Opinión Columna
Cuando los padres envejecen
Publicación:03-11-2026
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El tiempo avanza implacable marcando su ritmo. La vida siempre es sorprendente.
Un dolor y una pena me acompañan desde hace ya tiempo, algo del orden de lo inevitable es la causa: el natural envejecimiento de mis padres, la declinación de algunas de sus funciones físicas y mentales.
Alguna vez escribí que el acompañarlos en ese tránsito de sus vidas era una especie de despedida amorosa, lenta y destilada; en otros momentos, que desearía que mi amor y agradecimiento fueran tan fuertes —y milagrosos— para renovarlos y sanarlos cada día de todo lo que les duele; que pudieran moverse con la libertad de antes, que pudieran correr, salir a pasear a donde quisieran, bailar, nadar, ir al gimnasio y al yoga —como solían hacer; decirles que todavía hay tiempo, que mi amor y esperanzas rompieran las barreras del cronos y la naturaleza, que los amo con un amor infinito. Pero nada de eso es suficiente y, en ocasiones, es lo único, una añoranza.
Las memorias del tiempo compartido se van entretejiendo con el presente que tenemos, recordar es vivir dos veces. La platica y la música nos envuelven en su atmósfera en estos nuevos tiempos, marcándonos un ritmo nuevo en el que aún podemos danzar un baile nuevo. Estar ahí para ellos, cuidarlos y acompañarlos en el día a día es la mejor forma de amor y agradecimiento, eso mismo que ellos hicieron tantas veces y con mucha dedicación por cada uno de nosotros. Esos abrazos y besos de llegada y despedida —que se desearía fueran eternos— nos sacan de las trayectorias de nuestros propios tiempos acelerados mientras que ellos continúan a su paso.
A veces, cuando cierran sus ojos para descansar durante el día, dormitando en el sillón bajo el peso del cansancio, los contemplo, imaginando cuando ellos nos veían y cuidaban con la misma dulzura cuando éramos niños.
Al escribir estas líneas, cargadas de afecto para mí y mis hermanos, recuerdo las palabras de Sigmund Freud, en una entrevista a George Sylvester Viereck en 1926.
"¿Por qué debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera.
De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?... No soy un pesimista, ¡no mientras tenga a mis hijos, a mi esposa y a mis flores.
Las flores afortunadamente no tienen carácter ni complejidades. Amo mis flores. Y no soy infeliz, al menos no más infeliz que los demás"
« Camilo E. Ramírez Garza »



