Opinión Editorial
La medida de nuestra independencia
Publicación:17-09-2026
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Festejar la Independencia es una de las celebraciones más significativas de la historia y cultura mexicana. Nos permite valorar nuestra identidad y la fortaleza de la unión ciudadana en la defensa de la soberanía como la facultad de un pueblo para determinar su destino sin someterse a poderes externos.
Sin embargo, existe una contradicción de fondo. Una nación puede proclamarse formalmente soberana hacia el exterior y albergar a la vez a millones de personas sin libertad para decidir sobre su propia vida.
Existen diversos índices internacionales y nacionales que miden la independencia real a través de tres dimensiones clave: soberanía efectiva, fortaleza del Estado y autonomía de los ciudadanos. Al revisar estos indicadores, el diagnóstico sobre México resulta revelador.
La primera dimensión es la soberanía efectiva. Se refiere a la capacidad real de un Estado para tomar decisiones económicas y políticas de manera autodeterminada, sin subordinación a una potencia o a un mercado.
De acuerdo con el INEGI, el Banco de México y la Secretaría de Economía, en 2025 México exportó casi 665 mil millones de dólares en —una cifra histórica—, pero el 83 por ciento provino de un solo cliente, Estados Unidos. Esa concentración convierte a la economía mexicana en un reflejo de la de aquel país. Un país que depende de un solo mercado para ocho de cada diez dólares que vende no tiene un margen amplio para disentir; tiene una soberanía que opera bajo condición.
La segunda dimensión es la fortaleza del Estado. Alude a la capacidad de las instituciones públicas para garantizar el orden y aplicar la ley de forma imparcial.
El Índice del Estado de Derecho del World Justice Project ubica a México en la posición 121 de 143 países en su edición 2025, con una calificación de 0.40 sobre 1. Es su peor registro histórico tras perder 28 lugares en siete años. Sus puntuaciones más bajas corresponden a justicia penal, ausencia de corrupción, justicia civil y seguridad.
La tercera dimensión es la autonomía real de los ciudadanos. Representa la libertad efectiva que tiene cada persona para decidir su proyecto de vida, contar con ingresos dignos, acceder a derechos y no vivir condicionada por la precariedad.
Las mediciones del INEGI muestran que esa autonomía es inexistente para casi la mitad del país. Hay cerca de 40 millones de personas que viven en pobreza laboral, más de 32 millones que trabajan en la informalidad y 50 millones que no tienen acceso efectivo a la salud.
Por su parte, el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD de las Naciones Unidas concluye que la desigualdad estructural en México actúa como una restricción directa a la libertad real de las personas para ser y hacer lo que valoran. No es solo pobreza: es falta de opciones.
Así mismo, de acuerdo con la ENVIPE del INEGI, en 2025 se cometieron 33.8 millones de delitos, de los cuales el 93.4 por ciento no se denunció o no generó carpeta de investigación. La impunidad no es una abstracción, es una vulnerabilidad cotidiana.
Más allá de las cifras, estas evaluaciones se confirman en la vida diaria.
A esta agenda se suma una cuarta fractura: la concentración excesiva de poder, el debilitamiento de los contrapesos y la desaparición de instituciones autónomas que tardamos décadas en construir. Sin división de poderes ni arbitrajes transparentes, los derechos individuales quedan desprotegidos frente al abuso estatal o criminal.
México es hoy un Estado con una soberanía diplomática consolidada hacia el exterior, pero con una efectividad limitada hacia el interior. Es un escenario donde el ciudadano está sujeto a condiciones que limitan sus oportunidades y su posibilidad de vivir con dignidad.
La lucha iniciada en 1810 dejó pendiente la autonomía cotidiana. Nuestros opresores son internos y son producto de estructuras políticas, económicas y sociales que como sociedad hemos construido y permitido. Las circunstancias son distintas y los enemigos son otros.
La soberanía nacional pierde su propósito si no garantiza la autonomía real de quienes habitan el territorio.
Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com
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