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Yo estoy en medio de ellos

Yo estoy en medio de ellos


Publicación:05-09-2026
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El Evangelio de este Domingo XXIII del Tiempo Ordinario invita a reflexionar sobre la corrección fraterna, el perdón y la reconciliación dentro de la Iglesia.

En la lectura continuada del Evangelio de San Mateo, lo habíamos dejado el domingo pasado en Mt 16,27, después del primer anuncio de Jesús a sus discípulos de su pasión, muerte y resurrección (Domingo 22-A: Mt 16,21-27), que, a su vez, está a continuación y motivado por la confesión de Pedro (Domingo 21-A: Mt 16,13-20). Es importante hacer, por lo menos, una alusión al episodio siguiente, que es la Transfiguración del Señor (Mt 17,1-9), que el evangelista vincula con lo anterior por medio de una inusual precisión temporal -«seis días después»- y que nos presenta la reacción de Dios mismo a los dos episodios anteriores.

En efecto, la voz que resonó desde el cielo en el momento de la Transfiguración de Jesús en presencia de Pedro y de los hermanos Santiago y Juan: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco» (Mt 17,5), desata lo desatado por Pedro en la tierra seis días antes: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16) y confirma así la garantía dada por Jesús al apóstol: «Lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo (por Dios)». Además, estas mismas palabras del cielo son una paráfrasis de las palabras de Dios con que comienzan los «cantos del Siervo del Señor»: «He aquí mi siervo a quien Yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma (= me complazco)» (cf. Isaías 42,1) y, por tanto, evocan todos esos cantos, en los cuales se lee, acerca de ese Siervo, entre otras cosas semejantes: «Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias... El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus moretones hemos sido curados» (cf. Isaías 53,3.4.5). En la Transfiguración, introduciendo un cambio esencial en el título de esos cantos -en lugar de «mi Siervo» dice «mi Hijo»-, Dios declara que lo profetizado acerca de ese Siervo lo va a cumplir su Hijo, confirmando así el anuncio de su pasión y muerte pronunciado por Jesús seis días antes, a continuación de la confesión de Pedro. No hay que ir muy lejos para confirmar esta interpretación, porque el mismo Mateo ya ha dicho antes que en Jesús se cumplen los cantos del Siervo: «Les mandó enérgicamente que no lo descubrieran; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: "He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él..."» (cf. Mt 12,16-21).

Es claro que, a pesar de lo dicho, no se continúa con la lectura de la Transfiguración del Señor en este domingo, porque este misterio tiene en el calendario litúrgico su día propio el 6 de agosto y su domingo propio el Domingo II de Cuaresma.

La lectura del Evangelio de Mateo continúa este Domingo XXIII del tiempo ordinario en la mitad del «discurso eclesial», que había comenzado al principio del Capítulo XVIII con la respuesta de Jesús a una pregunta de sus discípulos que tiene relación con la vida eclesial (queda como «tarea» examinarla). Este domingo leemos la respuesta de Jesús sobre cómo se debe proceder ante una situación lamentable, pero posible, que afecta a un hermano y a toda la Iglesia: «Si tu hermano llega a pecar...».

En la frase anterior Jesús había declarado: «No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños» (Mt 18,14. Mantengo el adjetivo «vuestro» por su correspondencia con nuestra oración: «Padre nuestro»). Esta es la conclusión de la parábola de la oveja perdida, en la cual el pastor que tiene cien ovejas deja las otras 99 para ir tras la perdida. En la vida eclesial la perdición de un hermano es el pecado. Por eso, Jesús expone a continuación ese caso: «Si tu hermano llega a pecar...». En la Iglesia del tiempo de los apóstoles, en que los cristianos estaban dispuestos al martirio, el caso se presenta como algo poco frecuente; pero posible, incluso hasta el extremo lamentado por San Pablo: «Sólo se oye hablar de fornicación entre ustedes, y una fornicación tal, que no se da ni entre los gentiles, hasta el punto de tener uno de ustedes la mujer de su padre» (1Cor 5,1).

Ante el pecado de un hermano, la reacción de los demás miembros de la Iglesia es indicada por Jesús como algo normativo; es lo que debe hacer quien tiene conocimiento de esa situación, porque es lo que corresponde a la caridad fraterna, que es el mandamiento más importante, puesto por Jesús al mismo nivel que el amor a Dios (cf. Mt 22,39): «Vete y reprendelo, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». Es el resultado feliz que acababa de indicar Jesús: «Se alegra más por esa oveja encontrada y reconducida al redil que por las otras 99».

Jesús sigue indicando las normas de la caridad fraterna para el caso lamentable de que la primera reprensión no tenga ese feliz resultado: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos». Se trata de intentar la corrección del hermano por el consejo de dos o tres miembros de la Iglesia que puedan tener mayor influencia sobre él. También en este segundo nivel se puede tener el feliz desenlace que salva al hermano y alegra a todos.

Pero, si rehúsa también esa segunda instancia, todavía es necesario dar el paso extremo, siempre procurando la salvación del hermano, movidos por el amor a él que, en esa situación de pecado, está perdiendo el Bien supremo: «Si los desoye a ellos, diselo a la Iglesia. Y si hasta a la Iglesia desoye, sea para ti como el gentil y el publicano». Lo peor que se puede hacer ante un hermano que ha perdido la amistad con Dios a causa del pecado es la indiferencia, es decir, actuar como si la pérdida de la gracia divina no tuviera mayor importancia. Estar excluido de la plena comunión con la Iglesia es estar excluido de la comunión con Dios. Si el hermano se convierte y concibe verdadero dolor de su pecado y firme propósito de enmienda, es readmitido con alegría en la comunión con la Iglesia y mediante el Sacramento de la Penitencia, en ejercicio del poder dado por Jesús resucitado a los sacerdotes -«A quienes ustedes perdonen los pecados les quedan perdonados» (cf. Jn 20,23)-, es restituido el hermano a la comunión con Dios.

Hemos insistido en hablar de la «Iglesia» y no de la «comunidad», porque esta es la palabra usada dos veces en este episodio del Evangelio. La palabra «comunidad» existe en griego y se dice «koinonía». Pero aquí se usa la palabra griega «ekklesía», palabra que ha designado a la comunidad de los discípulos de Cristo en los 21 siglos de cristianismo. Se usa también en la importante misión encomendada por Jesús a Pedro: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18).

El Evangelio de este domingo tiene una segunda parte en la cual se expresa la esencia de la Iglesia, a saber, el poder dado a ella por Cristo de anunciar la verdad y el bien y su presencia en medio de ella.

Jesús declara respecto de toda la Iglesia -con Pedro, porque al margen de Pedro no sería la Iglesia de Cristo- lo mismo que ha declarado antes respecto de Pedro solo: «En verdad les digo que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo». La expresión semita «atar y desatar» se aplicaba para las dos actividades de las facultades espirituales humanas, a saber, la inteligencia y la voluntad. «Atar» significa declarar algo falso en el ámbito de la inteligencia o algo malo en el ámbito de la voluntad; «desatar» significa declarar algo verdad en el ámbito de la inteligencia o bueno en el ámbito de la voluntad. Cuando esto lo hace la Iglesia con Pedro a la cabeza, queda hecho en el cielo, como lo hemos dicho más arriba, cuando se trata de este mismo poder dado a Pedro solo.

El poder de intercesión ante Dios de la Iglesia es ilimitado: «En verdad les digo también que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos». ¿Cómo se explica semejante poder? Por esta propiedad que tiene la Iglesia de la presencia en medio de ella de Cristo mismo: «Porque donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos». 

Y Él no puede inspirar a su Iglesia una petición que no coincida con la voluntad de Dios. En efecto, la Iglesia y Dios «atan y desatan» lo mismo.

Jesús, desde su nacimiento, ha sido definido como el «Emmanuel», nombre hebreo que significa: «Con nosotros Dios» (cf. Mt 1,23). Y todo el Evangelio de Mateo queda incluido en esta promesa indefectible de Jesús resucitado: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los siglos» (Mt 28,20). 

Pero esta misma promesa la repite Jesús en medio del Evangelio en este discurso eclesial: «Donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos». Nunca están los cristianos más reunidos en el Nombre de Jesús que en la celebración de la Eucaristía, donde se hace presente Él mismo con su Cuerpo y Sangre, alma y divinidad y se nos da como alimento, de manera que esté también en cada uno según su declaración: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él» (Jn 6,56).

 

 



« P. Felipe Bacarreza »
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