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Opinión Editorial


Un punto de vergüenza


Publicación:19-02-2025
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Debido a una falta de sentido de vida singular se toma la vía genérica de la transgresión, la cual promete a quienes la ejercen, disfrutar ilimitadamente

Mientras que el crimen no avergüence a quien lo realice, habremos de presenciar un incremento exponencial de los actos transgresores a todos los niveles y sectores, desde el que tiene lugar en la calle, cuerpo a cuerpo, al de cuello blanco corporativo y estructural que ejercen diferentes grupos y gobiernos. El mismo mecanismo tiene lugar al dañar la propia casa, la calle, la colonia y la ciudad donde se vive: dañar lo del otro y lo circundante, sin reparar que es el propio espacio compartido por todos, inclusive por quien ejerce la destrucción.

Cuando digo vergüenza no me refiero a la vergüenza social relacionada con la “imagen social” manchada ante los demás, sino a una vergüenza singular que se produce cuando una persona se acerca o aleja del sentido singular de la propia existencia. En ese sentido, se trata de un afecto íntimo vinculado con las convicciones y que funciona como un referente singular para la toma de decisiones, pero, más en general, para darle una orientación, un principio de responsabilidad, a la existencia, no tanto como una forma de responder a alguien más (padres, dios, autoridad…) generando culpa de localización externa, sino un compromiso consigo mismo, una posición ética y no moralista ante la vida.

En nuestro mundo existe, prácticamente a todos los niveles y contextos, una fascinación por la transgresión de los límites (familiares, sociales, educativos, laborales…) desafortunadamente promovida por autoridades familiares, escolares, políticas... como una forma de aparente liberación bajo la cual se cree que se tiene derecho a violentar y transgredir como estilo de vida. Se oye decir: “me lo merezco”, “quiero disfrutar”, “soy libre”, “estoy en mi propiedad”, “yo hago lo que quiero, para eso trabajo” y muchas más por el estilo. 

Debido a una falta de sentido de vida singular se toma la vía genérica de la transgresión, la cual promete a quienes la ejercen, no sin engaños, disfrutar ilimitadamente. Esa es la base de la apología del crimen: al transgredir las reglas el goce se expande, la promesa es no perder, no estar en falta; bajo dicha cultura, la respuesta es la violencia, la agresión más directa, descarada y con un timbre de orgullo, ignorando que con ello la vida se reduce y autodestruye.

Como lo expresó Colette Soler, psicoanalista francesa, nuestra época se caracterizada por un narcinismo (narcisismo + cinismo= narcinismo) el cual, podríamos decir, entre otras cosas, que se refiere a una manifestación abierta, directa y sin vergüenza de acciones violentas, como los cientos de lords y ladys que polulan en todas las redes sociales, personajes más allá de lo maleducado, que rayan en el crimen, exponiendo sin ningún tipo de vergüenza sus prejuicios, transgresiones y violencia con un aire de superioridad que emula a muchos otros personajes deleznables de la política y el espectáculo. 

Es por ello que el trabajo de maestros, padres de familia, artistas, periodistas, científicos, empresarios, gobernantes…es de suma importancia, ya que el quehacer de cada uno de ellos es fundamental para dar una forma distinta a lo vivido, mostrando que la vida social e individual están íntimamente relacionadas, y encuentran su humanización tanto en el límite como en las posibilidades creativas, más que en el exceso y la transgresión, que la cultura es contexto para el reconocimiento mutuo y para la articulación de las diferencias, y no para el consumo rapaz donde cada persona es reducida a objeto y cliente a ser explotados, ambiente que ofrece como única posibilidad para las personas una especie de neodarwinismo extremo donde sólo sobrevivirán los que agredan y transgredan más.





« Camilo E. Ramírez »