Cultural Singularidades
Que no haya entre ustedes más deuda que la del amor mutuo

Publicación:12-09-2026
TEMA: ##EvangelioDelDomingo
El Evangelio invita a perdonar siempre, sin límites, dejando atrás el rencor y la venganza para vivir desde la misericordia y el amor al prójimo.
El Evangelio de este Domingo XXIV del tiempo ordinario retoma la lectura del «discurso eclesial» donde lo habíamos dejado el domingo pasado, pero vuelve atrás para retomar, en particular, el tema del pecado en la comunidad de los discípulos y lo desarrolla dandole mayor extensión por medio de la parábola del «siervo despiadado».
Antes de continuar con esta segunda instancia, es necesario discernir si, al retomar el tema del pecado, se vuelve sobre el mismo caso ya tratado. El Leccionario en uso entre nosotros introducía el tema por iniciativa de Jesús, de esta manera: «Si tu hermano peca contra ti, ve y corrigelo en privado...» (Mt 18,15ss) y, si esta corrección, hecha por el mismo ofendido, no tenía efecto, seguían los pasos sucesivos de llamar uno o dos otros testigos y, si tampoco esto logra la conversión del pecador, decirlo a la Iglesia y, si esta última instancia fracasa, «sea para ti como el gentil y el publicano» (cf. Mt 18,17). Debemos convenir que es un poco elaborado, cuando se trata de una situación que afecta solamente a dos hermanos de comunidad. Es verdad que puede ser un pecado que, siendo contra el prójimo, sea también contra Dios, como son los de la segunda tabla del Decálogo.
Al ordenar el procedimiento a seguir en el conflicto entre dos hermanos -uno peca contra otro-, Jesús da normas solamente para el caso en que el ofensor no escuche la reprensión y se obstine en su pecado contra el hermano. Pero ¿qué hay que hacer si el pecador reconoce su pecado y enmienda su conducta? Lo que corresponde es que el hermano ofendido o perjudicado lo perdone, como lo había enseñado ya Jesús junto con la oración que enseñó a sus discípulos: «Padre nuestro que estás en el cielo... perdonanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores... Que, si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes el Padre vuestro celestial; pero si no perdonan a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará las ofensas de ustedes» (cf. Mt 6,9.12-14).
Si este fuera el caso, entonces, el Evangelio de este domingo, agrega solamente el número de veces que hay que perdonar al ofensor, según la pregunta que hace Pedro: «Señor, ¿cuántas veces pecará contra mí mi hermano y yo lo perdonaré? ¿Hasta siete veces?».
En realidad, la lectura del domingo pasado -«si tu hermano peca contra ti»- tiene problemas de crítica textual y la Edición N. 28 del Nuevo Testamento Griego de Nestle-Aland pone la cláusula «contra ti» entre paréntesis cuadrados, lo que significa que los argumentos para incluirla y los argumentos para omitirla están equilibrados; hay manuscritos que la omiten y otros manuscritos de igual peso que la incluyen. La Biblia de Jerusalén opta por omitirla y la Biblia de la Conferencia Episcopal Española opta por incluirla. La Neo Vulgata, que es dirimente, la incluye: «Si autem peccaverit in te frater tuus...».
Nosotros, en el comentario del domingo pasado hemos optado por omitirla, porque, si Jesús mandara reprender al hermano solamente cuando peca contra mí, entonces no estoy obligado a reprenderlo cuando peca contra otro hermano o, peor aún, cuando peca contra Dios, por ejemplo, cuando practica la idolatría o la magia o el espiritismo, o blasfema o profana las cosas sagradas, o desprecia la celebración del Domingo, etc. Los pecados contra otro hermano también son pecados contra Dios, como faltar el respeto a los padres, atentar contra la vida de otros por el manejo irresponsable, el tráfico de droga, la delincuencia, el terrorismo y otros; cuando roba, puede ser contra el prójimo, a quien se ha arrebatado su propiedad, o contra la comunidad por actos habituales de deshonestidad en el pago de los servicios públicos u otros; cuando comete adulterio peca contra el legítimo cónyuge y también contra Dios..., etc. En estos casos, aunque veo a mi hermano que peca, aunque no sea contra mí, Jesús me manda reprenderlo: «Si tu hermano llega a pecar, reprendelo». Por otro lado, el verbo «pecar» está en la forma verbal subjuntiva, que indica una posibilidad remota, como era en la comunidad apostólica, en tanto que las pequeñas ofensas de unos contra otros, que no llegan a ser pecados graves contra Dios pueden ser «siete o... setenta veces siete».
Habiendo tratado, entonces, en el Evangelio de Mateo el pecado a secas, que es el pecado contra Dios, en el Evangelio de este domingo se trata el caso de las ofensas personales de uno contra otro, las palabras ofensivas, los comentarios descalificadores y otros que, dependiendo de la gravedad -mentiras y falsos testimonios contra el prójimo-, pueden llegar a ser pecados contra Dios. Se da por descontado que esas ofensas se deben perdonar, porque así lo mandó Jesús en el «Padre Nuestro», pero, según la pregunta de Pedro, ese perdón debe tener un límite y el apóstol pone, en su opinión, uno muy alto: ¿hasta siete veces? Notemos que el siete ya es un número usado en Israel para expresar algo numeroso; para decir «enésima vez» ellos habrían dicho «séptima vez». Lo notable y normativo es la respuesta de Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Este número quiere decir «siempre». Más aún, dado que se debe perdonar siempre, esas pequeñas rencillas no deben surgir entre hermanos y, si ocurre, deben llegar sólo hasta esa noche. San Pablo, que fundó varias comunidades cristianas -las Iglesias de distintas partes-, ciertamente conoce esta norma de Jesús y la interpreta así: «Enojense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre el enojo de ustedes y no den lugar al diablo» (cf. Efesios 4,26-27).
Jesús confirma su norma de perdonar siempre al hermano por medio de una parábola llamada del «siervo despiadado». En esta parábola se consideran las dos instancias, es decir, el pecado grave contra Dios -que puede ser también contra mí o contra otro hermano-, que excluye de la Iglesia y de la salvación a quien se obstina en él, y el pecado de un hermano contra otro. En el caso presentado por Jesús, un señor perdona a un siervo la deuda inmensa, imposible de saldar, de diez mil talentos, que equivale a 360 toneladas de oro. Pero este siervo es inflexible -despiadado- con un compañero que le debe cien denarios, que equivale al sueldo de cien días de un obrero, digamos $ 2.000.000, que equivale a 15 gr de oro 24k, y arroja a su compañero a la cárcel hasta que pague todo lo que debe. La primera deuda, la que tiene el siervo con su Señor, le fue perdonada; en comparación con ésta la deuda del compañero era insignificante y debió ser también perdonada con mayor razón, como lo dice el señor a este siervo: «"Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda ¡aquella deuda! porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?"». Y encolerizado su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía».
La deuda con el señor equivale al pecado contra Dios, que el hombre no puede expiar por sus propios medios. La gravedad del pecado contra Dios se mide por la dignidad del ofendido, infinita. Esa deuda la pagó Jesús ofreciendo su vida en sacrificio en la cruz. Él es del nivel de Dios -es Dios verdadero- y es uno de los nuestros, hombre verdadero. Uno de los nuestros, Jesús, pagó la deuda a Dios. Las deudas que tenemos de unos con otros también se miden por la dignidad del ofendido y, cuando son los hermanos, puede saldarse pidiendo perdón o teniendo una actitud equivalente de amistad. Conservar rencor y nutrir sentimientos de venganza, eso nos pone en la situación del siervo despiadado, según la conclusión que Jesús saca para nosotros de su parábola: «Esto mismo (lo que hizo el señor con el siervo despiadado) hará con ustedes mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano».
En realidad, nuestro Padre celestial, en materia de perdón de los pecados, hace con nosotros lo que nosotros mismos le pedimos que Él haga: «Perdonanos nuestras ofensas (que son de gravedad infinita) como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (que son de medida humana)». El rencoroso o el que tiene deseos de venganza parece querer engañar a Dios, cuando pronuncia esta oración. Esta es la oración de los hijos de Dios y es sincera cuando estamos dispuestos a perdonar a nuestros hermanos hasta «setenta veces siete». Ya que el Evangelio compara el pecado con una deuda, concluyamos con la norma que da San Pablo para todas las comunidades cristianas: «Que no haya entre ustedes más deuda que la del amor mutuo» (cf. Rom 13,8).
« Felipe Bacarreza »




