Opinión Editorial
La felicidad en México: una rúbrica diferente
Publicación:09-04-2026
++--
Según el Informe Mundial de la Felicidad 2025, México ha logrado escalar hasta la décima posición global
Según el Informe Mundial de la Felicidad 2025, México ha logrado escalar hasta la décima posición global y entrar por primera vez en el selecto grupo de las naciones más felices del mundo. Este avance resulta asombroso si se considera que apenas en 2024 el país ocupaba el lugar 25. El salto no solo representa una mejora en la puntuación, sino un fenómeno sociológico que nos obliga a preguntarnos qué estamos midiendo realmente cuando hablamos de bienestar en territorio mexicano.
El Informe mide la felicidad a partir de la percepción de los individuos sobre sus ingresos, el apoyo social, la esperanza de vida saludable y la libertad para tomar decisiones. Al observar los primeros lugares de la evaluación —Finlandia, Dinamarca, Islandia, Suecia e Israel— el patrón es claro. Estas sociedades comparten niveles envidiables de bienestar social, confianza plena en sus gobiernos, sistemas de salud de excelencia y una corrupción prácticamente inexistente.
En el caso de México, los especialistas sugieren que nuestra posición no emana de variables económicas o institucionales, sino de una arquitectura emocional y cultural profundamente arraigada. La cohesión familiar, el sentido de comunidad y las redes de apoyo social actúan como un amortiguador ante la precariedad. Es aquí donde reside la explicación de nuestra felicidad, pues mientras la percepción vuela alto, los indicadores objetivos de calidad de vida permanecen anclados en una realidad que no es consistente con la calificación de 10.
Resulta contradictorio hablar de plenitud cuando el país registra cerca de 80 homicidios diarios, acumula más de 130 mil personas desaparecidas y mantiene a casi 9 millones de seres humanos en pobreza extrema. A este panorama se suma una de las variables críticas del estudio: la percepción de la corrupción. Mientras los líderes del ranking son referentes de transparencia, México se estanca en los últimos puestos de mediciones internacionales, como el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, donde el país apenas alcanza 30 de 100 puntos posibles. Tampoco es fácil sostener la idea de bienestar bajo un escenario donde el 55 por ciento del empleo es informal y donde persisten brechas educativas entre la población. Además, la limitada movilidad social y la desconfianza crónica en las instituciones son factores que, bajo cualquier lógica racional, deberían hundir cualquier índice de satisfacción.
Sin embargo, parece que a los mexicanos nos salvan la familia, los amigos, los compadres y ese sentido del humor que nos permite reír frente a las crisis. Es imposible no recordar a Gabriel García Márquez cuando decía que "la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla". La felicidad en México reside precisamente en ese ejercicio de reinterpretación constante de la realidad, una narrativa donde el afecto compensa la ausencia de Estado y la omnipresencia de la corrupción. Y al parecer, algunos políticos lo han entendido muy bien.
Nadie duda de la seriedad del estudio de Gallup y la ONU, ni mucho menos de la autenticidad de lo que el mexicano siente. No obstante, es un hecho que navegamos con una jerarquía de prioridades dictada por razones culturales y del corazón que, aunque profundas, se encuentran lejos del bienestar real.
Al ser felices en la carencia y la deshonestidad institucional corremos el riesgo de normalizar las omisiones del Estado y hacernos olvidar nuestra responsabilidad de exigir un país con mayor justicia social. Bien dicen que no solo de afectos —y mucho menos de abrazos— vive el hombre; la felicidad emocional es un refugio necesario, pero nunca debería ser el sustituto de un Estado que garantice paz, salud y legalidad.
Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com
« Leticia Treviño »


