Cultural Singularidades
Yo los he elegido y los he destinado para que den fruto

Publicación:03-10-2026
La parábola de los viñadores homicidas invita a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios y a dar frutos de fe y vida eterna.
El Evangelio de este Domingo XXVII del tiempo ordinario nos transmite la parábola así llamada de «los viñadores homicidas». Para su correcta comprensión, como es el caso de todas las parábolas, es necesario considerar la situación concreta a la que responde y el auditorio al cual se dirige. En el Evangelio de Mateo el mismo Jesús vincula esta parábola con la anterior, la de los dos hijos -que nos trasmite sólo este evangelista-, diciendo al auditorio: «Escuchen otra parábola: hubo un hombre dueño de casa, que plantó una viña...». El auditorio es, entonces, el mismo, a saber, el pueblo que escuchaba la enseñanza de Jesús en el templo; y el objetivo de ambas parábolas es responder a la pregunta de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo sobre la autoridad de Jesús para expulsar a los mercaderes del templo, como lo había hecho el día anterior, y para enseñar al pueblo en el mismo templo, como lo estaba haciendo en ese momento (cf. Mt 21,23). Jesús se comporta en el templo como si fuera su propia casa, como lo es en verdad, según la palabra que había dicho a los vendedores de ovejas y palomas: «No hagan de "la casa de mi Padre" una casa de mercado» (cf. Jn 2,16). La pregunta de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo es beligerante y significa, en realidad: «¡Tú no tienes ninguna autoridad para hacer esto!». Por su parte, como aplicación de la parábola de los dos hijos, Jesús se había dirigido a ellos declarando: «En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios» (Mt 21,31). Este es el contexto de la parábola que Jesús agrega y que leemos este domingo.
Con rápidas pinceladas Jesús imprime en la imaginación de los presentes el esmero con que el dueño de casa cuidó de su viña: «La plantó, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre...». La descripción de Jesús está hecha para evocar el «canto por su viña», en el profeta Isaías, en que el Señor pregunta: «¿Qué más podía hacer por mi viña que no lo haya hecho?» (Isaías 5,4). La parábola continúa: «El dueño... la arrendó a unos viñadores y se ausentó». La atención de todos ya está dirigida hacia los frutos que espera obtener el dueño de esa excelente viña: «Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos». Los labradores no sólo desconocen toda retribución al dueño de la viña, sino, además, responden con inexplicable violencia: «Agarraron a los siervos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron, a otro lo apedrearon». Jesús insinúa la idea de varios envíos, todos rechazados violentamente. El dueño no pierde la esperanza e insiste: «Envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera». Estos siervos son fieles a su señor y están dispuestos a sufrir ese trato, incluso la muerte, por cumplir la misión encomendada. Podemos imaginar que el auditorio de Jesús ya ha dictado sentencia contra esos labradores asesinos. Pero ocurre lo insólito: el dueño sigue esperando que los labradores depongan su actitud y para eso toma una decisión extrema: «Finalmente, les envió a su hijo, diciendo: "A mi hijo lo respetarán"». Aunque Jesús no lo dice expresamente, la idea que se transmite es que se trata del hijo único. Mateo usa como fuente de esta parábola el Evangelio de Marcos y allí el evangelista es más explícito aún: «Tenía todavía uno, su hijo amado. A éste les envío, el último, diciendo: "Respetarán a mi hijo"» (Mc 12,6). La expresión «su hijo amado» ya ha sido usada en este Evangelio dos veces para expresar el modo como Dios se refiere a Jesús, en su Bautismo y en su Transfiguración: «Tú eres (Este es) mi Hijo amado...» (cf. Mc 9,7).
Están en lo cierto, por tanto, los labradores cuando, al ver al hijo único, dicen: «Este es el heredero». Y quieren ser ellos los que manden sobre la viña como dueños: «Vamos, matemoslo y quedemonos con su herencia». Y así lo hicieron: «Agarrandolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron». Jesús subraya un detalle, donde deja aún más clara la intención de la parábola: «Lo echaron fuera de la viña», fuera de su propia heredad, que hace resonar lo que más tarde se dirá de su propia muerte: «Jesús, para santificar al pueblo con su sangre, padeció fuera de la puerta» (Heb 13,12). Ya se había referido Jesús a la Ciudad Santa, cuando iba camino hacia ella diciendo: «¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados!» (Lc 13,34; Mt 23,37) y, en repetidas instancias, había anunciado a sus apóstoles que Él mismo moriría allí: «... Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado...» (cf. Mt 16,21).
Por medio de las insinuaciones que hemos destacado, comprendemos que Jesús está haciendo una «teología» de la historia de la salvación y de la respuesta del ser humano, en que los enviados en sucesivas instancias son los profetas que Dios envió a su pueblo, culminando, «cuando se cumplió la plenitud del tiempo» (cf. Gal 4,4), con el envío de su Hijo único. Lo mismo dice la carta a los Hebreos, aunque en forma menos imaginativa que la parábola de Jesús: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Falta todavía el desenlace de la parábola, para lo cual Jesús invita a los presentes a tomar partido ante la situación descrita: «Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Todos responden, como era de esperar: «A esos malvados dará una mala muerte y arrendará la viña a otros labradores, que le den los frutos a sus debidos tiempos» (usa la expresión de tiempo «kairoi», tiempos de salvación).
Jesús agrega una cita del Salmo 118 para expresar la completa falta de discernimiento de las autoridades judías: «¿No han leído ustedes nunca en las Escrituras: "La piedra que los constructores desecharon, ésta en piedra angular se ha convertido"?» (Sal 118,2). Rechazandolo a Él, esos constructores rechazarían la piedra angular, la que no tiene otra igual, de la cual depende la estabilidad de todo el edificio. Pero agrega, continuando con el mismo Salmo: «Esto proviene del Señor y es maravilloso a nuestros ojos» (Sal 118,3). Es verdad, el envío de su Hijo de parte de Dios es la expresión de amor más grande y evidente de toda la historia humana, como lo hace ver San Pablo: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rom 5,8). Lo maravilloso a nuestros ojos es el amor de Dios, que resplandece en la cruz de Cristo.
Jesús concluye con una advertencia: «Por eso les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y le será dado a un pueblo que produzca sus frutos». La advertencia rige, en primer lugar, para los allí presentes, como ellos bien lo entendieron: «Al oír sus parábolas los sumos sacerdotes y los fariseos, comprendieron que estaba hablando ellos» (Mt 21,45). Pero esa misma advertencia rige también para todos los tiempos, pues de todos espera el Señor los frutos, como Él mismo lo declara: «Yo los he elegido a ustedes y los he destinado para que vayan y den fruto y el fruto de ustedes permanezca» (cf. Jn 15,16). Jesús está hablando del fruto que dan los sarmientos unidos a «la vid verdadera», que es Él, es decir, de los frutos de vida eterna, los que permanecen, cuando todo el resto pasa.
« P. Felipe Bacarreza »




