Opinión Editorial


El nuevo desafío: aprender a autorregularse


Publicación:24-09-2026
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No podemos formar a las nuevas generaciones enseñándoles únicamente qué tecnologías evitar; debemos enseñarles a comprenderlas

Ya tenemos claridad sobre el uso de celulares, dispositivos inteligentes y equipos electrónicos personales en las escuelas del país. El acuerdo publicado por la SEP entrará en vigor el próximo 3 de noviembre y establece disposiciones diferenciadas según el nivel escolar.

En educación básica —desde inicial hasta secundaria— se restringe el uso de estos dispositivos durante toda la jornada escolar, incluido el recreo, con excepciones vinculadas a la salud, discapacidad, accesibilidad, inclusión, emergencias o usos pedagógicos expresamente autorizados.

En educación media superior se plantea un uso responsable y seguro, delimitando el uso no pedagógico mediante el diálogo y los acuerdos de cada comunidad educativa. En educación superior, en cambio, se respeta la autonomía de las instituciones para fijar sus propios lineamientos.

Con esta medida, México se suma a una tendencia internacional de rápido crecimiento. Para marzo de 2026, la UNESCO registraba 114 sistemas educativos —equivalentes al 58 por ciento de los países— con prohibiciones nacionales sobre el uso de teléfonos en las escuelas. La disposición surge, además, en medio de intensos debates globales sobre el impacto de la tecnología y, particularmente, de la inteligencia artificial en la infancia y la adolescencia.

Como parte de esta estrategia, la SEP diseñó un decálogo oficial para la educación básica. Redactado en primera persona para que los estudiantes lo hagan suyo, reúne exhortos que apelan a su conciencia y sientan principios para una convivencia digital responsable. La tarea de explicar y reflexionar sobre las razones detrás de estos límites recaerá, en gran medida, en docentes, madres y padres de familia.

El decálogo privilegia el bienestar, el respeto a la privacidad, la convivencia presencial, la responsabilidad en redes, la protección de datos, la solicitud de ayuda oportuna y el acatamiento de las indicaciones de autoridades y familias. En el fondo, el documento apuesta por la autorregulación individual, una capacidad que no surge por decreto, sino que se desarrolla progresivamente en función de la madurez y el aprendizaje. Y justo ahí radica el gran desafío.

El autocontrol es indispensable en cualquier ámbito de la vida y no únicamente en el entorno digital; sin embargo, convertirlo en la principal apuesta de una política educativa puede quedarse corto si no se acompaña del desarrollo de un pensamiento reflexivo y crítico. La contención por sí sola no basta. Se requiere comprender las consecuencias de nuestras decisiones, valorar los beneficios de actuar con responsabilidad e identificar los riesgos de cada conducta. Por ello, prohibir los teléfonos no resuelve por sí solo los retos del entorno tecnológico ni garantiza la formación de criterio propio.

La experiencia internacional revela que las políticas oscilan entre regular el uso y educar para el uso. La primera fija límites mecánicos; la segunda busca que niñas, niños y jóvenes comprendan el sentido de esas fronteras y aprendan a tomar decisiones correctas, incluso cuando nadie los observa.

En Francia, por ejemplo, la restricción del teléfono se acompaña de una estrategia de "uso digital razonado" que orienta a escuelas y familias en la creación de hábitos saludables. En Escocia, las autoridades recomiendan construir las reglas de manera participativa con estudiantes, familias y docentes, integrando conceptos de ciudadanía digital, derechos, responsabilidades y seguridad.

Estas temáticas trascienden el ámbito estrictamente escolar y, como sociedad, debemos asumirlas de forma corresponsable. El objetivo no puede ser frenar el avance de la tecnología o de la inteligencia artificial, sino aprender a encauzarlas como herramientas para avanzar, evolucionar y aportar valor social.

Para lograrlo, las restricciones normativas deben complementarse con estrategias que desarrollen el pensamiento crítico, fomenten el diálogo y fortalezcan una formación ética. No podemos formar a las nuevas generaciones enseñándoles únicamente qué tecnologías evitar; debemos enseñarles a comprenderlas, cuestionarlas, aprovecharlas y, fundamentalmente, saber cuándo es momento de desconectarse.

El desafío persiste.

Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com





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