Cultural Singularidades
El Hijo del hombre ha venido a servir y a entregar la vida

Publicación:29-08-2026
El Evangelio de este Domingo XXII del tiempo ordinario no es una perícopa, porque no alcanza su sentido pleno separado de su contexto. En efecto, se vincula con lo anterior por la cláusula: «Desde entonces, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos...» y se vincula con lo siguiente por la precisión temporal: «Y seis días después toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los lleva a un monte alto...». La misma sucesión de episodios se observa también en los Evangelios de Marcos (Mc 8,27-9,8) y Lucas (Lc 9,18-36), con la visión propia de cada uno de ellos.
Lo que comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos, a saber, «que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser matado y al tercer día resucitar», se vincula con la confesión de Pedro, en modo particular, con la primera parte de esa confesión: «Tú eres el Cristo», que es la parte en que coincide con los otros dos evangelistas y que también en ellos es causa de que Jesús ordene a sus discípulos «que a nadie hablen sobre Él» y que comience a anunciar su pasión, muerte y resurrección. Esa prohibición tiene en Mateo una referencia explícita a la parte que hay que omitir: «Entonces ordenó a sus discípulos que a nadie dijeran que Él es el Cristo» (Mt 16,20).
El título «Cristo» vincula a Jesús con David como su hijo y como aquel que debía reinar sobre todo el pueblo de Israel -la «casa de Jacob», cuyos doce hijos dan origen a las doce tribus-, tal como fue anunciado por el Ángel Gabriel a la Virgen María: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). Esto es lo que esperaban los judíos en el tiempo de Jesús y, en particular, era lo que esperaban sus discípulos hasta el último momento de su permanencia en esta tierra como vemos que le preguntan instantes antes de que ascendiera al cielo: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hech 1,6). Jesús tuvo que evitar que su misión fuera reducida a un hecho político y a una pretensión del poder de este mundo. Por eso, cuando acepta que Él es, en efecto, el Cristo, prohíbe a sus discípulos decirlo y comienza a manifestar que su misión es reinar, pero sirviendo y entregando la vida, como lo aclara más adelante a sus discípulos, cuando ellos se disputan los primeros lugares en su reino: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a entregar la vida en redención de muchos» (Mt 20,28).
No correspondía con la expectativa de los discípulos, que lo confiesan como el Cristo, que tenga que padecer a manos de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas y, por eso, Pedro, aunque lo hace tomandolo aparte, «se puso a reprenderlo diciendo: "¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!"». Lo hace como un acto de adhesión a Jesús en su condición de Cristo; pero estaba poniendo así un obstáculo a la misión de Jesús, una piedra de tropiezo en su camino -un escándalo- y, de esta manera, pensando en un reino humano, estaba haciendo la obra de Satanás, quien, induciendo a Adán a desobedecer a Dios, introdujo el pecado y la muerte en toda la humanidad. Jesús vino a salvar a la humanidad del pecado y la muerte haciendo el camino contrario: «Tomando la condición de esclavo... se humilló a sí mismo, haciendose obediente hasta la muerte, muerte de cruz...» (cf. Fil 2,7.8). Así se explica que Jesús rechace la reprensión de Pedro llamandolo «Satanás» y le ordene no ponerse como obstáculo en su camino: «Vete detrás de mí, Satanás; escándalo eres para mí, porque no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres».
Este rechazo de Jesús a lo sugerido por Pedro, llamando al apóstol «Satanás», parece más extraño en el Evangelio de Mateo, porque, como hemos visto, en este Evangelio Pedro confiesa a Jesús también como «el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16), suscitando en Jesús una bienaventuranza personal para el apóstol y declarando que esa confesión es revelada a él por Dios. Jesús llama ahora «Satanás» al mismo que antes ha llamado «Piedra», puesta como fundamento de «su Iglesia», y a quien ha prometido: «Te daré las llaves del Reino de los cielos y lo que ates en la tierra será atado en el cielo (se entiende por Dios) y lo que desates en la tierra será desatado en el cielo», es decir, los pensamientos de Pedro son los de Dios. Hay que observar, sin embargo, que todo eso es verdad, pero está dicho con todos los verbos en futuro: «edificaré, te daré, será atado...». Todo se cumplió en su momento, después de que los apóstoles recibieron el Espíritu Santo y, con este Don, la fuerza de ser testigos de Jesús. Vemos, en efecto, a Pedro declarando ante el tribunal judío: «Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: "Jefes del pueblo y ancianos, ... Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos ser salvados"» (Hech 4,8.11-12).
Debemos observar que Jesús comenzó a manifestar no sólo que debía sufrir y ser matado, sino también «resucitar al tercer día». Pero este desenlace, que repitió también en los sucesivos anuncios, nunca entró en la consideración de sus discípulos; lo tomaban probablemente como una metáfora, recurso del cual Jesús solía hacer uso. Incluso, las mujeres y, entre ellas, la más cercana, María Magdalena, van a su sepulcro a ofrecer los servicios funerarios a un difunto, hasta el punto de que el Ángel del Señor debió recordarles, con un cierto reproche: «Ha resucitado, como lo había dicho» (cf. Mt 28,6; cf. Lc 24,6-7). La única que creyó y, por tanto, no va al sepulcro a ver un muerto es la Virgen María. Ella no merece reproche alguno.
Después de haber comenzado Jesús a manifestar su pasión y muerte, insinúa el tipo de muerte que sufrirá, a saber, «muerte de cruz». Lo sabe, porque tendrá lugar en Jerusalén, la capital de Judea, que había sido puesta bajo un procurador romano, Poncio Pilato, y el suplicio al que eran sometidos los condenados a muerte en Roma era la crucifixión, la misma que sufrieron los otros dos condenados junto con Jesús. Por eso, Jesús invita a sus discípulos a seguirlo en una muerte semejante a la suya: «Si alguno quiere venir en pos de mí, nieguese a sí mismo, tome su cruz y sigame». Bien acogió este llamado San Pablo, que anhelaba tener «comunión con los padecimientos de Cristo hasta hacerse semejante a Él en su muerte» (cf. Fil 3,4).
Jesús explica el llamado a tomar la cruz, -se entiende para entregar la vida, como Él-, diciendo: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará». Entendemos la sentencia: «Perderá su vida», porque todos sabemos que esta vida nuestra temporal termina; nadie vive más de noventa o incluso cien años, pero ¿qué es esto, comparado con todo el tiempo que ha corrido desde ese primer día de la creación? Y, si la vida en este mundo es tan fugaz, ¿para qué la tenemos? Con un solo fin: ¡para entregarla por el bien de los demás! Porque en esto consiste el amor sobrenatural, el amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, el Amor que es Dios. Así lo declaró Jesús: «Nadie tiene Amor más grande que este: que alguien entregue su vida por sus amigos (se entiende la amistad como la forma más elevada de amor)» (Jn 15,13). La vida terrena nos ha sido dada para que podamos poner, dado por Dios, ese acto supremo de amor. Así lo entiende el apóstol San Juan: «En esto hemos conocido el amor: en que Él (Jesús) entregó su vida por nosotros. También nosotros debemos entregar la vida por los hermanos» (1Jn 3,16). Así se entiende que Jesús asegure: «El que pierda su vida por mí, la encontrará». No puede encontrar la misma vida que ya perdió por Cristo, haciendo el acto supremo de amor, la vida de este mundo; la que encuentra es la verdadera vida, la que es eterna. Respecto de la vida eterna, la vida de este mundo no es más que la antesala.
En cambio, el que se niegue a entregar la vida por el bien de los demás, el que se niegue a perderla por Cristo, el que se dedique a gozar de esta vida procurando pasarlo bien aquí, «el que quiera salvarla», ése, quiera o no lo quiera, tarde o temprano, la perderá.
Pero vemos que Jesús hace una frase en paralelismo antitético con «la encontrará», refiriendose a la vida eterna, como hemos dicho. Por tanto, «la perderá», se refiere a esa misma vida, la eterna. Es el caso del necio del Evangelio, que proyectó pasarlo bien muchos años disfrutando de su abundante riqueza, pero Dios le dijo: «Necio, esta misma noche te reclamarán la vida» (cf. Lc 12,20).
« Felipe Bacarreza »




