Cultural Singularidades
Tú eres el Hijo del Dios vivo

Publicación:22-08-2026
El Evangelio de este Domingo XXI del tiempo ordinario y la página de Jn 21, 15-17 nos revelan claramente que Jesús tuvo intención de fundar su Iglesia sobre el Apóstol Pedro y de darle a él el Primado. Así lo ha entendido la Iglesia de Cristo, la que Él llama «mi Iglesia», desde el primer día, como resulta evidente a todo lector del Nuevo Testamento. En la segunda de esas instancias, Jesús resucitado confía su rebaño a Pedro, repitiendole tres veces: «Apacienta mis corderos – Pastorea mis ovejas – Apacienta mis ovejas». Por otro lado, en el Evangelio de este domingo leemos que Jesús, durante su vida terrena, estableció a Pedro como la «piedra» sobre la cual Él edificaría su Iglesia.
La del Evangelio de este domingo es particularmente importante hoy, dado que en nuestros días hemos sido testigos de la decisión de un grupo de miembros de la Iglesia Católica -Obispos, presbíteros y laicos- de romper deliberadamente la comunión con el Sucesor de Pedro. En los hechos, ya no resultan fundados sobre Pedro y, por tanto, no cumplen la condición de Iglesia de Cristo, como lo declaró Jesús: «Tú eres Pedro y sobre esta "piedra" edificaré mi Iglesia». Pedro es la garantía de la Iglesia una y universal de Cristo. Veamos el contexto en que Jesús hizo esa declaración.
«Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?"». Jesús se encuentra lejos de su centro de operaciones, que es Cafarnaúm, acompañado solamente por los Doce. La distancia entre Cafarnaúm y Cesarea de Filipo es de 59 km y se puede recorrer a pie en dos días. El Evangelio no nos informa sobre la finalidad de este viaje, aunque sí nos informa sobre lo que ocurrió en ese lugar. La pregunta que hace Jesús a sus discípulos se entiende solamente, si se considera que su fama se ha difundido, sobre todo, por su enseñanza y sus milagros y, cuando recorre la Galilea, Jesús a menudo está rodeado de multitudes, que se preguntan ellos mismos: ¿Quién es éste? (Mt 7,28-29; 8,18; 8,27; 9,31; 11,3; 12,8; 12,23; 12,41-42; 13,55-56; 14,33, etc.).
En esta primera pregunta sobre la opinión de la gente acerca de Él, Jesús se refiere a sí mismo en tercera persona usando la expresión «Hijo del hombre», la que suele usar cuando quiere acentuar su humanidad. Corresponde a una forma de hablar semita, que destaca la condición de alguien llamandolo «hijo de...» esa condición. En este caso «hijo del hombre» significa «hombre». ¿Por qué no usa Jesús, en esta primera pregunta, el pronombre «Yo»? Probablemente, porque este pronombre designa la propia persona y, en el caso de Jesús, esa Persona es la segunda Persona de la Trinidad, Dios mismo. Jesús no espera que la opinión que la gente tiene sobre Él haya llegado a ese punto. En efecto, las respuestas son elogiosas, pero insuficientes: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Los tres personajes bíblicos indicados por su nombre con los cuales se identifica a Jesús tienen la característica común de ser profetas y ostensiblemente célibes, de donde se deduce que este modo de vida de Jesús era lo que más llamaba la atención de la gente. Si no fuera así, se habría esperado que entre las respuestas sobre quién decía la gente que era Jesús se hubiera mencionado la de «hijo de David», como de hecho se lee un poco antes: «Toda la gente atónita decía: "¿No será éste el Hijo de David?"» (Mt 12,23; 9,27; 15,22).
Estas respuestas son la expresión de una opinión favorable de la gente sobre Jesús. Pero no obtienen de Él reacción alguna. Jesús espera de los Doce, que han convivido con Él, una respuesta más cercana a la verdad sobre su Persona. Por eso, agrega una segunda pregunta, esta vez indagando la opinión de ellos: «Ustedes ¿quién dicen que Yo soy?». Observamos que en esta segunda pregunta Jesús ya no usa la expresión «Hijo del hombre» y para referirse a sí mismo usa el pronombre personal «Yo» (aunque lo hace declinado en el caso «acusativo», en griego «me»: «Huméis tina me léghete einai»). El pronombre «yo», dicho por quienquiera, expresa su propia persona. Y así es también dicho por Jesús. Pero en Él, esa Persona es divina, es la segunda Persona de la Trinidad, que asumió la naturaleza humana y, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre verdadero, pero no persona humana. Su naturaleza humana está asumida por su Persona divina. Jesús pregunta entonces a los Doce qué Persona dicen ellos que es Él.
La pregunta es colectiva -«ustedes...»-, pero, responde Simón Pedro, en el entendido de que los representa a todos; todos concuerdan con la respuesta que él da: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Se esperaba una respuesta simple; pero Pedro considera que no está completa si no es doble: el «Cristo» y el «Hijo del Dios vivo», que son de valor desigual. Analizaremos cada parte por separado.
Todos coinciden en que la primera identificación de Jesús que había en el pueblo era con Juan Bautista. Pero, antes de que se presentara Jesús al bautismo de Juan, según nos informa Lucas, existía en todos el pensamiento de que el Cristo podría ser Juan: «Estando el pueblo a la espera y pensando todos en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo...» (Lc 3,15). Si ya todos pensaban esto sobre Juan, no es mucho que una vez que vino Jesús y Juan lo reconoció como el que había de venir y como «el más fuerte que él», que bautiza, no sólo con agua, sino con el Espíritu Santo, los apóstoles, que habían sido discípulos de Juan, y que luego habían seguido a Jesús y habían sido testigos de su enseñanza y sus milagros, lo confesaran a Él como el Cristo. En cierto sentido, lo pensaba también el pueblo, que, viendo la actuación de Jesús, se preguntaba, como lo hemos dicho: «¿No será éste el Hijo de David?» (Mt 12,23), lo que equivale a decir «el Cristo», como responden a una pregunta de Jesús: «"¿Qué piensan acerca del Cristo? ¿De quién es hijo?". Responden: "De David"» (Mt 22,42).
Más importante es la segunda parte de la respuesta de Pedro: «Tú eres el Hijo del Dios vivo». Esta confesión ya no está en el pueblo; está sólo en los Doce. En efecto, ellos ya han llegado a esa convicción, cuando Jesús vino hacia ellos, que estaban en la barca, caminando sobre el agua e hizo caminar sobre el agua también a Pedro y, luego, calmó la violencia del viento: «Los que estaban en la barca se postraron ante Él diciendo: "Verdaderamente, eres Hijo de Dios"» (Mt 14,33).
Esta segunda parte de la confesión de Pedro es la que suscita de Jesús la bienaventuranza: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». El episodio de la Confesión de Pedro se encuentra también los Evangelios de Marcos y Lucas; pero en estos Evangelios la confesión de Pedro no incluye la segunda parte (Mc 8,29: «Tú eres el Cristo» - Lc 9,20: «El Cristo de Dios») y, por tanto, tampoco va seguida de la bienaventuranza a Pedro ni de la confirmación de sus palabras por parte de Jesús declarandolas «reveladas» por quien llama, precisamente, «mi Padre». Esto se encuentra sólo en el Evangelio de Mateo. Es impresionante el hecho de que pocas líneas puedan tener un efecto tan trascendente en la historia de la humanidad.
Confesar a Jesús como «Hijo de Dios» significa declarar su divinidad. Así lo entendieron los judíos que crucificaron a Jesús y ¡lo entendieron bien!, aunque no lo creyeron.
En efecto, en cierta ocasión en que los judíos acusaban a Jesús de violar el sábado por haber dicho a un paralítico: «Toma tu camilla y camina» (Jn 5,8), Él responde: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y Yo también trabajo» (Jn 5,17). Esto se consideró mucho más grave que violar el sábado: «Los judíos trataban con mayor empeño de matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciendose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18).
Es verdad que, si Dios tiene un Hijo, éste no puede ser sino de naturaleza divina, la misma naturaleza que su Padre. Pero querer ser «como Dios» fue el pecado de Adán (Jn 3,5-6), cuya sentencia fue la muerte. Por eso, los judíos quieren matar a Jesús y, más adelante, para obtenerlo de Pilato, le dicen: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7).
« Felipe Bacarreza Rodríguez »




