Opinión Editorial
Soberanía, no subordinación
Publicación:27-05-2026
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Aunque el gobierno federal defiende la no intervención extranjera, se señalan contradicciones en sus posturas.
"Soberanía, no subordinación" es la fórmula con la que Claudia Sheinbaum define para la relación de México con otros países. La idea es clara: igualdad jurídica y política sin aceptar imposiciones externas. El argumento tiene sustento constitucional sólido. Los artículos 39, 40 y 41 establecen que la soberanía reside en el pueblo, que este rechaza intervenciones extranjeras lesivas para la independencia nacional y que ejerce su poder a través de las instituciones mexicanas. El artículo 89, fracción X añade los principios históricos de la política exterior, entre ellos la autodeterminación, la no intervención y la igualdad jurídica entre Estados.
La premisa no admite confusión. Puede existir cooperación internacional, pero no subordinación ni actuación unilateral de otra potencia dentro del territorio nacional.
La frase se ha convertido en la respuesta que el gobierno usa de forma recurrente, tal vez excesiva, frente a las presiones que Donald Trump ejerce sobre el país. En la práctica, esto significa que Sheinbaum rechaza que Donald Trump dicte la agenda de seguridad o pretenda intervenir en materia de narcotráfico, y que Washington convierta sus señalamientos en presión política. Sin embargo, el lema funciona también como escudo interno. Permite presentar las exigencias de acción sobre temas urgentes como ataques externos, lo que justifica la inacción gubernamental y desvía el debate público.
El problema aparece cuando ese principio se aplica de forma selectiva o luce como doble discurso. Si el gobierno federal considera inaceptable que otros opinen o presionen sobre asuntos internos de México, tendría que revisar la congruencia de sus propias posturas internacionales. Ahí surgen contradicciones que no se pueden ignorar. Están las tensiones con España por la exigencia de disculpas históricas, el respaldo político y material otorgado al régimen de Cuba y el conflicto diplomático con Perú tras la caída de Pedro Castillo, donde México desconoció al nuevo gobierno. Están también las simpatías expresadas abiertamente hacia los gobiernos de Venezuela y Colombia. Cuando México emite juicios, respaldos y críticas que inciden directamente en las relaciones bilaterales, la no intervención deja de parecer principio de Estado y se vuelve herramienta condicionada a la afinidad ideológica del gobierno en turno.
Además, la subordinación no viene solo del extranjero, y esto es lo más grave. También ocurre frente a intereses internos, redes criminales o grupos de poder que condicionan al Estado desde adentro. Resulta difícil hablar de soberanía plena cuando regiones enteras del país viven bajo amenazas, cobros de piso o el control territorial del crimen organizado sin una contención efectiva del gobierno.
Lo mismo sucede con la corrupción que también es una forma de dependencia. Hay procesos abiertos, como SEGALMEX y los del gobernador con licencia Rubén Rocha Moya y otros políticos de Sinaloa, pero persiste una percepción extendida de impunidad que mina la autoridad del Estado. A esto se suma la subordinación política evidente de la presidenta a las directrices de su antecesor, una relación que fractura la autonomía real en la toma de decisiones del Ejecutivo y pone en duda quién gobierna realmente.
Por eso el debate no debería agotarse en rechazar las presiones externas. La soberanía también exige autonomía y determinación frente a la corrupción, frente a la delincuencia organizada y frente a los intereses políticos que operan dentro del propio gobierno.
Repetir "soberanía, no subordinación" proyecta defensa nacional y dignidad política ante el mundo. Sin embargo, también funciona como un recurso de legitimación. Transforma los cuestionamientos sobre seguridad, democracia o corrupción en agravios contra México, cuando en realidad apuntan a fallas específicas y omisiones de la administración en turno.
El examen del lema no está en su eficacia retórica ni en cuántas veces se repite en una mañanera. Está en sus resultados. La pregunta de fondo no es si México debe defender su soberanía. La pregunta es qué tipo de soberanía se defiende en los hechos y, sobre todo, a quién beneficia realmente esa defensa.
Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com.mx
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