Cultural Singularidades
El miedo, una señal...

Publicación:03-10-2026
TEMA: #El miedo #una señal...
Alondra enfrenta durante un viaje a Canadá una extraña presencia que parece desafiar toda explicación.
¿Qué es el miedo? ¿Sentimiento, emoción o ambos? Estas son preguntas retóricas, no daré una respuesta explícita -porque es algo que considero innecesario- ni espero que quienes esto lean, tampoco tengan alguna respuesta qué compartir; no obstante que, seguramente, la tienen.
El propósito es escribir un cuento o relato que ejemplifique algunos rasgos importantes del miedo como característica humana. Veamos si lo logro, de no hacerlo, esto acabará como ha empezado: una somera reflexión o un artículo más, nada trascendental. Intentaré que no sea así, no en esta ocasión.
Alondra aseguró en derredor de su cuerpo el cinturón que le correspondía, empezando por atravesar el pecho desde su hombro hasta abrocharlo bajo su cintura y sobre el bajo abdomen, desde luego estando ya acomodada en su asiento, que era el número 13A, el de la ventanilla, según podía verse en su boleto. Apenas lo hizo, recargó la cabeza en el respaldo, cerró sus ojos y con voz de intensidad muy tenue, comenzó a rezar. Siempre que tomaba un vuelo o viajaba como quiera que fuera, en tren o embarcación, lo hacía, era un hábito ya desarrollado.
Inició el vuelo. Haría una travesía larga, con un trasbordo en Dallas. Luego seguiría hacia su destino final por aire, en Calgary, Canadá. Allí la recogerían en auto, para seguir hasta Edmonton. Viajaba una vez al año durante sus vacaciones de verano ya que eran las más largas de su trabajo como maestra universitaria, y podía quedarse con su familia poco más de un mes, ¡seis semanas! ¡Ah!, y no solo la aguantaban, sino que le pedían se quedase los dos meses. En cuanto bajaba del avión, el miedo la abandonaba... tal vez se habría aferrado -de regreso- a algún otro pasajero. Suena a chiste, pero a veces así sucedía.
Alondra se sintió aliviada al salir con su equipaje y ver que ya la esperaban su hermano y Álan, su sobrino. Se les acercó con una gran sonrisa dibujada en el rostro, ellos igual sonreían mientras la veían llegar.
En cuanto el sobrino dejó a su papá y su tía en la casa, bajó las maletas y las subió al segundo piso, a la recámara que ocuparía su tía; luego, saludó a su madre y regresó al auto, se dirigió de inmediato a su casa, donde lo esperaban su esposa y sus dos hijitos, quienes ya estaban dormidos; él vivía a tres cuadras de la casa de sus papás.
Después de charlar durante poco más de media hora, cuando ya se iban a su cuarto a dormir -la cuñada de Alondra y su hermano, a su propia recámara- y Alondra a la que estaba en contra esquina de esa, repentinamente, Alondra, quien caminaba detrás de ellos, giró el cuerpo hacia atrás como tirada por un impulso y vio, tras el cristal de la sala de la tele y descanso familiar, una sombra humana flotando a la altura del piso de esa sala, solo que por fuera no había dónde pudiera sostenerse, solo estaba la calle a la altura del primer piso... sí, no había duda, la sombra flotaba. Quiso decirle a su hermano que volteara, pero no lo hizo, pues después de un minuto la sombra había desaparecido.
Se auto tranquilizó, pensando en que el cansancio del viaje y sus eternos miedos a lo desconocido, le estaban provocando alucinaciones.
Esa primera noche, Alondra durmió muy bien, a gusto, o como suele decirse: "a pierna suelta". Se levantó casi dos horas más tarde que su cuñada y su hermano. Ellos suelen despertarse a las seis con treinta minutos, siempre. Para las siete y media ya están bañados y arreglados con el café recién hecho y el desayuno listo para servirlo. Alondra se había bañado antes de acostarse, lo hizo para relajarse un poco más, así que en la mañana bajó poco antes de las ocho, cuando estaban terminando de almorzar. La invitaron a sentarse a la mesa, y su cuñada le acercó plato, trinches y una taza de café, y la invitó a que se sirviera lo que quisiera, el almuerzo estaba en la estufa y seguía caliente. La acompañaron mientras comía y le platicaron los planes para ese día.
Subieron a terminar de prepararse para salir... Alondra se quedó en la cocina terminándose su segunda taza de café y viendo por el cristal de la puerta hacia el patio. El césped lucía verde (era finales de julio) y estaba recién podado, frente a ella no había árboles, así que pudo ver con toda claridad, ¡nuevamente!, a la sombra que no caminaba, solo flotaba, pero en esta ocasión pudo verle el rostro. Se parecía mucho al de su marido, quien se había quedado en México... "No puede ser", dijo para ella misma... No quisiste venir, pero me sigues como una sombra a donde quiera que me mueva: "¿De qué se trata esto?" Entonces, agarró al miedo por los cuernos y lo mandó de regreso al Aeropuerto: "Búscate otra incauta, porque esta ya no te verá nunca más".
Fue la última ocasión en que Alondra sintió miedo. Y, sonrió para sí misma, con mucha seguridad y determinación.
« Olga de León »




