Opinión Editorial


De la oposición al poder


Publicación:18-05-2026
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Mauricio Macri gobernó Argentina de 2015 a 2019.

Mauricio Macri gobernó Argentina de 2015 a 2019. Ingeniero civil de profesión, fue presidente del Club Boca Juniors, jefe de Gobierno de Buenos Aires y, más tarde, como líder opositor de la alianza Cambiemos, llegó a la presidencia tras doce años de gobiernos kirchneristas, es decir, de Néstor Kirchner y su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, identificados con la centroizquierda.

Se podría decir que Macri tuvo aciertos, pero sus detractores prefieren referirse a la fuerte caída del ingreso per cápita de Argentina, a una inflación acumulada superior al 300 por ciento, al aumento de la pobreza y al alto endeudamiento.

En Polonia, Lech Walesa pasó de liderar el sindicato Solidaridad, que cuestionaba los regímenes socialistas impuestos en Polonia y en toda Europa del Este, a convertirse en presidente de su país. Ganó el Premio Nobel de la Paz y gobernó de 1990 a 1995.

Y aunque dejó un legado positivo por contribuir al fin del comunismo y ser pieza clave en la transición hacia la democracia, fue ampliamente criticado por su gestión presidencial y, finalmente, los polacos rechazaron su reelección.

Los casos de Macri, en Latinoamérica, y de Walesa, en Europa, son apenas dos de cientos de ejemplos en los que queda de manifiesto el liderazgo natural, el carisma que mueve masas y capitaliza el hartazgo social. Son figuras que saben ser oposición y que, tarde o temprano, han sabido asumir el poder político.

Es cierto: la oposición política es importante para la salud democrática de cualquier país. Fomenta el debate, sirve de contrapeso para frenar el absolutismo y se convierte en inquisidora del gobierno.

México no está exento de este fenómeno. Cuando un empresario con botas le dijo sus verdades al gobierno hegemónico, imponiendo su voz grave y exigiendo inmediatez para resolver problemas, los mexicanos voltearon a verlo y lo convirtieron en el primer presidente no priista de la historia.

Le pongo el ejemplo de Nuevo León. Tanto fue el cántaro a la fuente —permítame la figura retórica— que el panista Fernando Canales Clariond hizo realidad el gran sueño de don Eugenio Garza Sada: fusionar en uno solo el dinero de la clase pudiente y el poder.

¿Y qué decir del Bronco? Con su franca forma de dirigirse a la "raza", se los echó al bolsillo.

Viendo hacia atrás, hay tantas cosas que en su momento prometieron y no cumplieron. Ni estuvieron cercanos a la gente ni atendieron sus reclamos.

Hay muchos que, como oposición, son excelentes: atacan donde más duele al adversario, le sacan sus trapitos al sol, alzan la voz y nos hacen soñar con una mejor sociedad. Pero gobernar ya es otra cosa, y cosa muy seria.

A la entrada triunfal de las tropas revolucionarias a la Ciudad de México, Francisco Villa invitó a Emiliano Zapata a ocupar la silla presidencial; éste la rechazó por considerar que estaba "embrujada" y que enloquecía a quienes se sentaban en ella. O, dicho de otro modo, todo cambia.

Ser oposición no garantiza un buen papel como gobernante. Muchos se vuelven sensibles al comentario agrio, no toleran la crítica y, con frecuencia, solo obedecen a sus propios datos. Peor aún, gobiernan mediante ocurrencias, les falta método, se vuelven lejanos de la sociedad que creyó en ellos.

Quien incursiona en la política debe estar preparado para saber perder, escuchar el reclamo y respetar la voluntad de la mayoría.

A la luz de los acontecimientos de los meses recientes, me queda claro que 2026 es una gran y explosiva antesala que impactará en los comicios de 2027.

Aprendan y aprendamos a ser buenos actores políticos, ya sea como oposición o como gobierno. Todos tienen —y tenemos— mucho por decir. Escuchemos, seamos escuchados, aprendamos las lecciones que nos va dejando la historia. Entre todos, sin duda podemos forjemos un mejor futuro para las nuevas generaciones de mexicanos.



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