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Verdaderamente, Tú eres Hijo de Dios

Verdaderamente, Tú eres Hijo de Dios


Publicación:09-08-2026
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El evangelista Mateo, siguiendo a Marcos, nos transmite dos episodios en que la fe de los discípulos se pone a prueba atravesando el Mar de Galilea. En este Domingo XIX del tiempo ordinario leemos el segundo de esos episodios.

En el primero de esos episodios (Mt 8,23-27 ?? Mc 4,35-41) Jesús va con sus discípulos en la barca durmiendo, cuando se desata «una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas». Los discípulos despiertan a Jesús diciendole: «¡Señor, salvanos, que perecemos!». Y Él les reprocha que tengan miedo ante el poder de la naturaleza cuando Él está con ellos: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?». Y para demostrar que en efecto no debían tener miedo, Jesús «se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza». El punto central del episodio es, en definitiva, un acto de confianza en el poder de Jesús: «¡Señor, salvanos!». No habrían recurrido así a ningún otro y menos aún a alguien cuyo pueblo -Nazaret- no estaba junto al mar y que no era pescador de profesión, sino carpintero.

El segundo de esos episodios, que leemos este domingo, lo toma Mateo también de Marcos (Mc 6,45-52), y lo ubica también a continuación de la multiplicación de los panes, que ocurre al otro lado del Mar en lugar desierto. Después de decir que todos se saciaron -eran unos 5.000 hombres- y que recogieron los trozos sobrantes, Mateo continúa: «Inmediatamente, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca e ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente». Debemos admirar esta preocupación de Jesús de no dejar que alguien se aleje sin un contacto personal con Él acompañado de una palabra suya apropiada a cada uno. Jesús sabía que esa palabra iba a quedar «sembrada» en la memoria de ellos esperando el momento oportuno para dar fruto. Si Jesús actuó así en ese caso podemos estar seguros de que así actúa también ahora cada vez que acudimos a Él, sobre todo, en la Eucaristía, donde está Él presente con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. El Catecismo declara: «El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular... Se denomina "real"... porque es sustancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo N. 1374).

Debemos considerar también el motivo por el cual Jesús envía a los discípulos por delante en la barca: «Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí». Terminado un día de entrega a la multitud, Jesús, como verdadero hombre que Él es, siente necesidad de la soledad para orar, para «entrar en el descanso de Dios» (cf. Sal 95,11), el mismo descanso que sólo Él, como Dios verdadero que es, concede: «Vengan a mí... Yo les daré descanso» (cf. Mt 11,28).

Volvamos nuestra atención a los discípulos, que intentaban atravesar el mar en la barca desde Betsaida, lugar de la multiplicación de los panes, a Cafarnaúm (8 km): «La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario» (1 estadio = 185 mt). Han luchado mucho tiempo sin alcanzar la meta, porque esta vez van solos, sin Jesús. Pero -continúa el evangelista- «a la cuarta vigilia de la noche (3-6 horas) vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar». Lo que dice el evangelista con mucha naturalidad -que Jesús camina sobre el agua- es algo absolutamente excepcional. Lo dice así, porque es algo que se ha transmitido oralmente durante más de 30 años en las comunidades cristianas, hasta que fue fijado por escrito primero en el Evangelio de Marcos y luego en el de Mateo y también Juan (cf. Jn 6,16-21). (Por algún motivo Lucas, que conoce el hecho porque tiene a su disposición el Evangelio de Marcos, no lo incluye en su Evangelio). No puede caminar sobre el agua, sino Aquel que ha establecido las leyes de la naturaleza y puede, por tanto, suspenderlas. Cuando Dios suspende una de estas leyes en algún caso particular por un motivo que Él considera válido, nosotros gritamos: «¡Milagro!». Pero, en realidad, es mucho más milagrosa la absoluta regularidad con que se cumplen todas las leyes de la naturaleza. Nunca nos defraudan. Es un motivo para confiar en Dios.

La reacción de los discípulos era la esperada ante esa visión: «Los discípulos, viendolo caminar sobre el mar, se turbaron y decían: "Es un fantasma", y de miedo se pusieron a gritar». Es la reacción ante lo desconocido. Esa reacción duró poco, porque, «al instante, Jesús les habló, diciendo: "¡Ánimo! Yo soy; no teman"». Hemos dicho que el único que puede suspender una ley de la naturaleza, en este caso la ley de la gravedad, es Dios. Jesús responde al miedo de los discípulos con su voz, conocida de ellos, pero seguida de la firma divina: «Yo soy», con la exhortación habitual en las manifestaciones de Dios: «No teman».

En Marcos y Juan el episodio concluye aquí. Pero Mateo agrega un hecho que sólo él conoce y que tiene a Pedro como protagonista, como ocurre con otros casos semejantes (cf. Mt 16,17-19; 17,24-27; 18,21). A la presentación que hace Jesús de sí mismo, Pedro responde: «Señor, si Tú eres, mandame ir a ti sobre las aguas». La condición: «Si tú eres», requiere tener claro de quién se está hablando. En efecto, el pronombre «tú», de quienquiera que se trate, exige el verbo ser en su forma «eres» y, por tanto, no dice nada. La persona de quien se trata aquí, que debe identificarse respondiendo lo pedido por Pedro está identificada por el vocativo: «Señor», el mismo que se usa para dirigirse a Dios, el único que puede caminar sobre el agua y hacer que también camine sobre el agua Pedro. Jesús pronuncia el mandato solicitado por Pedro: «¡Ven!». Y Pedro, que al decir «Señor» sabía a quién se refería, obedece: «Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús». La palabra de Jesús no defrauda y, mientras Pedro creyó en esa palabra, el agua se hizo firme bajo sus pies. Pero, no fue firme la fe de Pedro: «Viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: "¡Señor, salvame!"».

La fe es un encuentro entre Dios y el hombre. La parte de Dios es fiel y no defrauda. Por eso, Dios es representado a menudo como una roca indefectible: «Vengan, aclamemos al Señor (YHWH); demos vítores a la Roca que nos salva...» (cf. Sal 95.1). Mediante Isaías, Dios pregunta: «¿Hay otro dios fuera de mí? ¡No hay otra Roca, Yo no la conozco!» (Isaías 44,8). Pero la parte del hombre en el acto de fe consiste en fundarse sobre esa Roca en la certeza de que no quedará defraudado. Esta es la parte que falló en Pedro. Por eso, cuando comenzó a hundirse, Jesús lo llama: «Falto de fe» y agrega: «¿Por qué dudaste?». El episodio es una catequesis sobre la fe cristiana. Podemos estar seguros de que quedó grabado en Pedro y le sirvió en su futura misión de ser él mismo esa roca como se lo anunció Jesús: «Tú eres Pedro (piedra) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18).

La fe de Pedro no fue del todo firme, pero tampoco fue inexistente, porque acto seguido expresa su confianza en Jesús con la oración cristiana esencial: «¡Señor, salvame!». Es la cita del Salmo 118, en que el fiel se dirige a Dios y lo insta: «Adonai (YHWH), hoshia-nna» («Ah, Señor, salva ya»). De aquí precede la expresión: «Hosanna», con que el pueblo recibió a Jesús en su entrada a Jerusalén, y que nosotros dirigimos al Señor en la celebración de la Eucaristía en la aclamación: «Santo, santo, santo es el Señor...». La oración de Pedro debió resonar en arameo y no la tenemos en esa lengua. Pero en una traducción al hebreo suena: «Adonai hoshieni».

Jesús no se deja esperar y responde a esa súplica: «Al instante Jesús, tendiendo la mano, lo agarró y le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"». El apretón de la mano de Jesús, firme, pero amigable, también debió quedar impresa en la mente del apóstol para siempre. Jesús lo salva, pero no deja de corregirlo en lo que el apóstol falló. Así Jesús se demuestra como el modelo de todo maestro. No es un buen maestro o educador quien consiente todo al discípulo, incluso sus defectos, por no molestarse. El verdadero educador corrige al discípulo, el padre al hijo, con firmeza, cuando es necesario, porque de esa manera expresa su solicitud y su amor por él. Jesús es el Maestro. Él da la vida por sus discípulos para darnos la lección suprema de amor. Pedro experimentó la salvación de Jesús y por eso, después de la Ascensión de Jesús al cielo y de la venida del Espíritu Santo, puede afirmar con total certeza ante el tribunal judío: «(Jesucristo, el Nazareno) ... es la piedra angular; porque no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos ser salvados» (Hech 4,11-12). El episodio concluye con la reacción de los discípulos que estaban en la barca: «Subieron a la barca (Jesús y Pedro) y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante Él diciendo: "Verdaderamente, eres Hijo de Dios"». Es la confesión de todos sus apóstoles. 

 



« Felipe Bacarreza Rodríguez »