Cultural Singularidades
Sean sagaces como serpientes y sencillos como palomas

Publicación:17-10-2026
Jesús enseña a actuar con prudencia y sabiduría, sin perder la sencillez ni la fidelidad a Dios.
El Evangelio que estamos leyendo en la Eucaristía dominical en este año, en que se sigue el Ciclo A de lecturas, se conoce bajo el nombre de Mateo, uno de los doce apóstoles de Jesús y, si algo queda claro en este Evangelio es que este apóstol, antes de ser llamado por Jesús, era recaudador del impuesto que los judíos, como pueblo dominado, debían pagar a Roma. Por este motivo, dado que se trata de judíos que colaboraban con Roma, eran odiados por sus connacionales y, dado que Roma era un pueblo pagano, eran considerados «pecadores». En efecto, en el Evangelio de Mateo, de las ocho veces en que se usa ese nombre, siete es en la expresión «publicanos y pecadores» o «publicanos y prostitutas» o semejante y la única excepción es en la lista de los apóstoles: «Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés... Mateo el publicano...» (Mt 10,2.3).
Hay que considerar que la palabra «publicanus» es una palabra latina y no traduce exactamente la palabra griega «telones» que se usa en el Evangelio, que procede de la palabra «tele» = impuesto y designa, por tanto, a cualquier encargado de cobrarlos. «Publicanus», en cambio, procede de la expresión «Res Publica», que era el nombre dado a Roma. «Publicanus» es, por tanto, ya una interpretación y designa en modo despectivo a un judío colaboracionista con Roma. Uno de éstos era del grupo de los Doce y debía ser muy favorable a ese pago, precisamente «impuesto» por Roma.
Pero también formaba parte del grupo de los Doce Simón, llamado el cananeo, pero que Lucas aclara: «el Zelote» (cf. Lc 6,15; Hech 1,13) y, por tanto, miembro del grupo judío más radicalmente nacionalista y opuesto a la dominación romana, hasta el punto de tener en sus filas a sicarios, prontos a apuñalar a cualquier soldado romano desprotegido y también a los judíos colaboracionistas.
El hecho de que estos dos extremos se hubieran unido como hermanos para seguir a Cristo es el modelo a imitar por todos los discípulos de Cristo, como lo formula San Pablo: «Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28). Pero, en vida de Jesús, es probable que esta situación diera pie para exigirle a Él una definición que lo comprometiera. Es lo que leemos en el Evangelio de este domingo.
Después de haber respondido a los sumos sacerdotes y fariseos, por el cuestionamiento a su autoridad para enseñar, en una forma que sólo Él, como la Palabra de Dios encarnada, puede hacer, -sigue el Evangelio- «los fariseos fueron y celebraron consejo sobre la forma de entramparlo en alguna palabra». Se trata literalmente de ponerle «una trampa» en alguna «palabra humana» a Él, que es la «Palabra de Dios». Para llevar adelante lo urdido en ese consejo, los fariseos vieron que era conveniente coludirse con los «herodianos». Se unen también, por este lado, dos extremos, pero con el fin de poner a Jesús una trampa. En efecto, los fariseos eran contrarios a la dominación romana, por ser Roma un pueblo pagano, y se resistían al pago del impuesto a Roma para no encontrarse financiando la idolatría de ese pueblo, que veneraba al emperador como «divino Augusto». Por su parte, los herodianos eran favorables a la familia de Herodes y conniventes con la dominación de Roma, que, en el tiempo de Jesús, tenía a uno de ellos, Herodes Antipas, como tetrarca de Galilea, y a otro, Filipo, como tetrarca de Iturea y Traconítida (cf. Lc 3,1), ambos hijos de Herodes el Grande, el que mandó matar a los niños inocentes.
Los fariseos, que son los autores del plan, «envían a sus discípulos, junto con los herodianos, a decir a Jesús: "Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el Camino de Dios con verdad y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas"». Si el lector no supiera que se trata de una trampa, esta introducción lo haría pensar que se trata de fieles discípulos de Jesús que lo veneran como «maestro» y desean ser instruidos por Él sobre algún tema, seguros de ser orientados por el «Camino de Dios», que es el modo como llamaban a la Ley de Dios; esperan de Jesús lo mismo que piden a Dios: «Enseñame tu camino, Señor, guíame por senda llana» (Sal 27,11 y passim). Mucho nos habría convenido a nosotros que esa pregunta hubiera sido sincera y que Jesús nos hubiera instruido sobre la relación entre el poder civil y el poder de Dios.
Después de la introducción sigue la pregunta: «Dinos, pues, qué piensas Tú: ¿Está permitido pagar impuesto al César o no?». En otras palabras: ¿Es lícito a un judío colaborar con el César? Ponen a Jesús en una encrucijada en la cual cualquiera de las alternativas le habría traído problemas. Si responde: «Está permitido», lo habrían acusado de aprobar las leyes del imperio, que eran muy contrarias a la Ley de Dios, en cuanto, como decíamos, incluían el culto al emperador, los espectáculos del circo, el divorcio, el aborto, etc. Por otro lado, si responde: «No está permitido hacerlo», lo habrían acusado de estar contra el imperio, lo cual habría significado su detención inmediata por subversivo.
Jesús capta la falsedad de la introducción de ellos. Ellos no desean ser instruidos por Él, como parece, sino ponerle una trampa. Por eso, responde poniendo en evidencia la verdad: «Conociendo Jesús la malicia de ellos (que tiene la forma de falsedad), les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tientan?"». Jesús llama «tentación» a la acción de los fariseos asociados con los herodianos, porque su finalidad es mala. Ellos intentan la perdición de Jesús. Esa misma finalidad tenían las tentaciones de Satanás a las que fue sometido Jesús en el comienzo de su vida pública. Por eso, allí se da a Satanás el nombre de «tentador» (cf. Mt 4,1.3).
Pero en la Escritura, en la mayoría de los casos, el sujeto del verbo «tentar» es Dios, sin ir más lejos, en el mismo Padre Nuestro, y entonces tiene otro sentido y debe traducirse al español como «poner a prueba». Oramos, entonces, a Dios, nuestro Padre, diciendole: «No nos introduzcas en tentación = No nos pongas a prueba» (Mt 6,13; Lc 11,4). Sabemos que el sentido de la Escritura que la Iglesia declara auténtico se encuentra en la versión latina de la Neo Vulgata y allí, sin vacilación, en ambas instancias se lee: «Ne nos inducas in tentationem».
Pedimos a Dios que no nos ponga a prueba, porque no nos sentimos capaces de superarla; le pedimos, más bien, que nos libre de todo mal. Sujeto del verbo «tentar» es también Jesús, cuando pone a prueba (tienta) a Felipe y el apóstol pasó la prueba mal (cf. Jn 6,5-7). Entendemos que el apóstol ore en el futuro diciendo: «Señor, no me pongas a prueba...». Este mismo verbo griego, y también latino, tiene también como sujeto al ser humano, cuando él «tienta a Dios», lo pone a prueba, violando un mandamiento que decía: «No tentarás al Señor, tu Dios» (cf. Deut 6,16), y de esa violación, mantenida durante cuarenta años, se queja Dios en el Salmo invitatorio, usando el verbo y su sentido: «Los padres de ustedes me tentaron, me pusieron a prueba, aunque habían visto mis obras» (cf. Sal 95,9). Jesús expió esta conducta del pueblo en relación a Dios, rechazando la tentación de Satanás, que lo inducía a arrojarse desde el alero del templo para que Dios tuviera que enviar sus ángeles a sostenerlo, diciendole, precisamente: «Está escrito: "No tentarás (no pondrás a prueba) al Señor, tu Dios"». Sabemos que la oración es lo que más contribuye a la unidad de la Iglesia y hace de ella el Cuerpo de Cristo, sobre todo, la oración que nos enseñó Jesús.
Esperamos que llegue pronto el día en que todos los que llamamos a Dios «Padre nuestro», le dirijamos la misma oración: «No nos pongas a prueba, sino libranos del mal».
Los fariseos y herodianos creyeron poder superar a Jesús con su sagacidad. Pero, después de desenmascararlos, Jesús se revela más sagaces que ellos. En efecto, les dice: «"Muestrenme la moneda del tributo". Ellos le presentaron un denario». Nada más natural. El denario era el salario de un obrero en un día y ellos tenían consigo esa cantidad. La moneda es lo primero que impone un Estado dominador a uno dominado y Roma había impuesto su moneda en todo el imperio.
El denario, en el tiempo de Jesús, tenía por el anverso el busto del César con la inscripción: «Tiberio César, Augusto, hijo del divino Augusto»; y por el reverso una figura sentada con estas letras: «Pontífice máximo».
Pero los judíos tenían en su Ley prohibido hacerse imágenes de cualquier cosa, pero, sobre todo, cuando son idolátricas, como era ésta que representaba al César y lo llamaba «hijo del divino Augusto y Pontífice máximo». Viendo esa moneda Jesús pregunta, como si lo ignorara, para que ellos lo declaren: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Han caído en su propia trampa. Ya responden con menos dominio de la situación: «Del César», dejando en evidencia su violación de la Ley de Dios.
Decíamos que habríamos deseado nosotros ser instruidos por Jesús sobre el tema de la relación entre el poder civil y el poder de Dios. Pero somos plenamente instruidos por la sentencia de Jesús: «Devuelvan pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Jesús no deja de responder a la consulta, pues, al ordenar devolver al César su moneda, está ordenando dos cosas: 1) Liberense de su dominación, cuyo signo es la imposición de la moneda, adhiriendo, de esta manera, a la postura de los fariseos, y 2) Entregandole esa moneda, estarán pagando el impuesto, impidiendo de esta manera ser acusado por los herodianos de subversivo. Jesús nos da así ejemplo de esa sagacidad que recomienda a sus apóstoles: «Sean sagaces como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10,16). Los mismos que habían venido a tentarlo no pueden dejar de reconocer la sabiduría de Jesús: «Al oír esto, quedaron maravillados, y dejandolo, se fueron».
« P. Felipe Bacarreza »




