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Entraron con el esposo al banquete de boda y se cerró la puerta

Entraron con el esposo al banquete de boda y se cerró la puerta


Publicación:07-11-2026
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La parábola de las diez vírgenes invita a los cristianos a mantenerse vigilantes y preparados para la segunda venida de Cristo

Después de que Jesús resucitado dejó la escena de este mundo y ascendió al cielo, la comunidad de sus discípulos quedó esperando su venida -esta vez en gloria y majestad, según su promesa- en la certeza de que ellos estarían vivos, cuando ocurriera ese evento que pondría fin a la historia humana. Ellos recordaban que, en los discursos de despedida, Jesús les había dicho: «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones... voy a prepararles un lugar... Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los tomaré conmigo, para que donde estoy Yo estén también ustedes» (cf. Jn 14,2.3); y, en la Ascensión de Jesús resucitado, cuando ellos quedaron mirando al cielo después de que una nube lo cubrió de su vista, dos hombres vestidos de blanco, que entonces se les aparecieron, les dijeron: «Galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que de entre ustedes ha sido ascendido al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto ir al cielo» (Hech 1,11).

La venida final de Cristo glorioso era considerada como un hecho claro y firme, dado que Jesús lo había afirmado en varias ocasiones, incluso en términos preocupantes: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» (Lc 18,8). Es un artículo del Credo de nuestra fe en la parte que se refiere al Hijo de Dios hecho hombre: «De nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos». Pero el día y la hora en que ese evento final ocurrirá no fue revelado por Jesús. Los primeros discípulos pensaban que ellos estarían vivos en ese momento y repetían a menudo: «Señor, ven (Marana thá)» (cf. 1Cor 16,22; Apoc 22,20), que nosotros seguimos repitiendo cada vez que celebramos la Eucaristía cuando Jesús se hace presente en el altar: «Ven, Señor Jesús». San Pablo, que nos refiere esa jaculatoria, pensaba que él estaría vivo en la venida de Jesús (la Parusía). Pero empezó a pasar el tiempo y algunos de los discípulos de la primera hora empezaron a morir, cundiendo la preocupación sobre la suerte de los que ya no estarían cuando el Señor venga. Hacia el año 50 d.C., en su primera carta a los cristianos de Tesalónica, que es el primer escrito del Nuevo Testamento, San Pablo enfrenta este problema tranquilizando a sus destinatarios: «Les decimos esto como Palabra des Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo... bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor» (cf. 1Tes 4,1-17).

El tiempo siguió pasando y también San Pablo comprendió que él ya no estaría entre «los que quedemos, los que vivamos» cuando venga el Señor. Entonces, entre los cristianos empezaron a cobrar más interés las palabras de Jesús que tienen relación con el tiempo de la espera y con la Iglesia, que es la institución fundada por Jesús para este tiempo. En el Evangelio de Mateo, que fue escrito hacia el año 70 d.C., se insiste en ambos aspectos de la enseñanza de Jesús. Es el único escrito que nos transmite la intención de Jesús de fundar «su Iglesia», cuando dice a Simón: «Tú eres Pedro (piedra) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (cf. Mt 16,18) y es el único que nos transmite las instrucciones de Jesús para la vida de su Iglesia: Si un hermano se obstina en el pecado «dilo a la Iglesia; y, si tampoco escucha a la Iglesia, sea para ti como el gentil o el publicano» (Mt 18,17).

Después de esta larga introducción, comprendemos que, tanto el Evangelio que correspondía al domingo pasado -Domingo XXXI (no se leyó, porque tomó su lugar la Solemnidad de Todos los Santos)- como el que leemos en este Domingo XXXII del tiempo ordinario -la parábola de las diez vírgenes que esperan al Esposo, que solo Mateo nos transmite-, responden a la dilatación de la Parusía. Debemos ponernos en el caso de los primeros discípulos para escuchar el punto central de aquella parábola: «Mi Señor tarda» (Mt 24,48), y el que escuchamos en el Evangelio de este domingo: «El Esposo tardaba», que hace aparecer la diferencia entre las cinco vírgenes prudentes y las cinco necias: «Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas».

La parábola no tiene como objeto transmitirnos la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio. Presenta una situación que en esa época ocurría, sobre todo, entre los más poderosos, a saber, la poligamia. El único, en la historia de la humanidad que pudo derogar ese régimen abusivo fue Jesús al decretar la unión única e indisoluble entre un hombre y una mujer, volviendo así esa relación al origen, tal como fue creada por Dios: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (cf. Mt 19,5-6; Gen 2,24).

El punto de la parábola es la diferente medida del amor al esposo de aquellas diez vírgenes, que se expresa en la diferente cantidad del aceite para sus lámparas del que se proveyeron para esperarlo todo el tiempo que quisiera tardar. Llegó el momento esperado, cuando se oyó en medio de la noche un grito: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salgan a su encuentro!». Pero, al llegar, el esposo encontró sólo a cinco de esas vírgenes, las que se habían provisto de suficiente aceite: «Llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta». El banquete de boda es la expresión de la felicidad plena. Lo da por supuesto Jesús, asumiendo Él mismo el rol del Esposo, cuando responde, a los que querían hacer ayunar a sus discípulos: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán» (Mt 9,15).

La sentencia: «Se cerró la puerta» expresa algo definitivo e irrevocable. En efecto, después de ese límite de tiempo, llegaron las otras vírgenes pidiendo ser admitidas: «¡Señor, Señor, abrenos!». El evangelista da a esta petición la forma de una oración cristiana dando al esposo el título repetido de «Señor». Pero ya no hay vuelta atrás. La respuesta que reciben de parte del esposo es de total disociación: «En verdad les digo que no las conozco». Allí termina la parábola. Pero sigue la advertencia que quiere inculcar Jesús a sus discípulos: «Velen, pues, porque no saben ni el día ni la hora». Esta se ha dirigido a todos los tiempos y también a nosotros.

La parábola tiene otros aspectos que destacar cuando es leída en nuestro propio tiempo de espera. Cuando Jesús expuso esta enseñanza, como hemos dicho, la expectativa de su venida gloriosa era mucho más viva que ahora, tanto que la proporción indicada por Él de los que anhelan su venida y están preparados para acogerlo tan pronto como venga es del 50%. Es la proporción de los que entran con Él al banquete. Cada uno puede preguntarse cuál es esa proporción hoy en su propio ambiente y, sobre todo, si él mismo es de ese número.

La proporción indicada por Jesús corresponde a un tiempo mucho más religioso que el nuestro, un tiempo en que el ser humano esperaba de Dios la felicidad plena. En nuestro tiempo el gran desarrollo tecnológico ha hecho que el ser humano confíe en sus propios medios y se sienta autosuficiente; no ve la necesidad de recurrir a Dios para alcanzar su plenitud. Incluso, la decisión sobre el fin, que corresponde sólo a Dios, parece estar hoy en manos del ser humano. La humanidad ha cambiado el temor de Dios, que es la conciencia viva de su grandeza infinita y de su infinito amor, por el temor al ser humano, que, movido por sus pasiones, puede desencadenar hoy el fin. El fin, la venida del Esposo, será cuando Dios quiera, porque, a pesar del poder adquirido por el ser humano, que se manifiesta, a menudo, en sus medios de destrucción, todo lo creado depende completamente del Creador y en esta certeza consiste la felicidad del ser humano como lo enseña el Catecismo: «Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza» (Catecismo, N. 301).

 

 



« P. Felipe Bacarreza »
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