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Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores

Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores


Publicación:26-09-2026
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Jesús enseña, mediante la parábola de los dos hijos, que la verdadera conversión se demuestra con los actos

Todos sabemos que Jesús comenzó su ministerio público acudiendo al bautismo de Juan en el Jordán y que en esa ocasión el mismo Dios acreditó ese rito de conversión de Juan enviando sobre Jesús el Espíritu Santo en forma de una paloma y declarando acerca de Él: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco» (cf. Mt 3,16.17). Sabemos que, mientras Juan estaba encarcelado por reprochar a Herodes su pecado de público adulterio, Jesús declara sobre él: «Es un profeta, y más que un profeta... entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista» (cf. Mt 11,9.11). Muchos años después, el evangelista Juan, debiendo exponer el misterio de la Palabra hecha carne, no puede omitir a Juan: «Hubo un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan. Este vino para un testimonio... para que todos creyeran por él» (Jn 1,6.7). En el Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo ordinario tenemos un nuevo reconocimiento por parte de Jesús del que fue enviado por Dios a prepararle el camino (cf. Lc 1,76).

Hemos avanzado en la lectura del Evangelio de Mateo hasta después de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén aclamado por la multitud como el «hijo de David» que «viene en el nombre del Señor» (cf. Mt 21,9.15). El día siguiente, mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo y le preguntaron: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?» (Mt 21,23). Todos habríamos deseado escuchar la respuesta de Jesús -aunque ya la sabemos, porque ha sido acreditado por su Padre en su Bautismo y Transfiguración (cf. Mt 3,17; 17,5)- y Él estaba dispuesto a responder, pero antes indaga de ellos, que son supuestamente los encargados de guiar al pueblo, su postura sobre Juan el Bautista: «También Yo les voy a preguntar una cosa; si me responden a ella, también Yo les diré con  qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan, ¿de dónde era, del cielo o de los hombres?» (Mt 21,24-25). Ellos rehúsan manifestar su postura respecto de Juan ante la gente que estaba presente -los guías rehúsan guiar- y responden: «No sabemos». Jesús bien sabe el origen de su propia autoridad; pero, dado que ellos se niegan a cumplir la condición impuesta por Él para que lo diga, agrega: «Tampoco Yo les digo con qué autoridad hago esto».

A continuación, como comentario a este diálogo -a decir verdad, infecundo por la falta de sinceridad-, Jesús expone por medio de una parábola dos casos en que cada uno de los allí presentes puede encontrarse. E involucra al auditorio comenzando con una pregunta: «¿Qué les parece a ustedes?». Y relata una historia que puede darse en la vida real, una parábola: «Un hombre tenía dos hijos. Acercandose al primero, le dijo: "Hijo, anda hoy a trabajar en la viña". Él respondiendo, dijo: "No quiero", pero después, habiendo recapacitado, fue. Acercandose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: "Yo voy, Señor", y no fue». Jesús pregunta al auditorio: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». Recibe, de parte de todos, la respuesta obvia: «El primero». Jesús concluye, dirigiendose a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, estableciendo el bautismo de Juan como criterio: «En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan por camino de justicia, y no creyeron en él; los publicanos y las prostitutas, en cambio, creyeron en él. Y ustedes, después, viendo, no recapacitaron para creer en él».

Los que están en la situación inicial del primer hijo -«No voy»- son todos los seres humanos, porque todos debemos confesar nuestro pecado, como lo hace David: «Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (cf. Sal 51,7); o, como enseña San Pablo: «Por un hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte; y así la muerte se propagó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom 5,12). San Pablo lo dice solemnemente: «Verdadera y digna de todo crédito es esta palabra: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; de los cuales el primero soy yo» (1Tim 1,15). Todos hemos respondido inicialmente: «No voy». Pero a todos se nos concede, por medio de Cristo, la gracia de «recapacitar». Por eso, la primera palabra de su ministerio público que Jesús pronuncia es esta: «Conviertanse» (Mt 4,17). Ambos verbos, «recapacitar y convertirse», en griego son semejantes y pueden traducirse por «arrepentirse»: «meta-mellomai», que se ha traducido por «recapacitar», significa literalmente «cambio de intento»; «meta-noéo», que se traduce por «convertirse», significa «cambio de mente».

¿Quiénes son los que están en la situación inicial del segundo hijo, los que presumen de decir a Dios: «Voy, Señor»? En esta situación están sólo quienes presumen de justos y, de esta manera, se excluyen de la salvación de Cristo, quien ante esta actitud declara: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13). Estos son los que enrostran a Dios su propia justicia, la que creen obtener por su propio esfuerzo en el cumplimiento de la ley, y se resisten a recibirla como un don gratuito. Terminan negando el don de Dios. San Pablo, que, antes de convertirse a Cristo, pertenecía a este grupo, se convierte diciendo: Anhelo «ser hallado en Cristo, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fidelidad de Cristo, la justicia que viene de Dios, fundada en la fe» (cf. Fil 3,9).

Jesús sólo menciona dos casos. El caso del que dice: «No voy» y después fue, que, como hemos dicho, corresponde al de todos los que se convierten a Cristo; y el caso del que dice: «Voy» y después no fue, que corresponde a todos los que confían en su propia justicia y rechazan a Cristo. Pero faltan otras dos posibilidades. Dejemos de lado el caso del que dice: «No voy» y nunca fue. A éstos se refiere Jesús cuando dice: «Yo me voy y ustedes me buscarán, y morirán en su pecado» (cf. Jn 8,21.24).

Pero está todavía el caso más excelente del que dice: «Voy, Señor» y, prontamente, fue y cumplió plenamente la voluntad del Padre. Este caso corresponde a una sola, a saber, la Santísima Madre de Dios, la Virgen María, que, por singular privilegio, en atención a los méritos de Cristo, fue preservada inmune del pecado original y de todo otro pecado (cf. Catecismo N. 491). Ella desde siempre se define a sí misma con estas palabras: «He aquí la esclava del Señor; hagase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38) y así lo cumplió plenamente, siempre y en todo.

Debemos agregar que no todos los sacerdotes judíos y no todos los fariseos pertenecen el grupo de los que después «no fueron». Muchos de ellos se pasaron al grupo de los que «se convirtieron y fueron». En efecto, no sólo el gran apóstol San Pablo, antes de su encuentro con Cristo, era fariseo declarado e intachable en esta condición (cf. Fil 3,5-6), sino también muchos de los primeros discípulos de Jesús provenían de ese grupo. 

Marta, la hermana de Lázaro, hace una clara declaración de la fe de los fariseos, cuando dice, respecto de su hermano muerto: «Sé que resucitará en el último día» (cf. Jn 11,24); y el mismo San Pedro, ante una voz del cielo que, respecto de todo tipo de animales, le dice: «Mata y come», resiste: «Jamás cosa impura ha entrado en mi boca» (cf. Hech 10,10-16). 

Por otro lado, respecto de los sacerdotes judíos, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos informa: «El número de los discípulos se multiplicó mucho en Jerusalén y una gran multitud de sacerdotes obedecían a la fe» (cf. Hech 6,7).

 

 



« P. Felipe Bacarreza »
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