Opinión Editorial


Cumbre


Publicación:20-04-2026
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En la obra de Eurípides, la figura de Medea se convierte en símbolo de la voluntad femenina.

En la obra de Eurípides, la figura de Medea se convierte en símbolo de la voluntad femenina para trastocar las reglas de un mundo dominado por los hombres. Esa irrupción, que sacudió a la Atenas clásica, tiene hoy su reflejo en otro escenario: el de la política internacional, donde una mujer mexicana se presenta como protagonista de su época.

La doctora Claudia Sheinbaum Pardo, la primera presidenta en la historia de México, viajó a Barcelona para participar en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, junto con otros líderes y mandatarios progresistas del mundo, y su sola presencia tiene un peso que trasciende el protocolo.

Además de representar al pueblo de México, también encarnó la posibilidad de que las mujeres, desde el poder, redefinan el rumbo de las democracias en un mundo cada vez más amenazado por la ultraderecha.

En la cumbre había interés genuino por escuchar su intervención. "Vengo a nombre de un pueblo trabajador, creativo y luchador, pero sobre todo profundamente generoso", dijo desde el principio. Y ese fue el tono de su mensaje. Habló como representante de una historia larga, compleja y viva. Reivindicó el origen profundo del pueblo de México, sus raíces indígenas, su memoria que —como expresó— "no se conquista". En un contexto marcado por guerras, tensiones comerciales y pulsiones de autoritarismo, su discurso fue una verdadera toma de postura.

Además, no se quedó en la mera evocación, sino que entró de lleno al debate. Cuestionó la idea de libertad que promueve el conservadurismo global, la que desregula mercados, pero olvida a las personas más pobres. Lo señaló sin rodeos: la democracia no puede existir sin justicia social, sin soberanía, sin dignidad. No es la democracia de las élites, insistió, sino la de los pueblos.

Lo que se vio en esta cumbre fue una señal clara de que México no está dispuesto a replegarse, sino a participar, a proponer, a irrumpir. Y lo hace, además, encabezado por una presidenta. Eso, en sí mismo, ya es un potente mensaje político.

La cumbre fue el escenario, sí, pero también la oportunidad perfecta para proyectar a México como un actor que incide en el mundo. La imagen es clara, una jefa de Estado que habla con templanza, pero con convicción; que entiende su momento histórico y decide asumirlo. Y, en estos momentos convulsos, esa voz —la de México, la de una mujer, la de una historia que no olvida, pero tampoco se detiene— resulta, más que oportuna, necesaria.

 



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