Opinión Editorial


Nicaragua es una dictadura


Publicación:24-10-2026
version androidversion iphone

++--

Escribo desde Caracas, Venezuela, donde se celebra un congreso de innovación y emprendimiento en el que me invitaron a hablar. Doy el contexto porque hace un par de años esto hubiera sido imposible. No solo congregar gente internacional en torno a Caracas, sino hablar de emprendimiento en un país donde nadie podía emprender. Durante casi 27 años Venezuela fue gobernada por un gobierno autoritario y represor, una dictadura que eliminó derechos humanos básicos en pos de una supuesta ideología social. Increíblemente, en 1998 la pobreza extrema en Venezuela era del 15% y hoy, tras casi 3 décadas de un gobierno "por los pobres" esa cifra es del 30%. La situación actual de Venezuela no es alentadora, pasaron de ser dictadura a ser una especie de colonia, pero deshacerse del dictador da al menos esperanza de cambio, ahora tendrán que liberarse de otro tipo de yugo.

Hay un sector de la izquierda mexicana que suscribe y defiende los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua. Una idea extraña de que hay que defender a estos regímenes del imperialismo. Creen que defendiéndolos defienden a la izquierda y sus ideales. Todo lo contrario, estos tres regímenes son regímenes autoritarios. Se dicen de izquierda para sostener un discurso legitimador, pero la izquierda verdadera defiende los derechos humanos, protege a la gente y busca el bienestar. En Venezuela, Cuba y Nicaragua, hay represión, no hay libertad de expresión, hay violaciones graves a los derechos humanos y peor aún para las causas de la izquierda, hay un empobrecimiento constante de la población.

Cuando la izquierda mexicana o brasileña defienden a Nicaragua, lo único que hacen es dañar su propia imagen. El gobierno de México no tiene nada que ver con lo que sucedió en Venezuela o en Cuba; la presidenta Claudia Sheinbaum ganó democráticamente las elecciones, respetará su mandato, garantiza la libertad de expresión, se reúne con empresarios de todos los sectores para promover la economía y respeta los derechos humanos. La izquierda que ella representa vive en otro universo a la que Maduro, Castro u Ortega vociferan. Fuera de idealismos románticos no hay nada que ganar de defender lo indefendible. A la marca de la izquierda le hacen daño Venezuela y Nicaragua. Si la derecha quiere reivindicar a Mussolini, allá ellos, pero que la izquierda defienda a dictadores no tiene sentido bajo sus propios principios.

En Nicaragua el presidente Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo son acusados de cientos de ejecuciones extrajudiciales, han encarcelado a miles de opositores o críticos incluyendo ciudadanos mexicanos, hay acusaciones de tortura e innegable persecución política y se han perpetuado ilegalmente en el poder. Y aún así hace unas semanas México se abstuvo en la votación para condenar a estos personajes en la OEA.

No hay duda que desde la terrible gestión de Luis Almagro frente a la OEA, este organismo se volvió una maquinaria de Estados Unidos para la región y que México históricamente ha adoptado un rol neutral en estas votaciones, pero el mundo ha cambiado y si México no deja atrás la anacrónica Doctrina Estrada y empieza a tomar posiciones políticas será difícil navegar el nuevo orden mundial. Nicaragua es una dictadura, como Venezuela y Cuba. El gobierno de la presidenta Sheinbaum no gana nada pretendiendo que es de otra forma. Estos países no representan ninguna forma apetecible de gobierno y los modelos izquierdistas que sí tienen legitimidad política como los de Chile, Brasil y México solo acaban ensuciando su propia viabilidad al defender las dictaduras.

A Brasil este error le costó caro, durante décadas Lula se asumió líder de Latinoamérica y custodio de lo que sucedía en Sudamérica. Pero durante años toleró e incluso celebró el régimen venezolano. En 2024, cuando el fraude electoral, era innegable intentó mediar una situación que ya su propia desidia había vuelto insostenible. Cuando Donald Trump entró ilegalmente a Venezuela a principios de este año, toda ilusión de liderazgo brasileño en el continente fue desechada. Si Lula se hubiera tomado en serio la tarea de resolver el evidente problema político que tenía en su frontera quizás hubiera podido evitar una situación que acabó debilitando la posición de Brasil y dando comienzo a un giro ideológico radical en el continente.

México no debe cometer el mismo error. La apuesta de México en el panorama internacional de hoy es la de ser una de las pocas democracias que se sostienen entre un mundo cada vez más radicalizado. Esa es la fuerza de Sheinbaum internacionalmente, le guste o no a la oposición en México. El discurso del "camarada Ortega" no hace ningún sentido para la viabilidad del proyecto político de México. Es hora de llamar dictadura a lo que lo es, y buscar consolidar proyectos sociales viables en una región que parece estar autocondenándose a la doctrina Donroe y la extrema derecha.

El camino no es Cuba ni Nicaragua. El camino es justamente mostrar que las izquierdas y la socialdemocracia latinoamericana no son Venezuela, sino una nueva visión democrática, moderna, económicamente funcional y comprometida con la construcción de un estado de bienestar y la justicia social. Claudia Sheinbaum puede liderar internacionalmente a esa izquierda, pero para ello tiene que marcar claramente su rechazo a esa otra autodenominada izquierda.



« Emilio Lezama »