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El fracaso de mi venida

Publicación:12-04-2026
TEMA: #Agora
Déjame que te cuente un cuento, este que va surgiendo solo y que no se quedará en simple verso, porque volará con el viento,
Versos encadenados o Prosa poética
Olga de León G.
A veces, mientras escribo dormida, o cuando sueño sin estar soñando, sola con los ojos cerrados y la imaginación volando, la poesía me sorprende dictándome algunas líneas plenas de ritmo y rima, que no sé de dónde vienen o de dónde salieron, Es como si las yemas de mis dedos supieran lo que el cerebro quiere que escriba, y lo escriben sin que yo los mueva... se mueven solos.
Y va saliendo el poema o el primer verso, y luego sigue el segundo, y el tercero; y para entonces, mientras yo duermo, el poema se va forjando.
Así, puedo escribir por horas y horas, sin que el cansancio ni el tedio dominen el escenario. Nunca sé cómo empezó. Por eso suelo hacer mía esa famosa frase de: "Yo solo sé que no sé nada". A veces pienso que en mi inconsciente yace la verdad de toda mi vida. Mas, me pregunto, ¿cómo puedo hurgar en el inconsciente sin que se dé cuenta mi conciencia de qué es lo que busco?
Déjame que te cuente un cuento, este que va surgiendo solo y que no se quedará en simple verso, porque volará con el viento, con el primer atisbo de un soplo invisible que me mandó el cielo, o las nubes traviesas que a ratos amenazan con caer encima de mi cabello y despeinarlo por completo.
Si las palabras fueran aladas, volarían por el mundo y mi poesía sería conocida. El vuelo del Ave fénix nunca fue tan cierto como el sentido de las ideas cuando se vuelven palabras... Y estas, sonido, ritmo y cadencia en el verso encadenado que produjo mi sueño.
Yo no sé qué tienen mis noches, que cuando despierto parece que no he dormido. Me levanto como sonámbula y camino por la casa, y como si no supiera en dónde estoy, voy abriendo cada puerta y encendiendo la luz para ver si dentro de cada habitación hay un reloj que señale la hora, una hora diferente en cada puerta que abro... como que tardo casi un día completo en pasar de un cuarto a otro cuarto... y la pesadilla no termina, como que casi no he dormido.
Vuelvo a la cama y me acuesto nuevamente, para cerrar mis ojos y terminar de soñar, especialmente si lo que he soñado hasta ahora, no ha sido ni bueno ni cierto, ni grato. El mundo se convulsiona y con él nosotros los humanos. Quiero irme muy lejos, más allá del horizonte, quiero llevarte conmigo para que no te quedes sola, porque si no te llevo, nadie estará viajando: ¿quién soy si no soy yo y mi sueño?
"En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía...", más o menos así, empieza el primer capítulo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y, juro por mis sueños, que yo también viví por aquel siglo en el hogar del hidalgo, junto a su ama cuya edad frisaba por los cuarenta años, y su sobrina que no llegaba a veinte, y su mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín, como tomaba la podadera. Dicho esto, en lo que creo con firmeza y verdad, he de deciros que también conocí a Agripina, la mujer del profesor que fue enviado a Luvina, para enseñar a los niños.
Y, con ella, con Agripina, me fui a buscar un lugar en dónde pasar la noche; mas, solo hallamos un jacalón lleno de rendijas, que alguna vez fue iglesia... y allí nos quedamos a rezar, ella con su niñito en brazos... hasta que nos encontró su marido, el profesor y exclamó: "Qué país es este, Agripina".
Ciertamente, este país ha cambiado poco, si a miserias y abismales diferencias sociales y económicas nos referimos. Por eso, de cuando en cuando, me recuerdo de la frase: "En qué país estamos, Agripina".
Otro escritor que también me gusta, aunque no haya sido tan revolucionario como Cervantes o Rulfo, es quien me dejó una herencia invaluable, Alejandro Rossi en algunas de las frases de sus textos, como esa con la que inicia su "Lectura bárbara" en el Manual del distraído: "Leer mal un texto es la cosa más fácil del mundo, la condición indispensable es no ser analfabeta".
Son de mi predilección muchas mujeres escritoras y poetas, desde Safo hasta la gran Rosario Castellanos, imposible nombrarlas de memoria a todas... Y extranjeros como Walt Withman, o el maestro de la prosa en lengua inglesa, Edgar Allan Poe, para mí el símil de Rulfo en lengua española.
Mis sueños y pesadillas quedan en deuda con muchos escritores y poetas.
La pesquisa deshecha
Carlos A. Ponzio de León
Al Cuauh lo conocí en el Hospital Ramón de la Fuente, en la Ciudad de México. Los detalles ya los he contado en alguna otra parte. Ambos fuimos pacientes psiquiátricos. A mí me dieron de alta antes que a él. Nos despedimos comprometidos para volver a vernos, para un día, tocar juntos. Él daba clases de piano y tocaba el instrumento al nivel intermedio. Deseaba tocar jazz. Había tomado algunos cursos con personalidades conocidas de la Ciudad de México. Yo tocaba la flauta. Nos tomó años cumplir la promesa de ponernos a tocar juntos.
Al principio, luego de nuestra salida del hospital, nos encontrábamos dos veces al año. Yo lo invitaba a desayunar al Vips de la calle de Durango, en la Condesa. Él se desvelaba mucho viendo televisión. Bromeábamos diciendo que se quedaba viendo pornografía toda la noche, porque luego batallaba para levantarse y llegaba desvelado a nuestros desayunos de las diez u once de la mañana.
Siempre era la misma historia. Él iba a esperar a que terminara el mundial, o las olimpiadas, o la siguiente Eurocopa o el próximo torneo de no se qué, en no sé dónde, para ponerse a estudiar piano. Entonces ya podríamos juntarnos a tocar. Hicimos un primer intento hasta a los tres años de habernos conocido. Él simplemente no traía listas, al tempo correcto, las piezas que íbamos a tocar. Pero sí había estado ensayando.
Continuamos desayunando juntos dos veces al año. Hasta que pasaron seis años de habernos conocido. No sé qué lo convenció, pero en enero de 2014 finalmente nos reunimos para tocar jazz, en el departamento de la del Valle, el de los Poetas Torturados. Quizás fue que yo le había prometido que le enseñaría a improvisar. Él era consciente de que llevaba años cursando talleres y aún no sabía cómo improvisar con tres notas. Nos juntamos un sábado. Fuimos a comprar un cartón de cervezas, regresamos al departamento, se sentó al piano, yo ajusté mi flauta transversa y comencé a tocar fragmentos de melodías de dos compases para que él las repitiera idénticas, usando movimientos por grados conjuntos. Notas adyacentes. Al principio, las notas salían. Pero luego de algunas cervezas, los fallos comenzaron. Luego de tres o cuatro birrias, nos dimos por vencidos y prometimos volver a intentarlo la siguiente semana, sin alcohol. Esa sería una promesa que mantendríamos: no volvimos a ensayar, ni a tocar en vivo, bebiendo o habiendo bebido. Lo cumplimos durante los nueve años que estuvimos juntos.
Aquella tarde, nos movimos de la sala a la barra de la cocina y comenzamos a platicar sobre nuestros intereses literarios. Él tenía una idea para guion. Yo le platiqué de mi Memoria y de la novela en la que estaba trabajando. Decidimos que cada sábado, nos reuniríamos a tocar y después de ello, acompañados por unas cervezas, haríamos un taller literario con nuestros escritos. También llegamos a realizar lecturas en voz alta de cuentos pertenecientes al canon literario latinoamericano, leíamos también poesía, analizamos partituras clásicas y grabaciones de jazz; me apoyó en algunos proyectos de micro documentales y fotográficos. En fin, hubo un sinnúmero de actividades que realizamos en los nueve años que duró nuestro taller semanal. El Miss llegó y se fue. Jean Ville llegó y se quedó hasta que pudo. El Cuauh permaneció también hasta que pudo. Parece que nada es eterno en este Mundo.
Las tocadas arrancaban a la una de la tarde, el taller literario lo iniciábamos a las tres, cerca de las cinco comíamos y luego continuábamos con tremendas parrandas hasta las doce de la noche. Borracheras insólitas: comíamos y bebíamos más allá de la saciedad. Noches de risas que salían a borbotones hasta doblarnos, séquito inconcluso para nuevas formas de reír. Hubo bromas que salieron por las ventanas del departamento para irse a recorrer la ciudad con sus pasos pesados.
Mi Cuauh: mi amigo, mi compañero de tantas variadas batallas en la Ciudad de México, una década de compartir sueños, triunfos y derrotas. Supiste disfrutar de todo lo que la vida te puso enfrente, hasta saciarte. Llevaste prisa en tu caminar lento, pasión y fe en la música que tocaste, y corazón cuando lo hiciste en público. Fuiste ejemplo de temple en tantas cosas: del irse para ganar la guerra cuando se ha perdido toda la batalla. Dejas una obra pequeña por su extensión, pero que será reconocida justamente en su momento un día. Tu libro de poemas "La muerte no sabe deambular por la ciudad", es inmensa. Tu colaboración a nuestro disco "QIV", es magnánime.
Mi Cuauh, fuiste hecho para permanecer en la memoria mundial, tu música y tu poesía se quedan para alimentar el corazón de muchos. Ya hablamos de ello un día.
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