Cultural Singularidades
Creo en Jesucristo, Hijo Unico de Dios

Publicación:31-05-2026
TEMA: #Hijo Unico de Dios
La Iglesia celebra este domingo la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Todos los cristianos creemos que «Santísima Trinidad» es la expresión más sintética y precisa del misterio de Dios, del Dios único y verdadero, que existe antes de todos los tiempos, que ha creado todo lo que existe, desde el universo inconmensurable hasta el último lirio del campo, y mantiene todo en la existencia.
Todas las generaciones de seres humanos, hasta donde la investigación histórica nos permite alcanzar, han sentido fascinación por la creación y han intentado explicar lo desconocido atribuyendolo a la acción de seres supremos. Ya en conocimiento del Dios único y verdadero, San Pablo, en el areópago de Atenas, describía ese camino de la humanidad en estos términos: «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por manos humanas, ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado... Él creó, de un solo principio, todo el género humano... , con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en Él vivimos, nos movemos y existimos...» (cf. Hech 17,24-28). ¡Qué aberraciones encierra la cláusula «a tientas» con la cual el apóstol describe las desviaciones en esa búsqueda de la divinidad en la historia! En efecto, los seres humanos han adorado como dioses, no sólo el sol y las estrellas, sino también animales y hasta escarabajos...
En esa búsqueda ningún pueblo de la tierra accedió al monoteísmo, excepto Israel, que lo recibió por revelación y lo mantuvo con grandes caídas en la idolatría. La fe en el Dios único alcanzó su expresión plena, con el profeta Déutero Isaías (Isaías 40-55) no antes de la segunda mitad del siglo VI a.C.: «Así dice Yahveh, creador de los cielos, Él, que es Dios, plasmador de la tierra y su hacedor... Yo soy Yahveh, no existe ningún otro. No hay otro dios, fuera de mí... Vuelvanse a mí y serán salvados, confines todos de la tierra, porque Yo soy Dios, no existe ningún otro» (cf. Isaías 45,18.21.22). Sucesivamente, en un proceso de composición complicado que reúne antiguas tradiciones, se redactaron los libros del Pentateuco y se hicieron preceder por la primera página, que comienza con estas palabras: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra...» (Gen 1,1). Constituye un punto de llegada. Pero todavía faltaba la revelación plena de ese mismo Dios, que no se recibió sino cuando se cumplió la plenitud del tiempo y envió Dios a la tierra a su Hijo hecho hombre y parte de nuestra historia y envió al Espíritu Santo a nuestros corazones: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, ... para que recibieramos la filiación adoptiva. La prueba de que ustedes son hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: "¡Abbá, Padre!"» (cf. Gal 4,4-6).
La revelación del Dios Uno y Trino, de la Santísima «Trinidad», se alcanzó con la venida de Jesucristo, que se reveló como el Hijo de Dios hecho hombre, y con el envío del Espíritu Santo. Se completó, por tanto, el día de Pentecostés. Por eso, la Iglesia celebra este misterio de la Santísima Trinidad el domingo sucesivo al de Pentecostés. Pero Dios ha sido una Trinidad de Personas desde toda la eternidad. Y, por eso, ya hay indicios desde las primeras líneas de la Escritura. En efecto, después de la primera frase: «En el principio creó Dios (Elohim) el cielo y la tierra», agrega: «El Espíritu de Dios (Rúaj Elohim) aleteaba sobre la superficie de las aguas». Y aún la frase siguiente es: «Dijo Dios: "Sea la luz..."», es decir, emitió su Palabra, por lo cual, con razón, dice el Salmo 33,6: «Por la Palabra del Señor (Yahveh) fueron hechos los cielos; por el Soplo (Rúaj) de su boca todas sus huestes (se entiende el conjunto de los cuerpos celestes)».
Ya insinúa Jesús la revelación de la Trinidad en su conversación con el magistrado judío Nicodemo, que ocurre al comienzo de su ministerio. Nicodemo comienza la conversación reconociendo a Jesús su condición de «maestro» y, sobre todo, su origen: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él» (Jn 3,2). Por su parte, Jesús, en el curso de la conversación, asegura a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5). Era imposible que Nicodemo en esa etapa comprendiera lo mismo que quería decir Jesús con esas palabras y llegara a la comprensión del misterio de la Trinidad, porque para esto era necesario que Jesús expusiera su enseñanza durante tres años, que muriera y resucitara, confirmando así todo lo enseñado por Él, y que viniera el Espíritu Santo sobre la Iglesia para conceder toda la verdad sobre esa enseñanza. Pero el evangelista, cuando escribe este encuentro de Jesús con Nicodemo, ya tiene todo ese conocimiento. Y nosotros, cuando lo leemos, también lo tenemos y, por eso, debemos entender en ese sentido las palabras de Jesús.
En la parte de la conversación que leemos en el Evangelio de este domingo, Jesús, hablando de Dios, repite tres veces: «Su Hijo», dos de ellas «su Hijo unigénito». El evangelista en el Prólogo de su obra ha expresado la vocación de todo ser humano a la condición de hijo de Dios diciendo: «(La Palabra) vino a su casa, y los suyos no la acogieron. Pero a cuantos la acogieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,11-12). Distingue estos «hijos de Dios», que hemos llegado a ser y que somos muchos -toda la humanidad ha sido creada con ese fin-, del Hijo Unigénito: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).
Jesús revela a Nicodemo la misión de ese Hijo Unigénito de Dios y cuál es en Dios el móvil del envío de su Hijo a la tierra: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna». Vino a redimirnos (pagar el precio por nuestra liberación) al precio de su sangre: «El Hijo del hombre... ha venido a servir y a entregar su vida en redención de muchos (enfático, porque tiene que incluir a toda la humanidad, que somos muchos)» (Mc 10,45); vino para que nosotros no perezcamos, sino que tengamos vida eterna. Cabe la pregunta: ¿Ama Dios más al mundo que a su Hijo, dado que, para salvar a aquél, entrega a Éste? Como lo dice asombrado San Agustín: «Para salvar al esclavo entregaste al Hijo». En realidad, el Hijo de Dios vino porque fue enviado por su Padre movido por su amor al mundo; pero vino porque esa era también su voluntad. Vino a entregar su vida por nosotros movido por su propio amor. Y no encontró otra expresión más grande de ese amor que esta: «Como el Padre me amó, así los he amado Yo a ustedes» (Jn 15,9), es decir, en medida infinita. ¿Quién puede sondear la medida del amor del Padre por su Hijo? La expresión de este amor entre el Padre y el Hijo «espira» una tercera Persona divina, precisamente, el Espíritu Santo. Nosotros entramos en este misterio por la puerta del amor.
La expresión de nuestra fe en Dios Uno y Trino la expresa San Pablo, como una fórmula de algo ya adquirido, en la despedida de su segunda carta a los Corintios: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes» (2Cor 13,13). No se puede desear nada mejor. La ha adoptado la Iglesia como el saludo en cada celebración eucarística. Las personas divinas están en ese saludo en el orden de lo que ellos tenían más cercano, Jesucristo, como lo dice San Juan: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida... es lo que anunciamos a ustedes» (cf. 1Jn 1,1.3). Sucesivamente, adquirió el orden de la procedencia de las Personas: «Hagan discípulos... bautizandolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (cf. Mt 28,19).
Conviene concluir estas reflexiones con la formulación de nuestra fe en el misterio admirable del Dios único y trino, como la enseña el Catecismo de la Iglesia: «Creemos firmemente y afirmamos sin ambages que hay un solo verdadero Dios, inmenso e inmutable, incomprensible, todopoderoso e inefable, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres Personas, pero una Esencia, una Substancia o Naturaleza absolutamente simple» (Catecismo N. 202).
Esta profesión de fe significa que la sustancia divina es una sola; pero ésta es igualmente la de tres Personas distintas el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; cada una de ellas es el mismo y único Dios, la misma y única sustancia divina, son «consustanciales». Tal vez, puede resultar menos precisa la traducción del Credo al español, cuando acerca del Hijo confesamos: «engendrado, no creado, de la misma "naturaleza" del Padre...». Es menos precisa, porque puede entenderse (separada de su contexto) como la fe de los pueblos politeístas, que creen en varios dioses, cada uno de ellos una sustancia individua, pero todos de la misma naturaleza divina. En la Atenas del tiempo de San Pablo Zeus era venerado como un dios de naturaleza divina y también Hermes era venerado como dios -otro dios- de naturaleza divina, y así todos los dioses del panteón eran muchos, pero todos de la misma naturaleza. Para citar otro ejemplo de ese vocabulario, los seres humanos somos en este momento cerca de nueve mil millones; cada uno es una sustancia individua, pero todos tenemos la misma naturaleza humana, por lo cual somos ese mismo número de personas. ¡No es así en Dios! En Dios la sustancia divina es única, las Persona son cada una esa misma sustancia. Por eso, es más precisa la fórmula latina del Misal Romano que, dicho sea de paso, es la versión auténtica, la que la Iglesia hace suya: «Credo in unum Dominum Iesum Christum... genitum, non factum, "consubstantialem" Patri... (de la misma sustancia que el Padre)».
« Felipe Bacarreza Rodríguez »




