Cultural Singularidades
Es nuestro deber y salvación, Padre santo, darte gracias

Publicación:10-10-2026
La parábola del banquete de bodas invita a todos al Reino de Dios y recuerda que la fe exige vivir de manera coherente con las enseñanzas de Cristo.
En el Evangelio de este Domingo XXVIII del tiempo ordinario leemos la parábola del rey que celebró el banquete de bodas de su hijo, que Mateo une con las dos parábolas anteriores -que hemos leído respectivamente en los Domingos XXVI y XXVII- con esta introducción: «Y, respondiendo Jesús, les habló de nuevo en parábolas diciendo: "El Reino de los Cielos es semejante a..."». Pero, luego, agrega solamente esta parábola.
La sucesión de estas tres parábolas -de los dos hijos enviados a trabajar a la viña, la de los viñadores homicidas y la del rey que invita al banquete de bodas de su hijo- nos permite discernir el modo de composición del evangelista Mateo. Es claro que Mateo y Lucas escribieron sus respectivos Evangelios con la intención de completar el Evangelio de Marcos, que ambos evangelistas tenían a mano, con otro material evangélico que ellos conocían. Pero lo hicieron independientemente y usando cada uno un criterio distinto y también cada uno material evangélico propio. Ambos adoptaron la trama de Marcos, a saber: ministerio de Jesús en Galilea - un solo viaje a Jerusalén - pasión, muerte y resurrección de Jesús en Jerusalén; ambos dispusieron de otra fuente común, que la ciencia bíblica ha llamado Q (de la palabra alemana Quelle=fuente), pero que es solo una hipótesis, que se deduce de las semejanzas literarias entre ellos, que no pudieron tomar de Marcos, porque ese material evangélico no está en Marcos (p. ej. el Padre Nuestro, la alabanza de Jesús a su Padre, las bienaventuranzas, etc.); por último, ambos tuvieron material propio que solo ellos conocían (p.ej. los relatos de cada uno de la infancia de Jesús, la parábola del hijo pródigo y del buen samaritano en Lucas, las parábolas del siervo despiadado y del juicio final en Mateo, etc.).
Mateo entonces, para exponer la respuesta de Jesús al cuestionamiento de su autoridad para enseñar en el templo, encontró en sus fuentes -el Evangelio de Marcos, la fuente Q y otra fuente propia- tres parábolas: la parábola de los dos hijos enviados por su padre a trabajar a la viña, que sólo él conoce (Mt 21,28-32); la parábola de los viñadores homicidas, que toma de Marcos (Mt 21,33-46 ?? Mc 12,1-12) y la parábola del rey que invita al banquete de bodas de su hijo, que suponemos tomada de la fuente de Q, dado que se encuentra también en Lucas, pero no está en Marcos (Mt 22,1-14 ?? Lc 14,16-24). Esta es la parábola que leemos este domingo. Lucas conoce esta parábola, pero la introduce en otro contexto y con otro fin, a saber, responder al anhelo expresado por alguien: «¡Bienaventurado el que pueda comer en el Reino de Dios!» (Lc 14,15).
Mateo ya tiene un «Sermón en parábolas» que introduce con las mismas palabras: «Les habló muchas cosas en parábolas...» (Mt 13,3). Reúne en ese discurso siete parábolas y seis de ellas comienzan con las mismas palabras; «El Reino de los cielos es semejante a...». ¿Por qué no agregó también a esa colección la parábola del rey que invita a la boda de su hijo, dado que comienza con esa misma comparación? Ciertamente, porque el tema de esta parábola corresponde mejor con el clima de confrontación en que se encuentra Jesús en el templo y con el tema de las otras dos parábolas que el evangelista agrupa aquí. Corresponde, como decíamos, al procedimiento de Mateo que consiste en juntar el material semejante que encuentra en sus fuentes.
Se trata, entonces, de un rey que envía a sus siervos a llamar a los invitados a la boda de su hijo. Estos son los primeros invitados, los preferidos del rey. Pero esta fue una invitación desairada: «Los invitados no quisieron venir». El rey insiste enviando otros siervos con este mensaje: «Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; vengan a la boda». Esta vez la respuesta fue despectiva y beligerante: «Ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron». Dado ese rechazo, el rey airado «envió sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad».
Pero, sobre todo, el rey dirigió su invitación en otra dirección, a los que nunca se habrían imaginado recibir semejante honor, porque no tenían mérito alguno: «Entonces el rey dijo a sus siervos: "La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Vayan a los cruces de los caminos y, a cuantos encuentren, invitenlos a la boda". Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales». También esta parábola, como la de los viñadores homicidas, habla de enviados que son repetidamente rechazados y matados y esto determina que la invitación se extienda a todos, buenos y malos. Aparece aquí la acentuación universal del Evangelio de Mateo, que alcanza su punto culminante en el envío de Jesús resucitado: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). Corresponde al procedimiento adoptado por San Pablo para extender el Evangelio a los gentiles: «Era necesario anunciar a ustedes, en primer lugar, la Palabra de Dios; pero ya que la rechazan y ustedes mismos no se juzgan dignos de la vida eterna, miren que nos volvemos a los gentiles. Pues así lo ordenó a nosotros el Señor: "Te he puesto como la luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra". Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna» (Hech 13,46-48).
Hasta aquí la parábola es paralela a la que leemos en Lucas (cf. Lc 14,16-24), con las adaptaciones de cada uno al contexto en que la introducen en sus respectivos Evangelios. Pero Mateo agrega una segunda parte, que corresponde a su preocupación, -siempre dentro de su acentuación universalista-, por cumplir con un patrón de conducta coherente con la condición de cristiano. En este Evangelio Jesús expone en el Sermón de la montaña la exigencia cristiana con estas palabras: «Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo... Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos no entrarán en el Reino de los cielos... El que cumpla uno de estos mandamientos más pequeños y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos...» (cf. Mt 5,13.14.19.20), etc. En esas sociedades antiguas el vestido es un modo de expresión del propio tenor de vida. La invitación universal del rey exige una presentación coherente. Esto es lo que quiere expresar Mateo con el agregado a la parábola: «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?"». La invitación es gratuita y universal y supera todo lo esperado; pero exige una vida coherente; de lo contrario aquivale a rechazar la invitación: «El rey dijo a los sirvientes: "Atenlo de pies y manos, y echenlo a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes"».
El don de la vida eterna que recibe un cristiano gratuitamente ha sido merecido para todos por Jesús con su muerte en la cruz. Es un don que supera todo esfuerzo humano y todo lo que el ser humano pueda siquiera imaginar. San Pablo afirma que en comparación con este don todo lo demás que el ser humano podría apreciar es «basura» (cf. Fil 3,8). Pero a quien semejante don ha sido dado corresponde reconocerlo, dando gracias y conduciendo una vida coherente. Esto significa el vestido de bodas que el invitado por el rey debía tener. Para dar gracias en forma proporcionada al don recibido el cristiano debe hacerlo «por Cristo, con Él y en Él», es decir, en la Eucaristía (= Acción de gracias) dominical, como decimos a Dios en el Prefacio de la Misa: «Es nuestro deber y salvación darte gracias, siempre y en todo lugar... por Cristo nuestro Señor». Quien no participa de la Eucaristía dominical ya está carente del vestido correspondiente, que consiste en dar gracias. Pero también está desvestido el que, aunque participe, proyecta con su vida un testimonio contrario a la enseñanza de Cristo. En la Oración Colecta de la Eucaristía del Domingo XV del tiempo ordinario oramos Dios diciendo: «Concede a todos los que se declaran cristianos rechazar todo lo que se opone a este nombre y acoger todo lo que le es coherente», en otras palabras, vestir el traje del invitado por Dios al banquete del Reino de los cielos.
« P. Felipe Bacarreza »




