Opinión Columna
La memoria que resite
Publicación:13-10-2026
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Existen muchos tipos de memoria:
La memoria que inicia como sensación a partir de las marcas y trazos en el cuerpo que dejan las caricias, aromas y sabores; que van tejiendo y esculpiendo un mapa en el organismo, construyendo el cuerpo, una especie de red que crea y sostiene el mundo que recién comienza a ofrecernos sus ritmos.
Poco tiempo después vendrá la memoria-representación, la memoria simbólica, aquella que se articula en palabras, que también coincide con un código y registro en paralelo, titubeante, que, por cierto, también amenaza con escabullirse, que se sostiene en delgados hilos de humo y agua.
Por momentos pareciera que se trata de una memoria dura, de la letra dura, de la literatura, pero que más bien asemeja a una parvada o un enjambre, a un cumulo de nubes que, cuando menos se advierte, ya se han ido. Intento imposible de un registro amoroso que nos va transitando, pero que a pesar de la pérdida algo resiste y permanece.
También está la memoria que se recicla, se desplaza y reinventa, que se edita y reedita según la posición presente; según su tono afectivo, sus usos y tendencias, sus objetivos, se advierta o no. En esta forma de registro la memoria equivale a no perder un soporte: del mundo, de la identidad y de la propia historia enlazada con la gran historia que se comparte con familia, amigos y con el colectivo social más amplio. Es la memoria como testimonio de que se ha existido, la memoria que ya anticipa nuestra inminente desaparición, nuestra partida, es la vida eterna de los muertos que sobreviven en el recuerdo, en el mundo de las ideas, de quienes con las remembranzas los evocan.
Luego está una memoria, que bien pudiera catalogarse como una anti-memoria, una antítesis del recuerdo, un verdadero devorador de la historia: la memoria que se intenta aprisionar en burocracias y protocolos, la memoria con sus verdades a modo, con su vida aniquilada en dogmas y estructuras de poder que dicta quiénes son los buenos y quiénes son los malos, que busca mantener siempre a todos los personas en el mismo lugar. Se trata de una memoria antimovimiento, una memoria que relata algo que ya nació muerto. Son las memorias que pretenden establecer y fijar algunos Estados y dictadores: una memoria que no busca recordar, sino olvidar, recortar y tergiversar; es la memoria-censura-verdades-a-modo que tanto gusta al poder en turno, y que precisamente por ello conlleva al ridículo.
Pero esa memoria dogmática siempre se encontrará con aquella memoria viva que se escapa y resiste a todo intento de reducción y aniquilación, pues es libe, trasciende y busca siempre su encuentro y realización en los cuerpos y las mentes, es esa memoria de lo singular que se articula y expande con lo social, que, pudiéramos decir con Freud, que es custodiada en lo inconsciente y que, por eso mismo, retorna siempre al mismo lugar para ser escuchada, reconocida, integrada y elaborada, so pena de continuar repitiendo secula seculorum el eterno retorno de lo mismo.
« Camilo E. Ramírez Garza »



