Cultural Singularidades
Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios

Publicación:31-10-2026
La Solemnidad de Todos los Santos invita a reflexionar sobre las Bienaventuranzas de Jesús, que enseñan que la verdadera felicidad se encuentra en la humildad
La Iglesia celebra en este día 1 de noviembre la Solemnidad de Todos los Santos, es decir, de todos aquellos hombres y mujeres que han pasado por este mundo y gozan ya de la felicidad eterna en el cielo, tanto los que conocemos y celebramos en el calendario litúrgico, como los que no conocemos y que forman también parte de esa multitud que vio Juan en el Apocalipsis: «Miré y he ahí una multitud inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, y gritan con fuerte voz: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero"» (Apoc 7,9-10). A la pregunta espontánea ante este espectáculo: «Éstos, ¿quiénes son y de dónde han venido», responde Jesús llamandolos «bienaventurados» en el Evangelio de este día.
«Bienaventurados...», repetido nueve veces, es la palabra con que Jesús comienza el Sermón de la montaña y lo hace también ante una «inmensa multitud»: «Viendo las multitudes, Jesús subió al monte y, habiendose sentado, ... les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu..."». Es significativo que esta sea también la primera palabra de todo el Salterio: «Bienaventurado el hombre que ... se complace en la Ley del Señor y en su Ley medita día y noche. Es como un árbol plantado
junto a corrientes de agua, que da fruto a su tiempo» (cf. Sal 1,1.2-3).
Jesús adopta la actitud del maestro: «Se sentó y enseñaba». Diciendo: «Bienaventurados, felices, los que...», despertó inmediatamente la atención de toda esa multitud, pues no existe el ser humano que no desee la felicidad, que no desee ser «bienaventurado». Corresponde al «Maestro» decir con verdad cómo se alcanza eso que todos desean. Por no citar más que un ejemplo, es lo que quería saber aquel joven rico que, no satisfecho con su riqueza de este mundo, se acercó a Jesús para preguntarle: «Maestro, ¿qué haré de bueno para tener vida eterna?» (Mt 19,16). Jesús le respondió la verdad: «Hazte pobre»; pero no le creyó. Ese joven creyó más a sus riquezas, como la mayoría de la humanidad, y, también como la mayoría de la humanidad, se quedó con sus posesiones, pero triste, infeliz (cf. Mt 19,16-22).
La enseñanza de Jesús es absolutamente novedosa. Él enseña que en este mundo conocen la felicidad y gozan de ella «los pobres de espíritu» y los que se encuentran en el abanico de situaciones que esta expresión abraza: «los mansos, los que lloran y los que tienen hambre y sed de justicia». Esta enseñanza de Jesús, que se define a sí mismo como la Verdad (cf. Jn 14,6; 18,37), que declara no decir nada por su cuenta, sino lo que el Padre, que lo ha enviado, le ha mandado decir y enseñar (cf. Jn 8,26; 12,49) deja en evidencia cuánto distan los pensamientos de Dios de los pensamientos de los hombres. Los hombres, -las mayorías, que en esto están siempre en el error- buscan la felicidad en el poder, el dinero, la fama, el éxito, los placeres del mundo, es decir, donde no se encuentra. Y, tras estos objetivos errados, luchan, emprenden guerras despilfarrando inmensos recursos de la tierra en fabricar instrumentos de muerte -sofisticadas armas-, caen en la delincuencia y el crimen organizado, etc. Por ese camino no se alcanza la felicidad, sino que se concluye en descontento generalizado que se expresa en airados movimientos sociales -estallidos-, como los que está viendo el mundo en nuestros días.
A quien parezca imposible que puedan ser felices en este mundo los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran y los que tienen hambre y sed de justicia debe concluir que quien está en el error es él y no Jesús. Jesús los llama «felices» ahora, en este mundo presente; y, agrega: «de ellos es el Reino de los cielos», que es la expresión usada por Jesús para decir el Bien supremo que consiste en la unión con Dios. Es lo que pedimos en la oración que Jesús nos enseñó dirigiendonos a nuestro Padre, que está en el cielo: «Venga a nosotros tu Reino» (cf. Mt 6,10; Lc 11,2). Ningún otro Bien es suficiente para conceder al ser humano la felicidad suprema, de la que gozan los santos que veneramos en esta Solemnidad de Todos los Santos.
El segundo grupo de cuatro bienaventuranzas se introduce también con una «programática»: «Bienaventurados los misericordiosos». Y ésta se abre también en otras tres: «los limpios de corazón, los que hacen la paz y los perseguidos por causa de la justicia». Repetimos: Jesús los llama «bienaventurados» ahora en su paso por este mundo; y, agrega que les espera el cumplimiento de una promesa: «se tendrá misericordia con ellos, verán a Dios, serán llamados "hijos de Dios", concluyendo con la misma expresión suprema con que comenzó: «de ellos es el Reino de los cielos».
Jesús pronuncia todavía una novena bienaventuranza, que no pertenece al grupo de las otras ocho, porque no es una expresión general de la verdad, sino una sentencia que se dirige a los que estaban allí en ese monte, esas grandes multitudes que lo escuchaban en ese momento: «Bienaventurados son ustedes, cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por causa mía». Testigos de esta bienaventuranza son todos los mártires, que sorprendían a sus verdugos por la alegría con que entregaban la vida, muchos de ellos perdonando, como lo hace, por ejemplo, un político mártir, Santo Tomás Moro, que abrazó cordialmente a su verdugo y lo animó a cumplir con su deber. En esta bienaventuranza Jesús insiste en la alegría que se experimenta por sufrir algo por causa suya: «Alegrense y regocijense, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo».
La alegría y el regocijo se vive en este mundo, cuando se sufre oprobio y persecución por causa de Cristo. Los mismos apóstoles, que velaron y custodiaron todo lo enseñado por Jesús, pudieron verificarlo: «Después de haberlos azotado, les intimaron que no hablasen en Nombre de Jesús. Y los dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre» (Hech 5,40-41). La recompensa prometida, en cambio, que «será grande» es la que están gozando ellos ahora en el cielo junto con todos los santos.
Por último, Jesús agrega: «De la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes». En la parábola de los viñadores homicidas, a quienes les fueron enviados, «a unos los golpearon, a otros los mataron, a otros los apedrearon» (cf. Mt 21,35).
Esa misma suerte, a saber, entregar la vida por la verdad, sufrió el Hijo, el más grande de los profetas, Jesús mismo.
Y su regocijo fue grande. Así se entiende ese gran grito que emitió en el momento de su muerte, un grito de gozo por la misión cumplida de nuestra salvación, encomendada por su Padre, que suscitó la exclamación de un centurión romano: «Jesús lanzando un fuerte grito, expiró... Al ver el centurión, que estaba frente a Él, que había expirado de esa manera, dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios"» (cf. Mc 15,37.39).
« P. Felipe Bacarreza »




