galilea, pertenecían a la categoría de «últimos». Por otro lado, se está hablando de la recompensa final, como lo dice la expresión: «Entrar en el Reino de los cielos» y la afirmación de que «para los hombres, eso es imposible, mas para Dios todo es posible». Esto habría sugerido a Mateo introducir aquí la parábola del dueño de la viña y los obreros, que precisamente se introduce con la frase: «El Reino de los Cielos es semejante a...» y que trata de «primeros y últimos».

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre dueño de casa que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña». ¿Se asemeja a esto el Reino de los Cielos? En realidad, no. La semejanza rige, no con cada elemento de la parábola, sino con la situación completa. Es necesario esperar hasta el final de la parábola para comprender lo que Jesús quiere enseñar sobre el Reino de los cielos o Reino de Dios, como lo llaman los otros evangelistas. La parábola hace una diferencia clara entre los obreros de la primera hora del día y los de las horas siguientes: tercia, sexta, nona, undécima (que es la última hora). En el caso de los primeros el verbo griego que se ha traducido por «contratar» está formado por la palabra «misthós», que significa «salario». Los obreros saben que el salario que ellos exigieron por el trabajo del día era elevado -un denario-, pero el dueño de la viña, en su generosidad, lo había aceptado: «Habiendose concertado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña». En cambio, los obreros enviados a la viña en las horas sucesivas, incluso en la última hora, están cesantes y no están en situación de exigir; ellos confían en la palabra del dueño que les dice: «Les daré lo que sea justo».

Terminado el día de trabajo, en la hora duodécima, el señor de la viña dice el administrador: «Llama a los obreros y pagales el salario (misthós), empezando por los últimos hasta los primeros». Se repite también en el medio del relato que los últimos pasan a ser primeros. Vinieron entonces los que habían trabajado solamente una hora y ¡recibieron cada uno un denario! Y así, sucesivamente, todos recibieron un denario, hasta llegar a los primeros, quienes recibieron el denario, en que ellos mismos habían evaluado su trabajo del día. Entonces, éstos, que esperaban recibir más, «murmuraron» contra el dueño de la viña diciendo: «Estos, los últimos, trabajaron una hora, y los has igualado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor». Es una protesta contra el obrar del dueño. En la respuesta del dueño a uno de ellos está contenida la revelación sobre el Reino de los cielos, que Jesús vino a anunciar, y la diferencia esencial entre el judaísmo y el cristianismo.

«Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Pues toma "lo tuyo" y vete. Quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no me está permitido hacer con "lo mío" lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?». Para un judío la salvación se recibe como una recompensa, un salario, que él se ha ganado por su fiel observancia de una ley escrita; para un cristiano la salvación supera infinitamente todo esfuerzo humano y no podrá ser nunca merecida por el ser humano, como lo había afirmado Jesús más arriba: «Para los hombres, es imposible, mas para Dios todo es posible» (cf. Mt 19,26); para un cristiano la salvación del género humano fue merecida por el Hijo de Dios, que para esto se hizo hombre y ofreció su vida en sacrificio; tiene, por tanto, dimensión divina y se da a cada uno de los que creen en Cristo como puro don, como ese denario no merecido que fue dado a los obreros de la última hora.

Con su esfuerzo el ser humano puede obtener cosas de esa medida humana, lo que el dueño de la viña llama «lo tuyo», a saber, un título universitario, un elevado sueldo, una propiedad, adelantos científicos admirables, etc. pero, ¿qué es todo eso comparado con «lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios ha preparado para quienes lo aman» (cf. 1Cor 2,9), lo que el dueño de la viña llama «lo mío»? El cristianismo es el ámbito de la gratuidad divina, por la cual se batió San Pablo, después de haberla experimentado él mismo y que él expresa en síntesis así: «Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino sólo por la fidelidad de Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús para ser justificados por la fidelidad de Cristo y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley no será justificada carne alguna» (Gal 2,16). Las obras de la ley son el esfuerzo humano que no es suficiente para obtener la justificación; ésta es obtenida sólo por la fidelidad de Cristo y se concede a nosotros por gracia. Esta es la enseñanza de la parábola del dueño de la viña y los obreros, que expresa Jesús con su modo más vivo de enseñar que es la parábola. 

De aquí saca San Pablo esta doctrina, que él, en sus cartas ha dejado bien expresada para todos los siglos cristianos. Todos debemos repetir lo que confiesa el apóstol: «Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). Tal vez el más gran teólogo que ha tenido el cristianismo ha sido Santo Tomás de Aquino y en un conocido episodio de su vida expresa la enseñanza de Jesús en la parábola del dueño de la viña. Después de haber formulado la doctrina sobre la Eucaristía, a saber, que la sustancia del pan se convierte, por el poder divino, en la sustancia del Cuerpo de Cristo y la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre, el santo teólogo quedó preocupado por haber abordado tan gran misterio y, orando ante un crucifijo, escuchó que Jesús le dijo: «Bien escribiste sobre mí, Tomás» y agregó: «Pideme lo que quieras». Tomás nada pidió de medida humana, como hicieron aquellos obreros de la primera hora, y respondió: «Te pido a ti, Señor». Y el Señor le concedió su petición. 

 

 



« P. Felipe Bacarreza »