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¡Madre Mía!

Publicación:10-05-2026
TEMA: #Agora
¿Qué significa ser madre? ¿Qué es lo que hace que una mujer pueda ser reconocida como madre, además obviamente de la maternidad?
Olga de León G.
¿Habrá un día en particular -solo uno que- unánimemente todas las personas, sin importar nacionalidad, ideología e idiosincrasia, ni el nivel cultural o económico al que pertenezcan, respeten y festejen más que cualquier otro de todos los días -patrios y religiosos o conmemorativos-, de los que existen en el mundo? Pienso que sí; y ese es: el Día de las Madres.
Si le quitamos el romanticismo que rodea a las madres, entendiendo que ciertamente no todas las mujeres deberían serlo, y entendemos que no todas aquellas que no lo pueden ser por razones biológicas u otras, no necesariamente carecen de esa capacidad de dar amor y protección, sino todo lo contrario: muchas sí deberían serlo, y en algunos casos lo son, porque su sensibilidad y predisposición de espíritu así se los dicta.
¿Qué significa ser madre? ¿Qué es lo que hace que una mujer pueda ser reconocida como madre, además obviamente de la maternidad? ¿Acaso llevará una estrella en la frente o una estela de luz que la envuelve, como si fuera su aura?
En teoría, a la madre se la ama y respeta por encima de cualquier otro ser humano o ente real o imaginario. Pero, la realidad muchas veces es otra: existen madres olvidadas, abandonadas, injuriadas, golpeadas y ofendidas, hasta por sus mismos hijos, quizás debería decir -para tales casos- "engendros"; pero, estaría ofendiendo doblemente a esas madres despreciadas y maltratadas, porque qué culpa tienen ellas de haber traído al mundo hijos no gratos. Y, si analizamos algunos casos, tal vez nos encontremos con que tales hijos –en ciertas ocasiones- son producto de las enseñanzas aprendidas en el propio hogar: de un padre prepotente y de una madre demasiado tolerante...
No lo sé, sé tan poco de este y otros asuntos, que apenas si voy razonando en el camino de las líneas que voy escribiendo. Y ante la reflexión, me surgen varias preguntas: ¿Qué tan buena hija fui? Lo fui realmente... Ya no vive mi adorable madre, para que pudiera responderme... murió demasiado pronto. Y yo, ¿habré sido la excelente madre que quise ser, o me quedé en el esbozo? Quizás debiera preguntarles a mis hijos, ahora adultos. Tengo un poco de temor de hacerlo, por aquello de que esté, no solo un poco, sino muy equivocada. Mejor así lo dejo: me quedo con la duda. O la ilusión de que sí soy y fui una madre, algo más que buena. Siendo la hija mayor de seis hermanos, tuve un poco de entrenamiento con mis hermanitos menores.
Pero bueno, esto ya está muy intrincado y mi idea era crear un cuento. Trataré de cumplir:
Hace mucho tiempo, en un lugar desconocido para la mayoría de la gente, vivía en lo más espeso del bosque una familia, formada por siete hijos, y el padre y la madre. No tenían muchas propiedades ni bienes, pero como decía la madre: nos tenemos a nosotros mismos: ¡eso es un tesoro!
El padre, con la ayuda de los dos hijos mayores, colectaba troncos y ramas gruesas sin follaje, para subir todo en la parte trasera de su troca. Cuando la llenaban, partían hacia la ciudad y en las madererías vendían todo. Allí convertían en muebles aquellos troncos de pinos y cedro
Cierto día fueron en busca de troncos hacia otro lado, donde crecían los árboles más altos y se daban las maderas más finas. Necesitaban más manos que ayudaran a juntar y subir, a la troca, los troncos que iban cortando, de modo que tuvieron que hacerse de las manos de otros dos de los hermanos y de las de la madre.
La noche anterior a su salida, la madre no durmió, con el fin de preparar suficiente comida. Saldrían cuatro hijos varones y los dos padres. El resto se quedaría al cuidado de la casa.
Llevaban las provisiones necesarias. Al final del primer día fueron bendecidos, pues pudieron vender todo y obtener un buen fondo de dinero. Pero, he aquí que la troca se descompuso a mitad del camino de regreso. La preocupación invadió a los padres. ¿Qué podían hacer? Uno tendría que regresar a la ciudad para buscar ayuda. El padre se hizo acompañar de uno de los hijos mayores. La mamá regresaría a casa. Así, los pequeños no se asustarían por estar solos más de lo planeado. Así que ella instruyó a los que se quedarían en la troca, a la espera de su padre, dejándolos con su bendición. Empezó la caminata. Mas, de pronto, se fue elevando sola en el aire, sin que nada, ni nadie, la sostuviera. Y así, volando, llegó a su casa. Ella no se dio cuenta de que volaba, hasta que elevó una oración al cielo...Y el viento la escuchó. Esa noche, corrió el rumor de que habían visto volando a un ángel.
La encabritada razón
Carlos A. Ponzio de León
El Nuevo Orden Político Internacional surgido durante el último año, convocó a los Zenthari: seres visionarios capaces de moldear materia, espacio y emoción a través de la creación. El objetivo era hacer realidad el Mundo de Dios: construir un planeta lleno de comodidades, donde el selecto grupo de los Thariens pudiera también disfrutar de los placeres que ofrecía el Universo, con toda su diversidad.
Pensaron en placeres físicos básicos (comer y beber, entre otros), placeres físicos del cuerpo (ejercicio, deportes); placeres emocionales (sensaciones de bienestar a través de sentimientos como el amor, la felicidad y la conexión íntima con otras personas: familia y grupos pequeños de amigos); conexiones institucionales (el matrimonio, la empresa, la relación entre sector público y privado), placeres intelectuales (adquisición de nuevos conocimientos, resolución de problemas, lectura, entendimiento del mundo y el Universo, y satisfacción de curiosidades); placeres psíquicos (mentales, recuerdos agradables, imaginación de situaciones placenteras); placeres intelectuales o contemplativos (conexión con uno mismo, con la realidad, meditación, apreciación de la belleza, música, artes); seguridad de vida (salud, trabajo y desempleo), y placeres sociales (interacción y compañía de otras personas, reuniones, celebraciones, compañía grande de amigos); entre otros.
Los Zenthari, encargados de diseñar el Mundo más agradable de Dios en el planeta, pensaron que era conveniente el uso de políticas públicas para la innovación de estructuras que pudieran dirigir a Portal por ese camino. No se trataba, en ese momento ni únicamente, de cambiar la vida económica, sino la vida privada de los Thariens, (el modelo a seguir); esa era la vida que debía rediseñarse. Quizás habría una jornada laboral más breve, apoyada por nuevas inteligencias, pero lo que era fundamental era mejorar las experiencias de vida que fueran factibles en Portal.
El mundo de Portal estaba constituido en seis regiones similares entre sí. Y el equivalente en su hermana Tierra, eran las siguientes: Norte Global Occidental y América Latina; Europa Oriental y Asia Central; Sudeste Asiático y Pacífico Insular; África Subsahariana en Desarrollo; Medio Oriente y Norte de África; y Regiones Árticas y Escasamente Pobladas. La vida sería más o menos homogénea dentro de cada región, pero con variantes culturales e influidas por la historia.
En el planeta de Portal, (donde la luz no se comporta como onda ni partícula sino como memoria líquida), los Thariens eran criaturas de belleza inimaginada, diseñadas por la simetría fractal del Renacimiento.
Sus cuerpos no tenían piel común, sino una membrana de filamentos biofotónicos que vibraban con el pulso del tiempo. Cada Tharien era una arquitectura de ADN visible, como si sus genes fueran vitrales suspendidos en el aire, reconfigurándose con cada ciclo vital. Nacían del polvo de proteínas ancestrales, crecían como espirales de luz y morían en un estallido de enzimas que germinaban en su próxima forma.
Sus ojos, más que ojos, eran cúmulos de ribosomas flotantes, capaces de traducir emociones en secuencias de aminoácidos. No miraban: interpretaban. No observaban: descifraban. Cada mirada: una síntesis proteica que alteraba el entorno, como si el mundo respondiera a su percepción.
En sus extremidades circulaban ramas de microtúbulos que se extendían y retraían según la gravedad emocional del momento. Caminaban sobre campos de magnetismo afectivo, dejando huellas que eran poemas codificados en histonas.
Su columna vertebral era una hélice triple, no doble, una anomalía que les permitía recordar vidas pasadas como si fueran archivos comprimidos en sus núcleos celulares. Cada renacimiento no era repetición, sino variación: una mutación estética que los volvía más complejos, ambiguos y más hermosos.
Algunos tenían órganos que emitían luz coherente, como láseres de nostalgia. Otros exhalaban neblina de neurotransmisores, alterando la conciencia de quien los contemplaba. Todos poseían una glándula de transfiguración: una estructura cuántica que les permitía elegir su forma futura, como quien elige un sueño antes de dormir.
Los Thariens no temían a la muerte. La muerte era su crisálida. Y en cada renacer, llevaban consigo fragmentos de sus errores, sus amores y mitologías. Eran belleza y creatividad, como la que habita en los códices olvidados, en las secuencias genéticas que nunca fueron activadas, en los sueños que la biología aún no ha tenido.
La vida de los Thariens había sido muy limitada en otro sentido: estaban bloqueados para alcanzar el éxito, si el éxito se medía en términos de lo que los No-Thariens consideraban tener éxito: renombre y dinero. No dejaban huella visible en la historia de Portal. Pero las nuevas reformas eliminaban esta restricción para el futuro, pudiendo alcanzar fama internacional y un nombre en grabado en la historia, durante, a lo sumo, una de cada dos vidas futuras.
La noticia llegó a oídos de Tanthos, último cartógrafo de realidades discontinuas, quien dijo: "Derrámese la sangre de la Antigua Conspiración".
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